domingo 13 de abril de 2008

“La vida no es la que uno vivió,
sino la que uno recuerda y cómo
la recuerda para contarla”

Gabriel García Márquez, en Vivir para contarla.

PRÓLOGO

En este momento de mi vida, pasados ya los 40 años, al pasear por las calles de nuestros pueblos de la campiña jiennense, me doy cuenta de los profundos cambios que ha experimentado esta tierra durante mi generación y, más aún, en la de mis padres. Es verdad que muchas cosas han mejorado, pero otras no sé que decir: casas sin encalar, puertas siempre cerradas, nuevos barrios con vecinos que apenas si se tratan, niños que no juegan en la calle y nuestros mayores llenando las residencias para la tercera edad. En relación a otros temas como la contaminación de las aguas, del campo y de la naturaleza, preferimos mirar a otro lado y pensar sólo en lo que nos beneficia a corto plazo.

En apenas dos generaciones los "avances" de este mundo, cada día más globalizado, están condenando al olvido nuestros valores culturales autóctonos, así que es necesario hacer algo si no queremos quedarnos definitivamente sin identidad. En este sentido son ya muchos los que empiezan a volver la mirada hacia el pasado, buscando conectar con la sabiduría popular y el respeto a la vida que siempre se practicó en esta tierra.

Con este libro, que es sencillamente un homenaje a sus padres, mis queridos abuelos Francisco y Micaela, Manuel Bueno Carpio nos invita a que entremos en una época que, aunque llena de sacrificios y penurias económicas para la clase trabajadora, fue un tiempo también rico en solidaridad y valores humanos. La actitud frente a la vejez, la muerte o la enfermedad, las relaciones sociales, la dureza del trabajo, las fiestas populares, las comidas, los juegos, las leyendas, la descripción de la arquitectura local hoy casi desaparecida; todos los aspectos de una manera de entender la vida que ahora ya apenas si recordamos van desfilando ante la atenta y sorprendida mirada de un niño, el pequeño Cosmito, protagonista de esta historia.

Quizá en un futuro, espero que no muy lejano, libros como este sirvan de semilla para que las próximas generaciones conozcan y aprecien sus raíces. Algo que, sin duda, les ayudará a tratar a nuestra tierra y su gente con un respeto y un equilibrio que el mundo de hoy nos demanda cada vez más.


Juan Miguel Bueno Montilla.
Noviembre de 2007.

INTRODUCCIÓN

Para escribir estas páginas sobre los recuerdos de mi infancia, he resucitado imágenes que están grabadas en mi mente con más fuerza y nitidez que la mayoría de mis vivencias posteriores. He rescatado el paisaje que rodeó mi niñez, su luz y sus olores, que me ha acompañado toda la vida. He recuperado algunos localismos lingüísticos olvidados y en desuso. En definitiva, este trabajo me ha llevado a buscar en nuestras raíces culturales algo que sólo puede darnos el pueblo donde se nace.

El personaje central es Cosmito, un niño que nació en los primeros años de la posguerra en el seno de una familia humilde, que tiene un poco de todos los que fuimos niños en aquellos años, pero no es ninguno en particular.

La evocación se centra en el período que va de los seis a los once años de Cosmito, desde 1947 hasta 1952. Edad en que su capacidad de observación y su afán por conocer el mundo que le rodeaba eran admirables.

En el contenido del libro se describe el ambiente en que se mueve el protagonista: calles, plazas, cortijos y lugares de la vasta campiña tosiriana. Nos recuerda los hábitos y costumbres vividos en aquellos años difíciles de la posguerra, en los que parecía que nunca iba a cambiar nada. Todo se hacía siguiendo las normas que marcaban los padres, herederos de la tradición de sus antepasados. El conjunto de la obra es como un paseo nostálgico por el Torredonjimeno que se nos fue. Aquellas estampas que sólo viven en la memoria de los mayores, en las fotografías y en los dibujos que algunos tosirianos recogieron.

No existe un orden cronológico en la presentación de los relatos que componen el libro, mantienen el mismo en que fueron escritos y son independientes entre sí. Su lectura es a libre elección del lector.

En su totalidad, constituye un sencillo homenaje a mis padres, Francisco y Micaela, y a todas las personas de la clase trabajadora que hacían lo imposible para sobrevivir con dignidad en aquellos duros años de la posguerra.


El autor

Verano en la campiña. Año 1952

.....

Hacia el cortijo

―¡Cosmito, despierta! ¡Que nos vamos! ―dijo Fernando, su padre, con recia voz.

Despertó, pero su cuerpo se resistía a levantarse. Pasado un breve espacio de tiempo, entró Juana en la habitación y con palabras cariñosas repetía:

―¡Venga, hijo mío, que se hace tarde, vístete!

Sonaron varias campanadas en la Torre del reloj, eran las cinco de la madrugada de un día de junio de 1952. Apenas podía abrir los ojos. Su cuerpo se negaba a incorporarse pero tenía que hacerlo. Le esperaba una larga caminata hasta llegar al cortijo.

―¡Vamos, hijo! Es preferible andar con el fresquito de la aurora.

―¿Por qué madrugan tanto los hombres del campo? ¡No lo entiendo! ―preguntó con voz apagada, sentado en el borde de la cama y vencido por el sueño.

―Ya lo entenderás. La vida te lo irá enseñando paso a paso. Ahora sólo tienes once años ―contestó su madre con ternura, acariciando con la mirada a su hijo.

Se puso de pie, estiró los brazos, se rascó en la cabeza y fue hacia el lavabo de madera que estaba en un rincón de la habitación. Era el viejo lavabo que compraron sus padres cuando se casaron en los años veinte. Un sencillo mueble de madera de estilo modernista con formas airosas y proporcionadas.
..
―¡Mama! ¡No hay agua! ―gritó cuando vio que la jarra estaba vacía.
..
―Ya voy, hijo, espera un momento ―respondió Juana con voz dulce y fresca desde la habitación contigua.

Su madre, siempre estaba dispuesta a ayudar y a dar cariño a sus hijos, incluso en las cosas más sencillas. El amor hacia su familia ocupaba todo su ser y daba sentido a su vida. Cogió la jarra y fue a la cantarera, que estaba en el hueco de la escalera. Quitó el corcho que tapaba la boca del cántaro y lo inclinó. El agua salía a borbotones y llenó el recipiente en un instante.

Cosmito se lavó ligeramente la cara. Como no llegaba al espejo, lo inclinó para peinarse. Mojó los pelos de sus dos grandes remolinos que provocaban la guasa de los amigos y de las personas mayores de la familia. El remolino delantero, sobre la frente, formaba con el flequillo una magnífica visera que le daba sombra a sus ojos en los días de sol; el trasero, parecía una mata de esparto, en la parte posterior de la cabeza; en ambos, los pelos pugnaban por escaparse y le adjudicaban pinta de travieso.

―¡Cosmito!... ¡Que es la hora!

―¡Ya salgo, me estoy calzando!

En un instante se puso las alpargatas de tela con suelas de goma y las sujetó a sus pies con cintas atadas junto a los tobillos.
Fernando lo tenía todo dispuesto. Había preparado a Salerosa, su borriquilla de color gris, no muy grande, bien esquilada y valiente para el trabajo. Esperaba en la puerta con el cabestro atado a una anilla de hierro. Llevaba puesto todo su atalaje: jáquima con ligeros adornos, albarda cinchada al cuerpo y un buen serón de pleitas de esparto donde se repartía la carga en ambos cogujones. Las herramientas y útiles de trabajo, en uno; los alimentos que consumirían durante la estancia en el cortijo, en el otro.

Iniciaron la marcha en aquella madrugada estrellada y serena. Cuando iban por la calle San Antonio, las pisadas del animal rompían el silencio golpeando el duro granito del pavimento con los cascos herrados. Cosmito andaba callado y pensativo, se sentía extraño en medio de tanta soledad. La calle le parecía distinta con los comercios y casas cerradas. El aroma inconfundible a pan recién cocido, tierno y caliente, llegaba a sus sentidos al pasar por la esquina de la calle Molinillo, junto a las escuelas. De un balcón, abierto de par en par, se escapaban estruendosos ronquidos con altibajos y paradas en seco. Por la pequeña ventana del bodegón salía un fuerte olor a vino derramado.

El viejo edificio del bodegón fue la capilla de San Antonio de Padua antes de la guerra. Conservaba sus recios muros y su primitiva techumbre de madera. En la fachada, lucía una puerta grande de madera vieja, carcomida, con clavos de forja, enmarcada por una discreta portada de piedra cincelada, encalada, con una hornacina vacía sobre el dintel ―donde hubo una imagen de San Antonio hasta 1936.
Más adelante, en el breve jardín de una casa que hacía rincón, había un jazmín que perfumaba la calle con su fragancia.

En la madrugada, la luna llena iluminaba las calles y plateaba las fachadas de cal. Cosmito caminaba junto a la borriquilla y contemplaba bellas estampas con formas armónicas favorecidas por la suave luz.
Parecía que todos los elementos arquitectónicos porfiaban por mostrar sus encantos con armonía sosegada. Cosmito los miraba ensimismado como algo nuevo.

Llegaron al portillo de San Roque y acercaron la borrica al viejo pilar de agua salobre para que saciara su sed. El pilón estaba cubierto de ovas. Sus filamentos ascendían a la superficie balanceándose como cabelleras al viento. Se movían acompasados con el rumor relajante del agua que salía de los dos caños.

―Ya estamos en la carretera. Ahora, con buen paso, llegaremos al cortijo antes de que haga calor
―dijo Fernando.

Envueltos en silencio, padre e hijo, andaban y dejaban atrás los espacios abiertos de las tierras del rueo donde se sembraban cereales y leguminosas. Pasados unos minutos, se encontraban inmersos en el paisaje ondulante de campos subrayados por filas de olivos que subían colinas y montes. Se veían alineados en perfecto orden, como un ejército, hasta donde la vista alcanzaba en el horizonte.
Desde la carretera, veían frente a ellos la ermita de Nuestra Señora de Consolación. Unas esbeltas palmeras elevaban sus troncos junto al santuario como antorchas plateadas. El templo parecía un reluciente cofre de luz nacarada sobre la ladera del río. En él, desde hace siglos, la Virgen recibe a los corazones con fe que acuden a dar gracias por los bienes recibidos o a implorar ayuda en los momentos difíciles. Nuestra Madre, siempre tiene extendido su manto de verde oliva sobre la campiña tosiriana, con las súplicas de sus fervientes hijos bordadas con hilos de amor.

La carretera continuaba y se abría paso entre los olivos. Atravesaban las tierras pardas y rojizas de un campo desigual.
Los dos caminantes, pasaron junto a la Cruz de Pedro Chincoya. Con paso más vivo, iniciaron la bajada de la cuesta del Barranquillo, en medio de las sombras de la campiña dormida. Los viejos olivos de troncos retorcidos situados en el borde del cellajo, parecía que se les venían encima. Cosmito los miraba y pensaba en las fuertes raíces que los sostenían en aquel áspero desnivel.
En la hondonada, el río venía dando rodeos, regateando entre olivos. Se escuchaba el suave rumor del agua, con su música triste, que transcurría ajena a cuanto le rodeaba. El aire movía levemente las hojas de los esbeltos chopos y cañaverales que le acompañaban en su caminar y, al mismo tiempo, dibujaban el curso serpenteante de su cauce.
Al salir de una curva, divisaron el puente con sus tres ojos. Protagonizaba una bella estampa romántica. "¡El puente, por allí hay que pasar!", pensaba Cosmito, al mismo tiempo que oía a lo lejos, en medio del silencio, algunos aullidos de perros y el ulular de un búho. El paisaje le parecía sombrío y el lugar muy solitario.

Cosmito recordaba, una y otra vez, la leyenda del fantasma que tantas veces había oído: “Siempre se aparecía de madrugada. Tenía el aspecto de un hombre vestido con ropas poco definidas. Cuando se presentaba, no apoyaba los pies en el suelo y en raras ocasiones se dirigía a los caminantes”.
No pudo evitar que su cuerpo sintiera escalofríos mientras cruzaba el puente. Caminaba receloso. Cuando se alejaba, volvió la cabeza, vio que todo estaba en calma y empezó a tranquilizarse.

Observaba a su padre y veía que andaba muy tranquilo. Aceleró el paso y se puso a su lado sin pronunciar palabra. Ahora, se sentía seguro. Su padre era el mejor árbol donde cobijarse. Un hombre enérgico en el trabajo, honrado, bondadoso y respetuoso con los demás. Su serenidad le daba confianza. Lo quería con devoción y procuraba imitarlo, porque de mayor deseaba parecerse a él. Fernando poseía, por naturaleza, esa bondad y franqueza que otras personas intentan tener y que nunca logran porque esas virtudes las concede Dios.
-Hijo, no tengas miedo. Tiene que aprender a ser fuerte.
―¿Papa, nunca has sentido miedo en este lugar?
―Yo, no. Los muertos no me dan miedo, descansan en paz. A quienes hay que temer, es a algunos vivos. La idea del fantasma ha calado en la gente porque hay mucha ignorancia y son muy supersticiosos.

―Entonces, ¿cuándo se empezó a hablar de las apariciones en este lugar?

―Los más viejos del pueblo dicen que desde hace siglos se habla de las apariciones del fantasma. Estas supuestas apariciones han sembrado el miedo en muchas personas que tenían que pasar por aquí y han evitado que incontables jornaleros se ausentaran de los cortijos durante el tiempo de la vará.
―¿Por qué se aparece de madrugada un fantasma en el Barranquillo?

―Por varias razones: porque es un lugar umbroso, oscuro y lóbrego, que se ofrece como escenario perfecto para la leyenda; porque la carretera de Córdoba es la vía principal de la mayor parte del término de Torredonjimeno, y porque la mayoría de los trabajadores pasa por este lugar antes de amanecer.

―Los que son muy supersticiosos, ¿qué hacen?

―Los que creen en las historias de aparecidos, si no hay una causa muy urgente, no se mueven del cortijo en toda la vará.

―¿Conoces alguna anécdota rara o graciosa que haya sucedido en este lugar? ―preguntó Cosmito, esbozando una ligera sonrisa.

―Cuentan los viejos campesinos que, antes de la guerra, un paisano tenía una camioneta muy deteriorada y se ganaba la vida dando pequeños portes. Una madrugada, que amenazaba lluvia, salió del pueblo transportando un ataúd para recoger el cuerpo de un labrador que había fallecido en un cortijo de la Torre Alcázar. En la cabina le acompañaba un familiar de la víctima, triste y pesaroso.
Al pasar por San Roque, el conductor vio a un trabajador con su talega al hombro y le dijo: “Amigo Antonio, ¿dónde vas?”. “A las Pardillas”, le respondió. “Súbete atrás y no te preocupes que la caja va vacía”.
El vehículo corría cuanto podía, acusaba los baches del asfalto con mucho estrépito y crujidos de chapas. Estaba viejo, agotado y escupía por el tubo de escape pequeñas explosiones acompañadas por el repiqueteo de sus piezas desajustadas. El motor se paró y el dueño, creyendo que se había escacharrao, se bajó echando por su boca algunas maldiciones. Se colocó delante del radiador dando vueltas y más vueltas a la manivela, hasta que arrancó el armatoste.
Empezó a caer una ligera llovizna y el amigo Antonio, sentado frente a la caja, razonó de esta manera: “Ha empezado a llover. Me meteré dentro y así no me mojo, porque el camino es largo”. Amoldó su cuerpo, cruzó los brazos y puso la talega sobre su pecho. Dejó una rajita muy pequeña para poder respirar. Se sintió cómodo y con el traqueteo de la camioneta, sin darse cuenta, se durmió.
Al comenzar la cuesta del Barranquillo, el chófer paró nuevamente, subió a dos trabajadores y coincidió que uno de ellos se llamaba como el atrevido Antonio que, en ese momento, dormía dentro de la caja. “Amigos Antonio y Cosme, ¿dónde vais?”. “A los Villares”, respondieron. “Subíos atrás y no os preocupéis que el mueble va vacío”.
En los primeros instantes sólo vieron un bulto largo y negro en medio de la oscuridad. Se sentaron y no dejaban de observar la caja. “¡Es el ataúd de un muerto! ¡Si lo sé, no me subo!”, dijo Cosme con asombro. “¡Mal comienzo hemos tenido hoy! Mala compañía llevamos para cruzar el Barranquillo. Siempre que vengo a excuso me pasa algo”, contestó Antonio que era muy supersticioso.
Se sentaron frente al traje de madera de pino, en silencio, lo miraban de reojo y no lo perdían de vista. Cuando estaban cerca del puente, con voz temblorosa, dijo Antonio: “Si ahora se oyera o se viera algo extraño, del susto me lo hacía en los pantalones”. “¡No seas exagerao!”, exclamó Cosme, al mismo tiempo que sacaba la petaca y el librete de papel de fumar para echar un cigarro y apaciguar el resquemor que sentía en la garganta. “No lo puedo remediar, en asuntos de muertos soy un cagueta”, respondió Antonio, con voz entrecortada. “Vamos a tranquilizarnos que ya hemos pasado el sitio malo. ¡¡Antonio!! ¿Quieres un cigarro?”, dijo Cosme, con voz enérgica, acercándole la petaca e intentando darle ánimos.
El Antonio que estaba dentro de la caja, al escuchar su nombre y el ofrecimiento, despertó. Levantó la tapa del arcón, sacó la cabeza y respondió con fuerte voz: “¡No, gracias. Me han quitado del tabaco!”
Con las caras descompuestas, gritando de miedo, se tiraron de la camioneta en marcha y arrancaron a correr con todas sus fuerzas y con todo el miedo que llevaban dentro.

―¡Que buena historia! A mí no me hubiera gustado ser uno de ellos en ese momento ―respondió Cosmito, con una sonrisa en la boca.

Pasaron por la fábrica de aceite de las Casillas. Remontaron una cuestecilla y, al fondo, aparecieron las tierras del Pilar de Moya en el corazón de la aparente y cansina uniformidad de la campiña.
El trazado recto y prolongado de la carretera era el eje de una vasta panorámica de paisajes extensos de colinas y llanuras.
Despuntaba el alba y el caserío de los cortijos de los Villares recortaba su silueta sobre el azul y rosa de la aurora. Una suave luz iba inundando de formas y colores los campos con armoniosa serenidad. En la lejanía, en la atalaya del horizonte, como un regalo para la vista, se divisaba Porcuna sobre un elevado cerro que la convertía en eterna vigía de la campiña.
Cosmito miraba a todas partes, descubría paisajes de bellos colores y escuchaba el canto de los abejarrucos, jilgueros, abubillas, tórtolas… era un momento tan singular como el que describe Juan Ramón Jiménez en su “Ángelus” de Platero y yo. Contemplaba y disfrutaba la grandeza de aquel amanecer en las hermosas tierras que posee el término de Torredonjimeno.
.....
El cortijo

Dejaron la carretera y entraron en el carril del cortijo. Amplias extensiones de cereales se ofrecían a sus ojos como una explosión de luz y color. Un espléndido manto dorado cubría colinas, vaguadas y llanuras. Trigales amarillos, empapados de sol, maduros, esperaban la hora de su siega. Escasas manchas de variados tonos de verdes proporcionaban variedad y armonía al conjunto: los verdes solemnes y oscuros de las centenarias encinas, salpicadas sobre los campos de mieses; los verdes amarillentos de unos pocos pujares de matalahúva; los verdes serenos de los menguados garbanzales y los verdes intensos de los melonares en rectángulos rayados de perfecta geometría.

Cuando estaban próximos a la hacienda, escucharon los ladridos de los furiosos perros, anunciando su cercanía.
Cosmito conocía el cortijo desde hacía años. El edificio estaba sólo en medio de una extensa y rica campiña. Delante de su fachada había un espacio con empedrado tosco y descuidado. La casa de labor miraba a las eras, donde los hombres se afanaban cosechando los cereales. Tenía planta baja y cámaras. Era grande, limpio, con las paredes enjalbegadas de abundante cal, con anchos patios, espaciosas cuadras de muchos pesebres, un pajar enorme y graneros.
Por la puerta de entrada se accedía a la estancia principal de la vivienda, de suelo empedrado y con la chimenea al fondo. En ese lugar comían y convivían los trabajadores durante su escaso tiempo de descanso.
Una hermosa cantarera se alojaba en un hueco excavado en el grueso de la pared. Estaba conformada por varios estantes con palos de madera que soportaban las hileras de cántaros, limpios, llenos de agua, tapados con corchos circulares atados a las asas con una tomiza.
Un largo gancho de hierro, sujeto al techo, sostenía un buen botijo de verano repleto de agua fresca en el centro de la estancia. Tenía el pitorro protegido por una corona de hojalata de afiladas puntas para evitar que las personas acercaran sus bocas.

―¡El botijo! El verano pasado no podía con él. ¿Tendré fuerza este año para beber sin ponerme chorreando? ―dijo Cosmito mirando al frente.

―¡Caserooo! ¿Dónde andas, Miguel?

―¡Voy, espera un momento! ―se oyó la voz lejana del casero. Un hombre bueno, apreciado por todos los trabajadores, servicial y amigo de sus amigos.

―¡Dios te guarde! ―dijo Fernando, después de breves instantes de espera.

―¡Venga usted con Dios! Me habéis cogido curioseando los patios de los animales con Zotal ―respondió Miguel, que llevaba en la mano un cubo lleno de un líquido lechoso, blanquecino y maloliente.

―¿En qué cámara nos podemos alojar?

―Hay espacios vacíos en la que da al primer patio.

Mientras descargaban los avíos y las herramientas de trabajo, el casero se lavó las manos y dirigió sus pasos hacia la chimenea. Le esperaba una buena colección de pucheros de barro de todos los tamaños, donde aviaba la comida de los trabajadores.
Formaban una amplia curva junto al rescoldo de un fuego lento y constante. Cosmito observaba cómo atendía cada uno de los cocimientos que los pucheros contenían. Levantaba la tapadera y el vapor se elevaba, desaparecía en el aire y perfumaba el ambiente con el aroma de la comida. El olor era muy rico. Los alimentos seguían hirviendo, despacio, con infinitas burbujas. El casero iba probándolos con una cuchara de madera. Sacaba uno o dos garbanzos y un poquito de caldo humeante; acercaba la cuchara a su boca, le soplaba varias veces, sorbía el caldo, ruidosamente, y los cataba. A unos pucheros, les echaba sal; a otros, los retiraba o acercaba al fuego según su grado de cocción. Con un cazo pequeño, a todos les agregaba agua caliente de una olla grande de barro, que barbotaba en un extremo de la chimenea.

―Miguel, este chisco tan aplastado y sin llamas, ¿qué nombre tiene? ―preguntó Cosmito.

―A esta modalidad de fuego le llamamos una pava. Se hace solamente en verano. Arde muy lento y da calor suficiente para cocer la comida. En otoño e invierno, el fuego es distinto. El chisco de palos de olivos se hace con abundante leña, da mucho calor y cumple otras funciones: caldea el cortijo, se cuecen las comidas en los pucheros, los trabajadores colocan la sartén sobre la estrébere y hacen migas, carneretes, fritos...

―¡Cosmito, sube! ―dijo Fernando con fuerza y su voz reverberó en el cortijo.

―¡Voy, papa!

Subía los escalones de la estrecha escalera de dos en dos. Una bofetada de olor a sudor fuerte y agrio le vino a la cara al entrar en la cámara, pero pronto se familiarizó con el ambiente.

La estancia era grande y austera. Tenía dos ventanas pequeñas con barrotes de hierro y postigos de madera, siempre abiertos, que daban al patio de las cuadras. En sus paredes encaladas había muchas estacas curvadas, de palos de olivo, sujetas con yeso. Sostenían las cestas de los avíos y la ropa de los trabajadores. Sobre el suelo de yeso, espaciados y alineados junto a las paredes, estaban los colchones rellenos de paja con un almohadón o con un simple cabezal, en algunos casos. Cerca de un rincón, había elegido Fernando el sitio para dormir y las dos estacas para colgar la ropa y las talegas con la comida.

Los panes que llevaban para varios días, el casero se los guardó dentro de una orza de boca ancha, cubierta con un paño húmedo y una tapadera de madera; de esta manera, evitaban que se endurecieran pero se ponían correosos. Si dejaban un trozo olvidado en la talega, al día siguiente era un mendrugo duro como una piedra. Mendrugo que nunca se tiraba, se ponía en remojo y se utilizaba en el gazpacho.

―Coge los dos jergones vacíos que nos vamos al pajar.

Metieron la paja suficiente en su interior, los trasladaron al lugar elegido en la cámara y los colocaron sobre el suelo. Extendieron la paja dentro de las fundas de tela gruesa y rústica, e hicieron el intento de bullirla. Como de costumbre, sólo pusieron encima unas mantas ruanas muy ásperas y los almohadones. Todo quedó dispuesto para descansar por la noche.

―Espérame abajo. Voy a preparar la talega para la comida de mediodía. Ya mismo nos vamos al trabajo ―dijo su padre.

―De acuerdo, allí te espero ―contestó Cosmito, que en ese momento miraba a las ventanas, por donde se colaban los cacareos de las gallinas, los gruñidos de los cerdos, los balidos de las ovejas y los ladridos de los perros, perfumados con un inconfundible tufillo a Zotal.

Bajó a la puerta del cortijo. Miró a la borrica y vio que estaba a la sombra, con el ronzal amarrado a una anilla de hierro; junto a ella un perro sesteaba perezosamente cerca de la pared. Se puso el sombrero, se sintió cansado y se sentó en el escalón. En ese momento, llegó el zagalico, el aguaor de los segaores, subido en una borriquilla con dos cántaros vacíos en las aguaeras. Venía a llenarlos para la cuadrilla de hombres que estaban en el tajo de la siega.
Era una mañana de calor sofocante, de luz cegadora. Ahora entendía Cosmito, por qué habían hecho el camino de madrugada. La calina era insoportable. Se oía el sonido constante y cansino de las chicharras como música de fondo. Para frenar el torrente de luz, entornaba los ojos y, mirando entre pestañas, observaba el ajetreo de los hombres en las eras, desde el escalón del cortijo.

El conjunto se veía como una preciosa estampa costumbrista. Todo quedaba envuelto y velado por los tonos dorados de la paja. Trabajar en las eras, de sol a sol, un día tras otro, era muy duro. En la más cercana, los jornaleros con sus horcas emparvaban y distribuían, uniformemente, los haces de trigo recién segados. En otra, habían enganchado la yunta a la trilla y daba interminables vueltas sobre la mies. El joven trillero, con sombrero de paja bien sujeto, iba sentado en una silleta sobre una plataforma de madera. Llevaba las riendas de la yunta en una mano y con la otra, restallaba el látigo haciéndolo crujir; y entonaba canciones que le ayudaban a estar bien despierto en aquel asaero:

“Aprieta mula torda,
ve más ligera,
que la mies espera
junto a la era.

Dale que trote,
dale que trote.
A la mulilla torda
con el garrote.
Con el garrote, niña,
con el garrote,
dale que trote”.

.....................
Los mulos seguían dando vueltas sobre la parva crujiente y cálida, con ritmo cansino, para sacar los granos de trigo de sus espigas en sazón. Los hombres iban remetiendo la mies con los biergos, hasta que las espigas desnudaban el grano y la paja quedaba triturada.

En la era más lejana, un grupo de campesinos aventaban la mies en un pez de paja y trigo que cruzaba toda la superficie empedrada. Los hombres, metidos a media pierna, tenían las camisas sueltas, pañuelos grandes atados al cuello y sombreros de paja con una cinta cosida para no perderlos con el aire. Con sus biergos elevaban a buen viento la mezcla de paja y trigo para separarlos.

Los muleros llegaban a las eras con sus yuntas cargadas sobre las narrias de madera, barcinando los haces desmelenados de espigas de trigo. Venían junto a sus mulos, vigilando las cargas.
Sus rostros tenían la huella seca y dura del largo estiaje que aguantaban sus cuerpos, por rastrojos ásperos como cepillos de raíces. Sudaban por todo el cuerpo. Protegían sus cabezas con sombreros de paja teñidos por el sudor y festoneados de salitre. Las camisas las llevaban sueltas por encima de los pantalones con la esperanza de que el aire les refrescara. Descargaban los haces. Los apilaban y regresaban al tajo de siega para volver a empezar.

―¡Ffff... Qué calor, cae un sol de justicia! ¡Qué calmazo! ―gritaba un mulero, mientras pasaba su mano por la cara con barba de varios días, empapada de agrias gotas de sudor que resbalaban desde su frente.

Penosa y dura era la tarea de los muleros. Su destino era el cortijo, la yunta, la tierra, aquellos olivares y aquellas hazas, durante todo el año. Día tras día, de sol a sol, con sus manos en la mancera sin levantar la frente en la besana, encorvaban su cuerpo sobre el arado de vertedera y volteaban con pericia la tierra. Abrían profundos zurcos, rectos y prolongados como interminables heridas en la tierra, y los regaban con sus sudores. Sus esfuerzos se transformaban en vida, al mismo tiempo que sus cuerpos envejecían. Dormían en los poyos de las cuadras sobre jergones de farfolla para cuidar las yuntas de mulos.

Sus mujeres y sus hijos, mientras tanto, aguardaban dos semanas, el tiempo de una vará, para gozar de la presencia de los padres. La vida familiar se desarrollaba en las casas con sus ausencias casi constantes. Las madres tenían que hacer la función de padre y madre en la educación de sus hijos. Sólo las necesidades extremas rompían la monotonía de la varada.

―Cosmito, vámonos al tajo.

Callado y pensativo cogió el cabestro del animal y, dando un tirón, empezó a andar lentamente la borrica. La llevaba de reata por el camino polvoriento flanqueado por hierbas y cardos borriqueros secos.
A lo lejos, se oía la voz de un segaor entonando un cantar que sonaba como un quejío, en aquellos campos agostados:

“Una pena lenta y mala
se llevó a la madre mía.
Hasta la cama temblaba
oyendo lo que decía”.

La cuadrilla de segaores cortaba con sus hoces el trigo espigado y maduro, y levantaba una leve polvareda que iba mezclándose con el abundante sudor de la piel de los trabajadores. Con sus cuerpos arqueados, presos de fatiga y cansancio, segaban con calor sofocante hasta acabar extenuados, esgavillaos ―decían ellos―, en los atardeceres de cada jornada.


Llegaron al pujá ―dos fanegas de tierra calma, aproximadamente― y Cosmito miraba dispuesto para empezar el trabajo. Fernando observaba en silencio los rodales que había que coger primero. Colocaron el hato junto al rastrojo de la linde, debajo de un enorme chaparro de recio tronco y ramas grandes y espesas.

―¡En el nombre sea de Dios! ―dijo Fernando, cuando arrancaron las primeras matas de la siembra, siguiendo la tradición de la recogida de una nueva cosecha.

Después de unas horas de trabajo se sentaron a la sombra de la centenaria encina para preparar la comida. No corría una gota de aire. Una intensa flama se elevaba de las rastrojeras en el sofocante calor de mediodía. El sol calcinaba las tierras, ardía el campo a esa hora. Se oía, sin cesar, el zumbido de las chicharras y el arrullo soñoliento de las tórtolas, que ponían su cansina música de fondo a un día que parecía interminable. El bochorno pesaba como una losa sobre el paisaje, los animales y las personas.

Cosmito sacaba del bolsillo un pañuelo y secaba el sudor que chorreaba de su frente.

―¡Como continúe este calor, fenecemos! Vamos a hacer un galiano. Coge el dornillo y enjuágalo con agua de la botija.

―Vale. ¿Me dejas que machaque los ajos y la molla de pan con la maja de madera?

―Sí. Májalos bien, con una poca sal gorda que está en el calabacino. Los tomates y los demás ingredientes, los iremos echando con mucho tiento. En esta comida, como en el gazpacho, el buen resultado está en la paciencia que tengas para hacer un majado lento, sin prisa, de los componentes y en el acierto al mezclarlos. A los hombres del campo no nos gustan las comidas insulsas, deben de estar un poco saladas, porque necesitamos reponer la sal que perdemos con el sudor.

―¡Hale, vamos a comer! ―decía Fernando, mientras cogía un panete entero, lo besaba, lo apoyaba en su pecho y con la navaja cortaba dos hermosas rebanadas.

―¡Qué rico está el mojete! ―gritaba Cosmito, al mismo tiempo que intentaba alejar con las manos a unas moscas cansinas.

―A buenas ganas no hay comidas malas. Come tranquilo y no seas isonrible.

A Cosmito se le caían las sopas dentro de la comida e intentaba sacarlas con la navaja. Fernando veía que lo pasaba mal.

―Hijo, mírame y atiende. Procura hacerlas bien, porque cuando comas con una cuadrilla en el cortijo, si se te caen en el lebrillo, lleno de comida, no te dejan buscarla. Te quedas a medio comer.

Finalizada la comida, el padre allanaba un poco de terreno y se disponía a echar un coscorrón. Al momento se dormía. Cosmito se acostaba panzarriba en la tierra para falagar la comida. Ponía el sombrero de paja sobre su cara, imitando a su padre. Así, se protegía de las moscas y de toda clase de insectos impertinentes que no dejaban de zumbar durante el resistero de la siesta, pero tenía que soportar el olor a sudor entraquinao en la paja del sombrero. No cogía el sueño porque los terroncillos y las piedrecillas se clavaban en todo su cuerpo y no conseguía relajarse; pasado un tiempo, vencido por el cansancio se quedaba frito.

―¡Vamos, que la siesta ha terminado!

Su padre le cortaba el sueño en lo mejor. Despertaba y no podía moverse, sentía todo su cuerpo escualdrajao. Con todo el rigor del calor empezaban la tarea por la tarde. Hasta que la sombra del chaparro se alargaba y debilitaba sobre el rastrojo, no daban de mano. El crepúsculo les traía el descanso físico a sus cuerpos baldados, destrozados, al final de una interminable jornada de briega. Sus ojos, cansados, se relajaban después de un largo día de luz cegadora. Recogían el hato y volvían al cortijo por las mismas veredas y caminos, deseando llegar para dar descanso a sus huesos.

Una nube de polvo, pegada al suelo, anunciaba a lo lejos la proximidad de un rebaño de ovejas. Avanzaba por el camino pedregoso y polvoriento al compás perezoso de las esquilas. Caminaba hacia los rastrojos a pastar durante la noche. El pastor encabezaba el tropel huyendo de la polvareda. El buen hombre llevaba un sombrero viejo y sudado, la capacha en bandolera sobre una camisa marcada por el sudor de muchos días y se ayudaba al andar con una austera gancha.

La puerta del cortijo, recién regada, estaba muy animada. Había hombres que charlaban y fumaban sentados en los poyos blanqueados de cal; otros, hacían los preparativos para cenar al aire libre, a la hora de la fresca. Al anochecer, a la luz de la luna, todo se hacía de forma reposada.
Los últimos en llegar del trabajo, reanimaban sus cuerpos con el agua. Querían desprenderse del sudor pegajoso que llevaban consigo; les disgustaba la fortaleza de su propio olor. Necesitaban lavarse con urgencia y lo hacían de la única manera posible: sacando del pozo varios cubos de agua fresca. Desnudos hasta la cintura, con las piernas abiertas y el tronco encorvado, a manotazos nerviosos, con ambas manos, refrescaban sus cuerpos. A gañafadas, encontraban consuelo después de tanto calor y suciedad acumulada. Se lavaban la cabeza, el pecho, los brazos, las axilas... A voces, jaleaban el consuelo que sentían con el agua fresquita. Un campesino, mientras se secaba, entonaba este cantar:

"No te cases con viejo
por la moneda.
La moneda se gasta
y el viejo queda."


Las camisas tenían empapado tanto sudor, polvo y salitre, que parecían almidonadas. Las ponían en el suelo y se quedaban de pie como pequeñas tiendas de campaña. Sus manchas hacían formas singulares y espontáneas que simulaban abstracciones.
Un joven, con brocha y jabón, terminaba de enjabonarse su barba de varios días y se disponía a sacar de un estuche la maquinilla de afeitar y una cuchilla, muy usada: "Palmera oro, acanalada.

―¡Dios os guarde! ―saludó Fernando.

―¡Vengan con Dios! ―respondieron varias personas al mismo tiempo.

―¿Queréis comer? ―decían, por cortesía, los que iban a empezar a cenar.

―¡Gracias, que aproveche! ¡Que siente bien! ―respondían los de alrededor.

A los hombres del campo les gustaba saludar a las personas cercanas, escucharlas en silencio y hablar lo necesario. Casi todos los campesinos eran personas de largos silencios. Cuando dialogaban, alargaban el tiempo entre la pregunta y la respuesta, para escuchar el silencio. Siempre economizaban las palabras. Habían aprendido a callar para escuchar, para instruirse.

―Fernando, preparaos que esta noche cenáis carnerete con nosotros ―dijo el manijero de la cuadrilla de siega.

A Cosmito le agradaba la idea de comer con los segaores, los conocía y eran muy amables con él. A lo largo de la comida decían cosas muy graciosas y algunas barbaridades. Sólo le preocupaban sus posibles fallos al mojar en la vianda. Esa tarea no la dominaba. Había verdaderos expertos en ese menester dentro de la cuadrilla; hombres veteranos de muchos años en cortijos que arrebañaban hasta las últimas partículas en la fuente.

Todas las noches cenaban Carnerete. El componente más importante de esta comida era la patata. Se freía a fuego lento. En un mortero machacaban un picatoste, unos ajos enteros, asados o fritos, orégano, sal y la carterica para darle color. Ponían un poco agua a los ingredientes machacados y los agregaban a las patatas, fritas lentamente. Cuando la vianda empezaba a hervir, la retiraban y la servían. En este plato la carne sólo aparecía en el nombre.

Colocaban el lebrillo de barro vidriado con la comida sobre la mesa, junto a la puerta del cortijo para comer al fresco.
Dos jóvenes con aspecto esgalichao, haciéndose los graciosos, empezaron a engullir la comida servida en la mesa, sin estar todos los compañeros. Cortaban unas sopas enormes y comían deprisa con la boca atiborrada. El manijero les llamó la atención, al ver la actitud tan poco respetuosa con los demás.

―¡Vaya un modo de comer a dos carrillos, muchachos! ¿Estáis de chunga? ¿Por qué no esperáis? No seáis trupones, aguardad un instante y empezamos todos con el mismo ritmo en el moje.

―Muy bien dicho, porque Felipe es capaz de repetir la faena de los huevos ―con perdón de la mesa―, en cualquier momento ―contestó Antonio.

―¿Qué pasó con los huevos? ―preguntó Cosmito.

―En una apuesta con unos compañeros de su cuadrilla, este bicharraco se jaló quince huevos fritos con abundante aceite, ajos y el suelo de un panete mojando sopas. El lebrillo lo dejó tan limpio que no necesitó fregarlo cuando terminó. Disfruta con esas borricadas, por eso está abutagao.

―Antonio, cierra la boca porque tú también tienes un buen saque y muchas faenas hechas. La primera vez que viniste con tu padre al cortijo, añascando en silencio, te mamullaste en dos días los avíos que traíais para una semana. Cuando el hombre vio las talegas vacías, pensó que os habían robado pero lo descubrió enseguida. Supo al momento quien se había zampao las viandas
―respondió Felipe, hablando a borbotones y riendo como un niño chico mientras lo contaba.
Los hombres de la cuadrilla, de cuerpos huesudos, fuertes y duros, y rostros pasados a fuerza de soles, con camisas y pantalones raídos y remendados, acudían y se situaban alrededor de la mesa. Sacaban de los bolsillos sus navajas grandes con cachas de hueso y las limpiaban para iniciar el sopeteo. Cortaban sopas de pan y las pinchaban con la punta de la navaja. Mojaban en la comida, la llevaban a la boca y daban dos pasos atrás. Cosmito se esforzaba por hacerlo bien pero no llegaba a hartarse. Cuando se le caía una sopa en el lebrillo, preocupado por su torpeza, miraba a todos los hombres esperando un regaño que nunca llegaba. Le faltaba práctica para tener la agilidad de los mayores.

Aquella noche, de postre, cocieron leche y la tomaron con cuchara, yendo y viniendo a un recipiente grande.

―Muchacho, toma mucha leche que tienes que crecer! ―le aconsejó un miembro de la cuadrilla.

―¡Venga, que has comido poco carnerete! ―añadió un segundo jornalero.

―¡Tranquilos, en la leche no me engañáis! Soy zocato de nacimiento y ahora ambidextro.

Todos lo trataban con bondad, parecía que se habían propuesto quererle. Cogió dos cucharas de palo, una en cada mano, y del lebrillo a la boca, iban y venían perfectamente sincronizadas. Viendo su agilidad, algunos segaores se sorprendían y reían; otros, intentaban imitarle y no lo conseguían.

―¿Por qué tienes tanta destreza? ―preguntó extrañado el manijero.

―Porque hace dos años tuve un maestro, forastero, en la escuela de la calle San Antonio, que me obligaba a escribir con la derecha. Si me veía escribiendo con la mano izquierda, llegaba por detrás y me propinaba un buen cuesco. Yo daba un retemblío y se me caía hasta el palillero. En una ocasión, estaba mojando la pluma, con la zurda, en el tintero de mi pupitre y recibí un cogotazo; al mismo tiempo, se rompió la pluma, se derramó la tinta y me manchó toda la ropa. Ese instante me pareció eterno. Empecé a llorar y el maestro, muy irritado, amenazando con el brazo en alto, decía: “¡Aquí no quiero nadie de izquierda, todos tenéis que ser de derecha!”
Cosmito, con ocho años de edad, no sabía de derechas ni de izquierdas pero su cogote le dolía mucho, despedía fuego. Llegó a su casa con la camisa y el pantalón llenos de manchas y contó lo sucedido. Su madre no le regañó, no se preocupó del cogotazo ni de las manchas. Pero sí le advirtió, de forma muy severa, que no pronunciara las palabras que había dicho el maestro en ninguna parte. No necesitaba conocer el significado de aquella frase, para saber que tenía que obedecer a su madre y guardar silencio.

El maestro lo consiguió a fuerza de golpes. Pasado un tiempo, sacando la lengua y mordiéndosela al compás de la escritura, a trancas y barrancas, con mucha dificultad, Cosmito escribía con la derecha; y con la zurda, cuando no se sentía vigilado. Así llegó a tener destreza con las dos manos.

―¡Cosmito, ven pa acá! ¡Siéntate aquí! ―dijo José, mientras se escamondaba los dientes con un palillo.

Acudió al poyo y se sentó a su lado, a la luz de la luna de aquella cálida noche de verano.

José era el más viejo de la cuadrilla de segaores y un buen amigo de su padre. Poseía una mirada serena, una voz cavernosa y un rostro labrado por pronunciadas arrugas y profundos surcos sombreados por la barba, propio de las personas que trabajan al aire libre. Hombre de pocas palabras. Callaba, la mayoría de las veces, lo que su experiencia le decía que debía callar. Prefería el mutismo del campo a tanta palabra vacía como escuchaba a sus semejantes. Su expresión sobria y austera era el testimonio vivo de los campesinos que sabiamente inmortalizó con sus pinceles Rafael Zabaleta.

―¿Sabes ya las cuatro reglas?

―¡Pues claro!

José sintió el deseo de fumar y sacó la petaca repleta de picadura de cuarterón, el librete de papel y los chisques. Empezó a liar un cigarro con sus manos grandes, huesudas, llenas de callos, con unos dedos que amarilleaban y nos comunicaban sin palabras la infinidad de cigarros que habían sostenido.

―¿Qué quieres ser de mayor?

―Del campo y cortaor como mi papa.

―Olvídate del campo. Pon interés en las cuentas, en los problemas y aprende bien la Aritmética. Cuida la letra en la escritura y la Ortografía. ¡Estudia! Piensa en otra cosa que te gustaría ser y lucha con toda tu alma hasta alcanzarla. Tienes todo el futuro por delante. Ya verás como coges un trabajo en el pueblo. Aquí, lo que hay es una vida triste, mezquina, sin horizontes de progreso, con mucho miedo y poco pan. Ahora no lo entiendes, porque tienes once años. Míranos a nosotros, estamos destrozaos de las pechá que no damos de trabajar. Todas las noches caemos rendidos en los jergones. Pasamos en los cortijos la mayor parte del año, lejos de nuestras casas y, en resumidas cuentas, ¿para qué? ¡Para nada! Tenemos un sueldo que sólo sirve, a duras penas, para ir tirando con nuestra familia; ganamos lo preciso para comer y vestirnos pobremente. Hemos consumido lo mejor de la vida y seguimos en el mismo roal. Hablándote en plata, para un puchero de garbanzos o un hoyo con bacalao y un tomate, que nos comemos la mayoría de las veces… ¡Cuánto hay que aguantar! Nuestra vida es trabajar y callar. Vivimos cansados, tristes y desengañados. Aprende y hazte un hombre de provecho. El saber no ocupa lugar, ahora estás a tiempo. No vivas a fucia de los trabajos que te ofrezcan en los cortijos ―dijo José con voz serena y mirada paternal al mismo tiempo que se colocaba el cigarro en la boca.

Lo encendió con los chisques, ladeando la cara, cerrando un ojo y echando una bocanada rápida de humo. Le dio dos caladas intensas y las sintió hasta en el último rincón de su cuerpo.

―José, le agradezco los consejos que me da pero eso no es posible. Estaré en la escuela hasta que mi padre me necesite en el campo. Muchos compañeros, de mi edad, ya han abandonado los libros y trabajan como mandaderos, de aguaores de las cuadrillas, cuidando marranos, pavos, cabras, rebuscando, guardando melones... Los niños de nuestra edad se afanan en lo que pueden para ayudar a sus familias. Los hijos de los obreros agrícolas, para colocarnos en el pueblo, necesitamos estar muy bien preparados y, eso, sólo se consigue asistiendo a clases particulares o a escuelas de pago. Para los que nacemos en familias humildes, nuestro destino es el campo en los tiempos que corren. Los sueños e ilusiones de lo que nos hubiera gustado ser de mayor, se quedan arrinconados en nuestra mente.
- Piensa siempre en lo que lo que te gustaría hacer cuando seas hombre, ten las ideas muy claras y no las abandones. La vida, a veces, te cambia cuando menos lo esperas. Pero, ¿cuáles son tus ilusiones?.

―Me gustaría estudiar y ser un hombre culto. Viajar y conocer otros paisajes, otras tierras, otros pueblos que ahora veo en las películas.

―Cosmito, no se puede vivir en un mundo de fantasía. La vida merece la pena vivirla si tienes una ilusión realizable. Piensa en una buena profesión que te dé de comer, algo que sea asequible: mecánico, carpintero, electricista, escribiente, fontanero... aplicate en un aprendizaje y no te dejes llevar por lo que ves en el cine. La realidad de la vida es muy dura y hay que prepararse para superarla. Cuando yo era niño, soñaba como tú. Quería viajar y conocer mundo; después, pasaron los años y viajé, pero... ¡Qué experiencia más triste! Fueron seis años de traslados constantes, muy penosos. ¡Ojalá, no hubiera viajado nunca de la manera que lo hice!

―¿Por qué dice usted eso, José?

―Porque fueron viajes obligados que nos llevaban a combatir en la guerra. Nuestra vida estaba en peligro en todo momento. La muerte cabalgaba con nosotros. Cuando fui soldado, me destinaron a África. Pasé tres años en Larache durante la Guerra de Marruecos. Escapé vivo de milagro. Los hombres morían como chinches.
Más tarde, cuando estalló la Guerra Civil ya estaba casado y con dos hijos pequeños. Como el pueblo se encontraba en zona republicana, me reclutaron en el ejército rojo. Durante otros tres años soporté incontables calamidades, penas y horrores que me roían las entrañas. Vivía pensando en mi familia a todas las horas del día.
Estuve mucho tiempo en el frente de Extremadura y en otros lugares. En los últimos días de la contienda, un grupo de paisanos nos pasamos al bando nacional. Nos hicimos los muertos, nos cogieron, nos subieron en camiones y nos llevaron a Málaga. Nos encerraron en una vieja fábrica que había en los Baños del Carmen y hacinados, como en un campo de concentración, estábamos infinidad de hombres. Allí estuve preso algo más tres meses.
A finales de junio de 1939, mi hermano fue con una certificación del ayuntamiento del pueblo y me pusieron en libertad. Cogimos un tren hasta Puente Genil, para enlazar con la línea de ferrocarril que nos traería a Torredonjimeno. El viaje se nos hizo eterno, parecía que nunca llegaríamos. El tren paraba en todas las estaciones, arrancaba con sacudidas y el vagón se balanceaba al mismo tiempo que se escuchaba el traqueteo de las ruedas sobre las juntas de los raíles. Viajábamos en vagones de tercera, con calor pegajoso, tragando carbonilla y humo en los túneles. Pero aquella suciedad no me molestaba porque mi ropa maloliente, empolvada y sucia, estaba llena de miseria.
Durante el trayecto, el hambre viva la engañábamos con medio pan y unas cuantas sardinas arengas, que me sabían a gloria; tenía casi olvidado cómo se comía. Volvía transido, con los bolsillos vacíos y el alma destrozada, pero vivo. Con el pellejo pegado a los huesos, pero con ganas de vivir. Estaba vivo, ese era mi tesoro. Ansiaba encontrarme con los míos y abrazar a mi familia. Deseaba llegar al pueblo y no salir de sus tierras de olivares. Quería que me dejaran tranquilo en la rutina diaria del trabajo para ganar el pan de mis hijos.
Esos han sido los largos y escasos viajes de mi vida. Siempre con la presencia de la muerte en mi mente y en el paisaje que me rodeaba... Lo que pasé en plena juventud, sólo lo sabemos Dios y yo -José meneaba la cabeza y se encogía de hombros, se sentía incapaz de seguir recordando tanto sufrimiento.
-Lo tuyo no fue viajar. Eso fue jugarse el pellejo durante seis años en lo mejor de la vida. Viajar es otra cosa. Los viajes que a mí me gustaría hacer sólo son una ilusión. Tengo once años y no he salido del pueblo, todavía no conozco Jaén. José, en todos estos años... ¿no has vuelto a viajar?
-Sólo he viajado una vez al Cerro de la Virgen de la Cabeza en el día de la romería. Fuimos a cumplir la promesa que echó mi mujer, si yo volvía vivo. Durante muchos años, una y otra vez, me lo recordaba de esta manera: “Llevaba un año sin noticias tuyas y todos te daban por muerto. Un día cogí a nuestros hijos y fui a casa de mi madre. Le pedí que sacara del arca el cuadro de la Virgen de la Cabeza, escondido desde que empezó la guerra. Llorando angustiada, delante de la imagen, le prometí a la Virgen que iría a la Sierra, subiría de rodillas la Calzada y en el Santuario rezaríamos dando gracias, si volvías con vida”.
-¡Qué vida más triste...!- exclamó Cosmito agachando la cabeza.

Un tiempo de silencio siguió a las palabras llenas de verdad y de vida pronunciadas por José. Cosmito no tenía la suficiente madurez para recoger un mensaje tan serio y realista, pero lo archivó en su memoria. Le había calado hondo.

Llegó la hora de acostarse y subió a la cámara. Un calor sofocante invadió todo su cuerpo, parecía que entraba en un horno. Se echó en el jergón y empezó a sudar. No dejaba de pensar en los consejos de José, al mismo tiempo que escuchaba, como música de fondo, a varios trabajadores roncando a más y mejor, ladridos de perros, ruidos confusos... que lentamente se iban apagando. Una sensación de bienestar recorrió todo su cuerpo exhausto por el cansancio acumulado durante la jornada y se durmió.



Antes de que apuntara el día, padre e hijo, iban hacia el tajo. La luna llena y el canto de los grillos, como música de fondo, les acompañaban por las veredas, entre sombras y luces. Una lechuza pasó sobre una encina y dibujó su silueta en el cielo. Fernando, como veía a Cosmito esperezándose y bostezando, le hablaba para que no se durmiera. Mirando al cielo estrellado, le indicaba con el brazo la situación de la Osa Mayor y de la Osa Menor ―donde se encuentra la estrella del Norte―. Los campesinos llamaban a estas constelaciones el Carro grande y el Carro chico. Próximo al amanecer, le señalaba la localización del Lucero del Alba, nombre con el que se conoce al planeta Venus. Pasadas varias madrugadas, acabó familiarizándose con las estrellas.

Con el relente de la madrugada, antes de que amaneciera, cogían los rodales de matalahúva que se venían ―las plantas que empezaban a secarse con el calor y se volvían quebradizas―. Las arrancaban con la marea, aprovechando la humedad que había en el ambiente para que no se desprendiera el grano. El ataero de los manojos era una mata tierna y flexible con un agradable olor a anís.

Si Cosmito tenía la mala fortuna de coger una planta de culantro, su olor penetrante impregnaba sus manos, le producía ansias y empezaba a dar arcadas. Como remedio, hacía un refresco muy rudimentario: masticaba granos de anís y bebía agua de la botija. La madrugada se le hacía eterna, parecía que nunca llegaría la luz del sol.

En el tiempo del desayuno, antes de comer, trepaba por el tronco de la encina y se encajaba en una horquilla, entre dos ramas, junto a un hueco donde había un nido de mochuelos y les llevaba cigarrones a las crías, les suministraba un abundante banquete. Se lo agradecían piando y moviendo las alas a su manera. Eran pequeños, vestidos de escaso plumón. Los respetaba porque sabía que era muy difícil alimentarlos y morirían.

Con su espalda apoyada en el tronco del viejo chaparro, bajo su sombra espesa, en medio de aquel silencio, se sentía a gusto, percibía la misma sensación que Juan Ramón Jiménez espresaba en los primeros versos de uno de sus poemas: "¡Qué quietas se están las cosas/ y qué bien se está con ellas!". Comía su buen hoyo con bacalao y un tomate grande con abundante sal. Recuperaba fuerzas. El cuerpo le entraba en caja para aguantar la mañana de otro día de bochorno, de calor sofocante.

Manojo a manojo, gavilla tras gavilla, iban cogiendo la cosecha. Así pasaban las horas y los días de forma cansina y monótona, desde el alba hasta el ocaso. Las gavillas las cargaban en la burra sobre unas angarillas de madera y las llevaban a un terreno próximo al cortijo.

Los manojos los ponían a secar formando cabañuelas. Su forma y su distribución le recordaban, con mucha imaginación, un poblado primitivo de cabañas redondas, de poca altura, con techos cónicos cubiertos de ramajes. En otros momentos, las veía como enormes tartas de color verde amarillento expuestas al sol.

Cerca de las cabañuelas, hacían un arandal para protegerse del sol y desgranar la matalahúva. Ataban a los palos unos manteos de la aceituna, que realizaban el oficio de toldos. El techo del sombrajo estaba cubierto por manojos, una vez desgranados.

Sentados y favorecidos por la sombra, esgranaban los manojos con un trozo de corcho grueso y rectangular. Era una tarea entretenida. Permitía la conversación entre los trabajadores pero se desprendía mucho polvo. Terminaban la jornada con toda la cara y el cuerpo de color verde amarillento y dirigían sus pasos hacia el pozo para asearse.

Acabada la recolección de la matalahúva, Cosmito estuvo cogiendo garbanzos. No le pagaban el jornal de un hombre pero se aproximaba. Su padre, previniendo las dificultades y problemas que podían presentarse, le decía:

―Te he cortado unas tiras de tela, para que las utilices en caso de necesidad. Si hay rodales difíciles de arrancar, te las lías en los dedos.

―No me hacen falta. Ya tengo las manos bastante ásperas y duras.

―Yo te las echo en la talega. Si las necesitas, las coges. Pon atención en lo que voy a decirte: Cuando estés en el tajo con los jornaleros, trabaja y calla. Obsérvalos y escúchalos cuando hablan. Aprende sus costumbres y respétalas. Ten siempre presente que las personas mayores te enseñarán mucho. Por último, procura que no tengan que llamarte la atención en ningún momento.

Cosmito escuchaba en silencio. Atendía las palabras de su padre, no pestañeaba y le miraba a los ojos, pequeños, coronados por cejas muy pobladas bajo las profundas arrugas de su frente. En el fondo de su alma guardaba un inmenso cariño y respeto hacia él. Se enriquecía con sus palabras serenas, cariñosas y llenas de sabiduría. Sus consejos eran un ejemplo de dignidad y de honradez que nunca ha olvidado.

Las matas de garbanzos tenían unas raíces profundas, cuando tiraba de ellas, le costaba un gran esfuerzo arrancarlas en aquel terreno duro y áspero; hasta los garbanzos sonaban en sus cascarabitos secos. Cosmito sintió dolor y se acordó de las advertencias de su padre. Cogió las tiras de tela y envolvió sus dedos con un vendaje sencillo para protegerlos. Acabada la faena, las telas eran guiñapos inservibles. Al tercer día, las manos estaban sembradas de ampollas. La mayoría de las vejigas, en carne viva y reventadas. Todo le hacía daño. El calor encendía sus manos y su propio sudor le escocía. Sentía dolor, pero procuraba disimularlo delante de los braceros, en muy pocas ocasiones lo exteriorizaba.

―¡Dios mío, qué duro es el campo! ¡Qué poco se aprecian estos trabajos y a las personas que los realizan! ―decía Cosmito, bajo el sol agobiante que caía de plano.

―Eres un niño de once años y deberías estar jugando con la gentecilla de tu edad, pero estás haciendo un trabajo de hombre. Muchacho, muy pronto has empezado a trabajar y a quejarte. La vida te irá endureciendo con el paso del tiempo. Cuando seas mayor, conocerás cosas muy duras en este oficio, te llegarán al alma y las padecerás en silencio ―contestó el jornalero más viejo, con mirada severa, al mismo tiempo que se rascaba la cabeza bajo el sombrero.

―¿A qué se refiere? Usted es un hombre sensato y con experiencia, ¡dígamelas!

El viejo campesino de mirada triste y resignado cansancio, sin levantar la cabeza seguía cogiendo garbanzos y hablando despacio, llamando al pan, pan y al vino, vino:
-Tendrás que soportar este calor sofocante en verano y el rigor de las heladas en invierno.
-Llegarás empapado en los días de lluvia y te calentarás junto al fuego, envuelto en una manta, mientras se seca tu ropa.
-Te harás duro como el pedernal en las enfermedades.
-Apaciguarás tus dolores con los remedios que tengas a tu alcance porque el médico queda lejos.
-Verás cómo pasa el tiempo y consumes tus energías y tu vida, mientras labras la tierra a cambio de un jornal para sobrevivir, malcomiendo y malviviendo.
-Te sentirás una persona cansada y olvidarás que una vez tuviste ilusiones e inquietudes.
-Tus sueños los dejarás abandonados en lo más profundo de tu alma.
-El dinero que ganes con esfuerzos y sudores, no lo gastes en cosas inútiles.
-Si quieres que hablen bien de ti, nunca opines sobre tus compañeros. No te dejes llevar por los comentarios de las personas de tu alrededor.
-Nunca des explicaciones a las personas ajenas, porque si son tus amigos no las necesitan y otras más lejanas no las creen.
-Observarás que muchos labradores se quejan constantemente, no te preocupes porque la quejumbre forma parte de nuestras vidas.
-Verás que tus opiniones no interesan. Todo serán obligaciones. Sólo te respetarán tus derechos más elementales y, a veces, ni eso.
-Busca como amigo al hombre bueno y guárdate de algunos compañeros cortos de alcance, cazurros y borricotes, porque con malicia torpe y grosera, en cualquier instante, te pondrán la zancadilla.
-No hagas aprecio de sus ofensas y respóndeles con el silencio. Siempre envidian a los que son más hábiles en el trabajo y a quienes creen que viven mejor que ellos.
-La vida te hará desconfiado con el paso de los años, porque muchos a quienes tú aprecias como amigos, te harán las mayores jugarretas y desprecios.
-No te fíes de las promesas, porque en algunos hombres los sentimientos cambian con la misma facilidad que los aires.
-En caso de necesidad, nunca pidas a quien tiene mucho dinero, sino a quien te demuestra cariño y amistad.
-Tus desengaños, fracasos y tristezas tendrás que ahogarlos con unos vasos de vino en la taberna, pero no te refugies en la bebida si llega ese momento.
-Ante cualquier adversidad, nunca te hundas. No huyas nunca de ti mismo.
-Encara los problemas y preocupaciones que se te presenten porque correrías el peligro de encontrarte sin trabajo y sin tener donde caerte muerto. La vida es dura, pero tú tienes que serlo aún más.
-En todo cuanto te ocurra, siempre encontrarás consuelo en tu esposa, si aciertas en el matrimonio. "Casar y compadrar, cada cual con su igual". Para que una mujer te quiera de verdad, procura que sea de tu clase, porque está habituada al trabajo y al sacrificio.

Las palabras pronunciadas por el viejo labrador, salían de su boca con serenidad. De lo más hondo de su corazón brotaron estos pensamientos como síntesis de su larga experiencia. Formaban un conjunto de advertencias y consejos para el joven Cosmito, que empezaba a iniciarse en el trabajo.


Los jornaleros vivían con lo que la vida les había deparado. No conocían otro mundo, no tenían la posibilidad de aspirar a mucho. Parecía que les estaba prohibido soñar. Vivían pegados a la tierra en que nacieron. La inmensa mayoría salía del pueblo, por primera vez, cuando se los llevaban al servicio militar. Terminada la mili, en las casas aguardaban con alegría su regreso. “¡Vendrá hecho un hombre!”, decían los padres con la esperanza de que se cumpliera el dicho de los viejos del lugar. Pero regresaban siendo las mismas personas. Eso sí, con las alforjas bien repletas de anécdotas, pequeñas historias, sucedidos... que, cansinamente, repetían a lo largo de su vida.

Volvían, se encerraban en el pueblo y llevaban una vida espartana, sin más horizontes que la línea ondulada de los cerros y colinas de las tierras que labraban.

Cuando trabajaban en los cortijos, los días de la vará transcurrían lentos y monótonos, todos iguales. Las cuadrillas de jornaleros se iban un lunes por la mañana y no volvían al pueblo, a su casa, hasta el sábado, a mediodia, de la segunda semana -trece días-. Este período de tiempo se hacía muy pesado por las condiciones de trabajo y de vida que llevaban.
Los jóvenes de la cuadrilla, que estaban novios o recién casados, después de varios días de cortijo, cuando terminaba la jornada, pedían permiso al manijero para subir a excuso al pueblo.
Cansados de trabajar, los campesinos caminaban a campo traviesa, por trochas y veredas, buscando el trayecto más corto. Llegaban al pueblo con el crepúsculo del atardecer. Iban deseosos de ver a sus seres más queridos y de respirar el aire de sus casas.
Les aguardaban: las novias con las sonrisas en los labios, el abrazo tierno de los hijos, la amorosa entrega de las esposas y el amor desinteresado de las madres.
Paseaban con sus parejas, compraban pan tierno, otros alimentos... Se acostaban a las tantas de la noche y, de madrugada, con muy pocas horas de descanso, caminaban hacia el cortijo con la muda limpia y la talega al hombro. Con paso ligero y largas zancadas, recorrían los mismos caminos empedrados de sombras y silencio para incorporarse a la cuadrilla al amanecer, en cortijos bien lejanos: Berrios, la Vega, el Capricho, Monte Gallo, los Cortijuelos...
Una coplilla que cantaban las jóvenes de aquellos años, hacía alusión a este hecho:
"El joven que tiene amores
y trabaja en un cortijo,
¡qué dos semanas más largas
y que domingo tan chico! "
Durante los otoños lluviosos y los fríos inviernos, después de la cena, se sentaban alrededor de la chimenea. Liaban sus cigarros, cogían las ascuas del fuego con las tenazas y los encendían. Fumaban y hablaban con parsimonia, mientras las llamas se desperezaban sobre la leña de olivo con formas distintas y cambiantes. El fuego calentaba y relajaba sus cuerpos tras las agotadoras jornadas. Atizaban el chisco y miraban las llamas, embelesados, como esperando respuestas a preguntas nunca contestadas y a situaciones padecidas que jamás verían remediadas. En ocasiones, a determinadas preguntas, respondían encongiendo los hombros como diciendo: "lo que hay que aguantar".
En aquellas noches, la sabiduría popular de incontables generaciones de campesinos, brotaba en sus labios con palabras sencillas; contaban anécdotas y vivencias al amor de la lumbre recibiendo su calor. Eran viejas historias de un mundo de soledades, algunas muy tristes, narradas por los nobles jornaleros.

En los días de lluvia, frente a la chimenea, los hombres trabajaban el esparto haciendo tomizas y pleitas, arreglaban bozales y otros aperos de labranza. Los que eran muy habilidosos, elaboraban escobas de panizo, escobones de cantareras, cestas y canastas de varetas de olivos; con sus afiladas navajas tallaban, en turrillos gruesos, cucharas y majas para los morteros; con paja de escaña confeccionaban tapaderas para cubrir las fuentes de la comida... Muchos de estos objetos los hacían para regalarlos a las jóvenes casaderas.
En resumen, cultivaban las costumbres heredadas de los suyos. Seguían haciendo lo que sus padres y sus antepasados habían hecho.

El melonar

Cosmito terminó su larga estancia en el cortijo. Deseaba volver al pueblo para comer pan tierno y encontrarse con sus amigos. En la campiña, había vivido de lleno el trabajo, el sudor, las incomodidades y las privaciones; pero, sobre todo, había conocido la grandeza de alma que poseían los trabajadores del campo, su capacidad de sufrimiento, su nobleza, lo respetuosos que eran con todos sus semejantes, su profundo conocimiento de la tierra que labraban y su amor a la naturaleza.
Llegó a su casa y le parecía un mundo de silencio y de tranquilidad, poblado de cosas amigas. Aquella noche durmió entre sábanas sobre el colchón de farfolla. A la mañana siguiente, amaneció arrebujado las sábanas limpias, ligeramente hundido sobre el colchón que su madre le bullía cada día. Después del desayuno, como regalo, recibió un duro de aquellos años. Sonriendo y con cara de satisfacción, se lo metió en el bolsillo.

―Aunque yo sé que eres muy gastoso y que no cuajas ni una perragorda en tu bolsillo, te lo doy porque te lo mereces -dijo su madre.

Cada lugar de su casa le hablaba de algo distinto. Había espacios entrañables que le recordaban pequeñas historias y le invitaban a la reflexión. Tenía sus sitios preferidos donde se sentía feliz en soledad. Amaba aquellas horas de paz en las que nadie le exigía nada y podía recrearse en sus cosas personales.
Sentado en el escalón de la puerta del patio, pensaba: “Parece que todo lo que he vivido en el cortijo es un sueño, pero es una realidad cruda y dura. Está ahí, esperándome para toda la vida”.

―¡Cosmito, descorre el cortinón y ven, que nos vas a ayudar a echar las moscas fuera de la casa! ―dijo su madre desde el interior.

―Voy al retrete, esperad un momento.

Entró en el excusado tirando de una puerta estrecha que abría hacía afuera (el espacio era tan pequeño que sólo cabía una persona). En el centro del poyete, que iba de pared a pared, estaba la taza circular del inodoro, de cerámica vidriada como los lebrillos, siempre cubierta con una tapadera de madera con asa, muy limpia. Había en la pared, al alcance de la mano, un pincho metálico donde se ponían los trozos de papel de periódico.

―Mama, ya estoy aquí ―dijo Cosmito plegando el cortinón y dispuesto a cooperar con las mujeres de la casa.

Durante el tiempo de primavera y verano, se colgaba en la puerta del patio un cortinón de tela recia, gris oscura con unas listas blancas en la parte inferior. Siempre que se abría la puerta de la calle se establecía una corriente y la ráfaga de aire hinchaba la tela como la vela de un barco. El cortinón se ponía para frenar el torrente de luz y la calina ―que llamaban retriste―, y para que no pasaran las moscas.

En las casas de labor entraban muchas moscas. Las echaban fuera de la vivienda varias veces al día, sobre todo, a media tarde, antes de comenzar las labores de costura. Dos mujeres cogían con ambas manos unas telas amplias, con frecuencia sus propios mandiles y las agitaban en el aire de forma acompasada hasta llegar a la puerta del patio, abierta de par en par con el cortinón plegado. Despedidas las moscas, corrían la recia tela y la tranquilidad estaba servida.

Terminada la breve tarea, Cosmito se dirigió al lugar donde estaba el aparato de radio.

―¿Te vas a ir pronto al melonar? ―le preguntó su hermana desde el arco.

―Ya mismo, cuando oiga un poco la radio. ¿Quieres algo?

―Sí. Quiero escuchar los discos dedicados de Radio Jaén, que empiezan pronto.

Conectó la radio y estuvo buscando algo que le agradara. A los pocos minutos, decepcionado porque no encontraba nada a su gusto, la dejó y entró en su habitación para cambiarse de ropa.
Su hermana, muy diligente, se acercó al “Telefunken” y cambió de emisora en un instante. Empezaba el programa de Discos dedicados y subió el volumen para que se oyera a distancia. La voz de la radio llenaba toda la casa. Los locutores leían las numerosas dedicatorias de cada canción:

En la voz de Juanito Valderrama escucharán a continuación “Madre Hermosa”. Dedicada a María de la Cabeza, de Torredonjimeno, de sus hijas María y Consolación en el día de su aniversario, deseándole que sea muy feliz. Para Luisa..."

Los motivos más frecuentes de las dedicatorias eran las onomásticas, bodas, comuniones, despedidas de soldados, bautizos... había una lista con temas apropiados para cualquier acontecimiento familiar. La selección de canciones acompañaba a las jóvenes en el ingrato y rutinario trabajo de las tareas de limpieza.
"¡Ay, mi mare!
como un rayito de luna
regüerto con asahares.
Mare hermosa,
vieja de pena por dentro,
por fuera como una rosa.
Mare buena,
con los ojitos de novia
y la cara de azucena.
¡Qué alegría cuando
le digo a la gente:
Qué guapa la mare mía!"
..........................................

Cosmito se puso la ropa del campo, cogió su sombrero de paja, la cubeta de chapa de cinc y un saco vacío.
Salió a la calle, inundada de sol, con la sombra bien definida en una acera. Como las puertas de las casas estaban siempre abiertas y la radio la ponían con el volumen muy alto, seguía escuchando las canciones:
"Desde chiquito yo te lloraba
y hablando siempre con los luseros,
en mis suspiros yo te resaba.
¡Ay, maresita, cuánto te quiero!
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Muchos receptores se veían desde la calle. Estaban sobre una repisa metálica cogida con yeso en la pared, a media altura, con ligeros adornos en forma de ese. Junto a la radio, colocaban un elevador; aparato muy necesario porque, a determinadas horas, la corriente ―125 voltios― llegaba muy baja a las casas, en ocasiones, las bombillas alumbraban menos que un candil.

La decoración del mueble de la radio en cada casa tenía el toque personal de su dueña. Le hacían fundas de cretonas con flores, abiertas por la parte delantera a modo de cortinas. Le ponían en la parte superior un pañito de aguja de gancho y una figurita encima, en muchos casos. De esta forma lo embellecían y, a su manera, lo reservaban del polvo y de la suciedad que aportaban las moscas.

Cosmito se sentía feliz en su ambiente. Recorría las calles con sus útiles sobre el hombro y el sombrero en la mano diciendo adiós a los conocidos.

Miraba a las jóvenes que barrían, fregaban y cantaban con la radio a toda bola. Con voces destempladas, entonaban las canciones radiadas. Competían con los interpretes, al mismo tiempo, excepto en las estrofas que no sabían la letra y seguían la canción con un tarareo desafinado.

En una ventana se leía en un pequeño cartel: “Se cogen puntos de medias” y detrás de los cristales se veía una mujer guapa, entrada en años, con la cabeza agachada y la vista fija en la punta de una aguja, reparando una carrera o un roto, ayudándose con un huevo de madera dentro de una media.

Dejó atrás las últimas casas del barrio alto en la salía Jamilena. Continuó andando por el camino, repleto de eras a ambos lados, donde los trabajadores se afanaban trillando y recogiendo la parva.

Al aproximarse a la caseta del paso a nivel, observó que el guardavía acababa de tender las cadenas. Se veía a lo lejos un tren que venía de Martos. Cosmito se sentó en el borde del camino y esperó que pasara la vieja locomotora arrastrando, perezosamente, unos pocos vagones de mercancías. La gigantesca mole se acercaba rugiendo y lanzando al aire una columna de humo negro por la chimenea. Todo el camino de hierro, raíles y traviesas de madera, vibraban a su paso. Cruzó el tren y volvió el silencio.

Continuó hasta el melonar que estaba en el Arroyuelo. En un extremo del terreno, había un rodal con 150 plantas de tomates que cultivaban para el gasto diario y para la conserva. Cada día, bajaba al arroyo que bordeaba el melonar y subía los cubos de agua necesarios para llenar las pozas de la mitad de las plantas sembradas. Más de una vez, realizando este ejercicio, resbaló en el cellajo con la cubeta llena y acabó con su cuerpo empapado en el cauce.

La tarea de la conserva la realizaban las mujeres de la casa. Pelaban y cortaban los tomates en trozos muy pequeños y los depositaban en un tinajón. Añadían el conservante que se compraba en la botica pidiendo polvos para la conserva de tomates. Los envasaban en recipientes de cristal. Ponían un poco de aceite de oliva en los cuellos de las botellas, las tapaban con corchos y las precintaban con gotas de cera. El tomate quedaba dispuesto para gastarlo en invierno.

Cerrando el perímetro del melonar, sembraban dos clases de plantas de maíz, girasoles y panizo. De una variedad de maíz se aprovechaba el grano para piensos y los bálagos de las mazorcas para rellenar los colchones de farfolla; de la otra, el grano se guardaba en calabacinos o en recipientes secos para hacer rosetas en las tardes de invierno. De los girasoles se disfrutaban sus grandes panochas de pipas y se guardaban sus largas y resistentes tobas para secarlas y después utilizarlas en tendederos. Del panizo, sus semillas se les echaban a los animales de corral y sus filamentos se utilizaban para hacer escobas artesanales muy resistentes y apreciadas. Las mujeres las manejaban para barrer el interior de las casas y el trozo de calle que correspondía a su fachada.

Los melones y acendrías, Fernando, los cortaba de las matas con su navaja melonera de hoja ancha ―siempre con un filo impecable, gracias a su asperón―, en los días del arranque. Los cargaban con mucho cuidado en los serones, procurando no darles golpes para que no se pudrieran. La cosecha la guardaban extendida en el suelo de las cámaras de la casa y se consumían a lo largo del otoño y parte del invierno.

Las cáscaras de los melones y acendrías las partían en trozos muy pequeños al finalizar las comidas. Acto seguido, en una hermosa fuente de graná, repleta de trozos y pepitas, Juana las llevaba al corral. Las gallinas corrían desesperadas para participar en el suculento banquete. Si el melón era muy dulce, el padre cogía las pepitas para simiente, las secaba al sol y las guardaba en un calabacino para protegerlas de la humedad durante el invierno.

Cosmito regresaba a su casa al atardecer, cuando el silencio se iba levantando en el campo. Salía del melonar con la cuba en la mano y, en el hombro, un saco lleno de amapoles, cerrajas y carrigüelas, para alimentar a los conejos que criaban en el corral.

El barrio antiguo, el río y el Calvario. Año 1950

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El barrio del Puente, también llamado de la Puerta de Martos, se encuentra recostado en una ladera y coronado, en su cota más elevada, por el Castillo con sus viejas y desdentadas murallas.

En la década de los cincuenta, desde cualquier lugar de la vereda del Calvario, podía contemplarse la belleza apacible de este barrio de humildes viviendas que se deslizaba por la pendiente. Era un conjunto arquitectónico cargado de siglos, por donde pasó el Arte y dejó su impronta. El barrio descendía escalonado, adaptado a la orografía del terreno. Sus volúmenes, sencillos y con formas equilibradas, estaban bellamente distribuidos. Nada molestaba a los ojos del observador. Todos los elementos que lo conformaban se mostraban vistosamente ensamblados. Parecía una hermosa composición pictórica, llena de vida, con colores armónicos, realizada por un gran artista.

Como una sinfonía de formas se veían: las casas tradicionales de planta baja y cámara con ventanas pequeñas, de fachadas encaladas y aderezadas con modestas cenefas ocre, almazarrón y otros tonos oscuros; los tejados, pardos y grises, gradualmente dispuestos; las chimeneas de variados tamaños y formas; los patios recoletos e irregulares, de tapiales encalados con derroche de cal y cubiertos por parras; los viejos edificios impregnados por la pátina del tiempo que ha dejado su huella en las piedras y yesones de sus muros, en las maderas carcomidas de sus puertas y ventanas y en las infinitas capas de cal de sus paredes; rincones típicos, con un fuerte poder evocador de tiempos más o menos lejanos, donde crecía la hierba entre los guijarros de su descarnado empedrado; ventanas que lucían macetas de geranios de variados colores, en tiestos de barro y en latas de conserva encaladas y relucientes como las paredes; calles de añejo sabor, con recovecos ancestrales, estrechas y pintorescas, que atrapaban las miradas en sus trazados, formas y detalles; calles que trepaban por la pendiente, escalonadas, con nombres entrañables: Puerta de Martos, el Puente, Amargura, Muralla, Pozuelo, Tintoreros, Cantera, Adarvejo, Tenería, Fuentecilla...
El poeta tosiriano Antonio Gómez Hueso, en un precioso escrito sobre este barrio, nos dice: "Caminad despacio. Bebed pausadamente, como el buen vino, el embrujo del lugar. No desfilan monumentales edificios, sino corazones blancos. El Puente es modesto y sólo desnuda su belleza a aquellos que aman la grandeza de la simplicidad".

En su parte inferior, el río corría acariando sus orillas, por un cauce profundo, como una herida abierta en el paisaje. A la derecha, sus aguas pasaban fajando el caserío del barrio, al mismo tiempo que iban dejando atrás los molinos aceiteros, ya en desuso, que antes eran vida y ahora son historia; la calle Tintoreros, la ramonera, la vieja cantera, la acera de casas pequeñas y las míseras casillas en el terraplén, junto al puente.

En la orilla izquierda, la ladera del monte Calvario bajaba hasta el lecho del río. Cercanas al Puente, se encontraban las ruinas del molino del Calvario, resistiendo los azotes del tiempo. El edificio mantenía su robusto esqueleto de sólida fortaleza centenaria con aire romántico. Sus muros caducos y nobles, estaban cubiertos de musgos, jaramagos y plantas trepadoras. Estas ruinas abandonadas engendraban fantásticas aventuras en la imaginación de los niños.

Cuando las aguas dejaban atrás el Puente, el cauce se ensanchaba y el río se despedía del último molino de harina, cercano a las Quebradas. Sus orillas se llenaban de vegetación: álamos, chopos, eucaliptos, higueras, zarzas, cañaverales, junqueras, poleos, matagallos...

Este es un ligero esbozo, con matices poéticos, sobre el casco viejo del pueblo, el barrio más antiguo, el más singular y el menos apreciado. Los tosirianos, con su olvido y su silencio, no han sabido conservarlo.
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El Puente era un barrio de economía pobre, de mera subsistencia en la mayoría de los vecinos. El hambre se paseaba por sus calles y entraba en algunas casas, sin pedir permiso, para hacer estragos. No formaban un conjunto uniforme las personas que lo habitaban. Casi todos eran campesinos asalariados con buena reputación en el ambiente agrícola; otros, ejercían diversos oficios: albañiles, cabreros, zapateros, herreros, encalaores, carpinteros, panaeros, esquilaores, arrieros... En resumen, padres de familia, muy trabajadores, que luchaban a diario para sacar su casa adelante con dignidad, en aquellos tiempos difíciles.

Los jornaleros poco afortunados, por causas ajenas a su persona, apenas recibían ofertas de trabajo a lo largo del año. Daban una cantidad muy escasa de jornales en el campo y pasaban muchas fatigas económicas. Les rondaba el hambre, sentían el pellizco del hambre en sus entrañas y buscaban la manera de calmarla, no querían que se aposentara en sus casas. Incapaces de vivir arrinconados, la necesidad les agudizaba el ingenio y luchaban para sobrevivir. Se transformaban en auténticos buscavidas. Conocían muy bien el campo y le arañaban cuanto podían en las distintas estaciones del año. Pasadas las recolecciones, marido y mujer, rebuscaban aceituna, trigo, cebada, avena, centeno, garbanzos...

En aquellos años de mucha necesidad, las esposas molían en sus casas los granos rebuscados en las rastrojeras, con una teja sobre una piedra grande. Su harina oscura y basta la amasaban y hacían pan. Le llamaban pan negro y les sabía a gloria. Pan integral que poseía todas las propiedades de la suma de cereales y era imprescindible en la vida.

Los hombres se convertían en cazadores furtivos empleando liria, perchas, losetas, lazos, cepos... y, sobre todo, colocaban costillas junto a los olivos para cazar pajarillos y zorzales. Pájaros que, una vez desplumados, los vendían a los bares de tapas, los cambiaban por pan o recorrían las calles donde vivían familias acomodadas, repitiendo en todas las casas el mismo pregón: “¿Quiere usted pajarillos?”. En la temporada de la corta, hacían picón con los ramones de los olivos. Sus mujeres e hijos, con las caras y las manos tiznadas, lo pregonaban y vendían por las calles utilizando como medida un celemín de madera (capacidad aproximada de 8,75 litros). Recogían los turrillos para el fuego, en los olivares recién arados. Cazaban ranas en el río y suministraban sus exquisitas ancas a un famoso bar de la localidad. Conocían los lugares donde crecían las esparragueras, les cortaban sus tiernos espárragos trigueros y hacían mostelas para rifarlas en los bares. Recogían bellotas y las asaban. Buscaban collejas, cardillos, espinacas silvestres, tetillas de vaca, alcaparrones, allozas de los almendros, higos chumbos, paloduz, madroños, moras de los zarzales, majoletas, acerolas, azofaifas... de los campos, aparentemente desnudos, sacaban productos inesperados.
Los hijos vendían la mayor parte de lo recolectado. Recorrían los barrios del pueblo con sus cestas de varetas de olivo enganchadas al brazo, pregonando los frutos silvestres en las distintas estaciones del año. Estas ventas, apenas alcanzaban para dar de comer a la familia, daban el dinero imprescindible para ir tirando y matar el hambre cuando no tenían otros ingresos.

La Puerta de Martos era el barrio más bullicioso de todo el pueblo, se vivía mucho en la calle. Sólo había que pasearlo para observar las más variadas estampas costumbristas. Vamos a describir algunas, como si estuviéramos contemplando instantáneas fotográficas de la vida cotidiana a comienzos de la década de los cincuenta:

-Ancianos apacibles de expresivos rostros, con la piel arrugada, sentados en sillas de aneas en las puertas de sus casas, observaban los cantos del pájaro perdiz y de los colorines que saltaban en sus jaulas, colgadas en las fachadas blancas de cal. Cuando pasaba el panadero, siempre comentaban que con la harina de los viejos molinos se hacía mejor pan, más sustancioso.
Uno de los abuelos hacía tomiza, trenzando el esparto con sus manos huesudas. Todos fumaban con el cigarro pegado en las comisuras de los labios y cuando el humo les provocaba la tos gargajosa, la ceniza caía sobre las pecheras de las viejas camisas.
Siempre narraban sus recuerdos, todo cuanto vieron y vivieron a lo largo de sus vidas. Fanfarroneaban contando, por enésima vez, sus hazañas en la Guerra de Marruecos. Las historias de la Guerra Civil las contaban en voz baja y silenciaban, con rabia y tristeza, muchos detalles. Era tiempo de silencio.

-En las culeras de algunos edificios, se reunían grupos de mujeres mayores sentadas a la solana y protegidas de los vientos. Allí cosían, zurcían, hacían lana, labores de ganchillo… y hablaban de los acontecimientos de la familia, del barrio o del pueblo.

-Los ruidos se mezclaban con el tono elevado de las conversaciones en la calle. La gente discutía o gritaba por cosas sin importancia, se gritaba mucho.

-Las ancianas, sentadas en su habitación, retiraban la cortinilla y se asomaban por los postigos de su pequeña ventana cuando oían voces cercanas.

-Entre mujeres enflaquecidas, de enjutas siluetas y aire cansado, correteaban grupos de chiquillos mal vestidos, llenos de churretes. Los críos más pequeños lloraban agarrados con fuerza a las faldas de los humildes vestidos de sus madres.

-Las mujeres casadas, casi todas, vestían de negro y calzaban zapatillas en los días de trabajo. La sonrisa triste iba con ellas a todas partes. Tenían un temperamento fuerte, endurecido por la vida de privaciones que llevaban. Conservaban en el interior de su alma una gran capacidad de ternura, de madres amables, abnegadas y luchadoras. Su entorno no les ayudaba a vivir ilusionadas. Vivían recogidas en la intimidad de sus casas estrechas que, en muchas ocasiones, olían a humedad y a vejez. La realidad era dura y la escasez se hacía presente en todos los campos de la vida familiar.

-Había ropas secándose en tendederos improvisados sobre los hierros de algunas ventanas.

-En un portal, una joven acariciaba con el peine el pelo canoso de su abuela, haciéndole un moño y sujetándolo con flejes y horquillas.

-En un patio pequeño, una madre pasaba amorosamente la lendrera por la cabeza de su hijo para arrancarle las liendres sujetas al pelo y otra, sobre su regazo, estezaba a un niño de faldellín, que no dejaba de llorar.

-Una mujer vestida con una bata vieja, parda, y un pañuelo a la cabeza para protegerse el pelo, pasaba la escobilla cargada de cal, una y otra vez, en los desconchones de su fachada.

-Un grupo de niños corría tras una pelota pinchada, chillando a cada momento, revolcándose por el suelo y dándose golpes. Otros chiquillos jugaban a la maísa, a las bolas... Se conformaban con lo que tenían, no conocían otra cosa.

-Un viejo vendedor pregonaba botijos, jarras, macetas, orcillas y lebrillos, de la repleta carga que llevaba su borrico.

-Dos muchachas venían de la fuente y caminaban sonriendo con sus cántaros de agua ajustados a sus caderas.

-El panadero aparecía en la revuelta de una calle con su asno bien cargado de pan. Recorría el barrio vendiendo los bollos, panes y panetes de carrucha que llevaba en dos cajones de madera sobre la albarda. Los nenes acudían, se arremolinaban en torno a la carga y la boca se les hacía agua cuando aspiraban el aroma a pan caliente. Las mujeres salían con sus talegas o bolsas a la voz de “¡panaderooo!”, después de darse un alisón.

-El fuerte rebuzno de un burro anunciaba la entrada en el puente de una recua de animales cargados. El arriero dirigía a la hilera de borricos enteros en la dirección que le interesaba con sus gritos entrecortados. El buen hombre llevaba una hermosa vara de olivo terciada en su cintura, tras el ancho cinturón de cuero que sujetaba sus pantalones de pana raída con piezas.

-Apoyados en sus ganchas y con sus capachas al hombro, los cabreros caminaban detrás de las manadas de cabras con sus ubres bien repletas de leche, escuchando el repiqueteo de las pequeñas esquilas.

-Hombres de otros barrios iban y venían con las bestias cargadas de cántaros en las aguaeras, acarreando agua de la fuente.

La Fuentefuera era el mejor abrevadero de todos los portillos del pueblo. Sus dos caños manaban abundante agua y siempre tenían repleto el pilón. Según decían los mayores, su agua era la más apropiada para cocer los garbanzos. Por este lugar entrañable, en las primeras horas de la mañana y al atardecer, muchos agricultores salían o regresaban del campo con sus yuntas o sus borriquillas.

Estas estampas de la vida cotidiana, nos acercan o sitúan en el barrrio durante la posguerra; pero, de aquellos años, no puede omitirse ni silenciarse la presencia, en aquel medio, de muchos marginados de la sociedad, de familias que no tenían donde caerse muertas.
Un grupo de personas en la miseria absoluta, malvivía en casillas sucias, faltas de espacio, sin apenas ventilación, en las proximidades del puente y del río. Cuchitriles, tristes y sórdidos, a teja vana, que rezumaban humedad por tejados y paredes agrietadas, servían de refugio a estas desgraciadas criaturas.

Eran pordioseros envueltos en harapos, con trajes raídos de olor nauseabundo, resignados en su extrema pobreza. A mediodía, caminaban por Tintoreros hacia el comedor de la casa de Auxilio Social. Andaban como personas derrotadas, envueltos en hambre y en tristeza. Hacían cola con sus recipientes o latas en las manos, esperando recibir la sopaboba de cada día. Triste espectáculo que se repetía a diario y la sociedad lo contemplaba con indiferencia en aquellos años.

Estas personas pasaban la mayor parte del día llamando de puerta en puerta, mendigando la caridad de los vecinos. Pedían “una limosna por el amor de Dios”. Si el vecino correspondía, expresaban su agradecimiento con un “que Dios se lo pague”. Los encontrábamos: en los canceles y puertas de las iglesias cuando había una celebración; en los zaguanes de las casas de los ricos esperando que las señoras les dieran una limosna con motivo de un acontecimiento familiar; formando cola para recibir una pieza de pan con motivo de la onomástica de algún miembro de alguna familia importante; llevando gallardetes y banderas de cofradías, delante del féretro, en entierros de tres capas para ricos hacendados; con estandartes en las procesiones... En definitiva, siempre recogían las migajas que los demás despreciaban. Se les socorría “en la caridad de Dios”.

Una tarde de primavera, Cosmito y sus amigos jugaban en el paseo de la Plaza, haciendo bailar los pequeños trompos de madera con rudimentarios látigos -hechos de una vara de olivo, con una hendidura en el extremo, donde llevaba atadas dos cintas de tela-. De repente, se oyó una fuerte voz en la puerta del bar Regina:

―¡¡Limpia!!

―¡¡Voy!! ―respondió el limpiabotas, que estaba hablando de fútbol junto al kiosco de novelas, tebeos y revistas.

Acudió con la caja de los útiles de limpiar y un breve banquito de madera, para evitar que sus posaderas estuvieran en el suelo durante el trabajo.

Los niños dejaron el juego y se acercaron para presenciar la destreza del limpiabotas con los cepillos.

El cliente desvió su mirada del periódico y colocó un zapato sobre el reposapié de la caja. Era un hombre grueso que leía las letras grandes del periódico ARRIBA y fumaba un cigarro rubio americano, Pall-Mall, de un paquete rojo que lucía en el bolsillo de la camisa.

Un pordiosero lo observaba a corta distancia esperando que tirara la colilla para recogerla.

Limpia, los zapatos tienen que brillar como si fueran de charol cuando termines tu trabajo. Voy de visita y del relumbrón quiero que se queden boquiabiertos ―dijo el cliente con tono exigente.

―¡Sí, señor! Prepárese que voy a echar la casa por la ventana.

El limpiabotas introdujo unos naipes en la boca del zapato para evitar las manchas en los calcetines. Era asombrosa la agilidad de aquellas manos manejando el enorme cepillo que iba y venía a toda velocidad; pasaba a la mano contraria haciendo piruetas en el aire. Cogía con la izquierda la caja de crema “Búfalo” y con las yemas de los dedos, de forma endiablada, untaba la piel del calzado con betún. El cepillo volvía a danzar y cambiaba de manos como una exhalación. Era un hombre espectáculo. Mientras trabajaba, parecía que huía de algo a toda velocidad. Practicaba su oficio con mucha habilidad y gozaba sintiéndose observado por un grupo de mirones. El toque final lo daba frotando los zapatos con una tira de tela hasta dejarlos con brillo cristalino.

―¡Vámonos al Calvario! ―propuso uno de los amigos cuando terminó el limpiabotas.

―Yo voy si pasamos por Lasquebrá y nos echamos por los escurrizos ―puso como condición un componente del grupo.

Nadie quería mostrarse cobarde ante el peligro propuesto. Se miraron todos y al grito de “¡¡el úllltimo…!!”, con todas sus fuerzas, salieron corriendo por las calles San Antonio y Molinillo hasta llegar al lugar.

Lasquebrá (las Quebradas) era el espacio donde se acumulaban todos los escombros de las obras y de los derribos de las casas del pueblo. La escombrera estaba cercana al caserío, en la zona más alta del terreno quebrado y variable que bajaba hasta el río. En este lugar, los hundimientos de tierra eran lentos y continuos. La fisonomía de su paisaje cambiaba pasado un corto período de tiempo.
En las pronunciadas laderas de los grandes montones de tierra, ripios y yesones, estaban los escurridizos para fararse. Eligieron el más largo y arriesgado, situado frente a las tapias de los corrales de la calle del Río.
Siguiendo la costumbre, los niños orinaban, unos tras otros, sobre el carrilico y lo humedecían para coger velocidad en la pendiente del farador. En tiempo de recolección, con un cachucho viejo recogían jamila en el desagüe de los molinos y la echaban. La pequeña cantidad de aceite que contenía, hacía que volaran cuesta abajo. Apañaban unas buenas culeras de alpechín en los pantalones y jarruñones en los brazos cuando repetían varias veces las bajadas.
Se divertían resbalándose por los escurrizos y viendo cómo todos los compañeros perdían el equilibrio y rodaban por la cuesta. Pronto se cansaron del peligroso entretenimiento.

Atraídos por los gritos desaforados de una patulea de críos, se acercaron al trozo de tierra firme que había en el lado opuesto de Lasquebrá. Era una franja de terreno estable que había al volver la esquina de la calle Miguel Díaz, a lo largo de las fachadas de unas casas pequeñas y varios corrales con paredones salpicados de puertas falsas, que correspondían a hermosas viviendas de la calle Don Diego.

Los chavales de la vecindad, con alegre algarabía, chillaban y jugaban felices en la estrecha explanada, con una pelota de trapo atada con tomizas que, en su imaginación, era como un balón de reglamento ―el regalo soñado y más deseado por todos los niños―. Uno de ellos, que había sufrido un descalabro el día anterior, lucía un apósito sujeto con esparadrapos, en un rodal pelado de la cabeza; otro, llevaba un pañuelo en la frente sujetando una moneda grande de cobre, que presionaba un lobino -chichón-, untado con aceite, para evitar que aumentara de tamaño.

Cuatro mujeres sentadas en sillas bajas y con sus canastas al lado, cosían al sol, protegidas del viento y ajenas a los chiquillos.

Un hombre paseaba junto a su gallo de pelea, que lucía heridas en la cabeza y en el pescuezo pelado. Era uno de los muchos gallos que participaban en las frecuentes peleas que se organizaban en el amplio patio del Patín Bar de la calle Rabadán.

Dos ancianos, sentados sobre un poyo de piedra, comentaban cómo el moral cercano a la calle las Palomas, que antaño fue un árbol grande y frondoso, se lo estaba tragando el terreno y nada podía hacerse.
―¿Dónde estará todo el escombro depositado en Lasquebrá durante tantos años? ¿Qué monstruo hay en las entrañas de este lugar que todo lo engulle y no acaba de saciarse? ―se preguntaban los viejos vecinos del lugar.

Con sus buenas culeras en los pantalones cortos, se encaminaron hacia el Calvario. Llegaron a la primera cruz de las estaciones del Vía Crucis, continuaron andando y vieron a Miguelillo, sentado entre matojos, embebecido, hablando entre sí, y pellizcando un mendrugo de pan junto a las ruinas del viejo molino.

Miguelillo era un pordiosero que vivía en una casilla cercana al puente. Tenía unos treinta años y parecía un anciano. Su rostro era poco agraciado pero expresivo. La nariz aguileña destacaba sobre las mejillas cóncavas que lucían una barba canosa, descuidada, de muchos días. Sus ojos hundidos miraban con toda la tristeza que una persona pueda imaginar. Vestía una ropa vieja, llena de mugre y cazcarria, con remiendos y rotos enmendados con un mal cosido. Decían los mayores, que antes de la guerra era una persona respetada, trabajadora y con mucha inquietud cultural. En la contienda murió toda su familia y como secuela le quedó el abandono personal, la tristeza y la miseria.

―¡Mirad, ahí está Miguelillo! ¿Queréis que hablemos con él? Siempre cuenta cosas muy extrañas.

―¡Vale! ―respondió Cosmito.

―¡Hola, Miguel! ¿Qué haces?

―Estoy observando las plantas que me rodean.

―¿Y qué ves en ellas?

―Mirad, hay plantas que están llenas de vida y lucen sus verdes brillantes; otras, casi mustias, se ven amarillentas y tristes. Pues, bien, mi vida es semejante a esas hierbas moribundas. Vivo esperando que el Señor quiera recogerme desde hace años.

―Miguel, eso que acabas de decir es muy triste. Háblanos de cosas alegres y no pienses en la muerte. Cuéntanos una historieta, danos un consejo...

―No acostumbro a dar consejos a nadie. En determinadas ocasiones, me gusta recordar la frase que nos decía mi maestro en la escuela de la calle el Agua: “Camina por el mundo con la verdad aunque te haga sufrir. Procura siempre que la gente te quiera o que te odie, pero que no te olvide”... ¡Bueno! Cambiemos de tema, ¿podéis regalarme un cigarro?

―Espera, voy a ver si tengo suficiente ―dijo uno del grupo sacando del bolsillo tres perras gordas y dos chicas. Salió corriendo hacia el barrio para comprarlo en un puestecillo que había junto a la esquina de la calle Amargura, donde vendían cigarrillos sueltos.

Volvió el amigo con un caldo gallina y Miguelillo se lo fumó con ahínco, hundiendo los carrillos en sus largas y sucesivas chupadas. Gozó, el tiempo que duró. Apagó la colilla y la guardó en una lata oxidada donde había otras esperando su hora.

―Gracias por el cigarro, muchachos.

―Miguel, ¿qué personas del pueblo te ayudan?

―Vivo de la caridad de todos los paisanos que poseen buenos sentimientos. De los mendigos se apiadan muy pocas personas. Creen que somos así porque no nos gusta trabajar y no saben que a la mendicidad se llega por enfermedad y una vez que te atrapa, es muy difícil escapar. Necesitamos que nos escuchen y nos atiendan para salir de este túnel que no tiene fin… precisamos una mano amiga que nunca llega ―al mismo tiempo que hablaba, metió su mano en un bolsillo de la vieja chaqueta y sacó un papel, muy doblado y sucio, que recortó de un viejo periódico que recogió en la calle―. Os voy a leer lo que dice un pensador de nuestra época: “Cada cañón, cada barco de guerra y cada cohete es, en definitiva, un robo a aquellos que tienen hambre y no son alimentados, que tienen frío y no son vestidos. Nuestro mundo malgasta en armas no solamente el dinero, sino también el sudor del trabajador, el genio del investigador y las esperanzas de sus hijos”…
No quiero cansaros. En conclusión, vivimos despreciados y morimos en soledad. Mejor es morir que mendigar. Es una humillación y una vergüenza. El día que cerremos los ojos, nuestro cuerpo lo meterán en la más humilde de las cajas de madera y nos harán un entierro de caridad. Nos enterrarán en una fosa común con los demás mendigos, sin una tablilla que nos recuerde. Allí quedará el mísero cuerpo, abandonado, olvidado de la gente, en unos palmos de tierra cubierta de hierbajos, ortigas, cardos... Algunas personas, cuando se enteren, dirán: “¡Uno menos!” Y la gente de buena voluntad pensará: “Pobrecillo, ya se ha ido a descansar, que Dios lo tenga en su Santa Gloria. La ha ganado con sufrimientos y miserias”.

Se despidieron de Miguel y continuaron andando, en silencio, por la primera vereda. Pensaban en las palabras que acababan de escuchar, mientras respiraban aire limpio y contemplaban la hermosa ladera del monte poblada de pinos.

―Os lo advertí. Este hombre es muy extraño, parece que está un poco loco ―dijo el compañero que propuso el encuentro.

―Tú, si que estás loco. ¡Nene, eres tonto de remate. Tienes menos sesos que un mosquito! Nos acercamos para reírnos de su persona y él, con pocas palabras, nos hace pensar en las injusticias que hay en el mundo. Nosotros somos todavía pequeños para entender por qué consienten estas desgracias las personas mayores… Lo mejor es que no hablemos de este tema ―contestó el amigo que compró el cigarro.

―¡Mira, mira! ¡Mira las ratas como se pasean! ―gritó otro amigo, señalando el lugar del cauce del río donde vertía sus aguas fecales la alcantarilla de un distrito del pueblo.

La boca de desagüe estaba junto a la ramonera, en la esquina de la calle Tintoreros. Ratas grandes como conejos y con hocicos puntiagudos, salían tranquilamente de la madrevieja y bajaban hasta las proximidades del río donde habían arrojado basuras. Cogieron piedras y se las lanzaron. Las pedradas no consiguieron matarlas ni asustarlas, cuando estaban junto al charco donde caía el abundante y pestilente chorro de aguas residuales. Siguieron yendo y viniendo entre los residuos a plena luz del día.

Los niños guardaron silencio cuando adelantaron a unas mujeres que caminaban por la vereda rezando en voz alta.

Con frecuencia, grupos de mujeres subían al monte Calvario haciendo el Vía Crucis. Paraban y rezaban delante de las cruces de piedra de las catorce estaciones, a lo largo de la vereda que ascendía hasta la ermita. Esta tradición estaba muy arraigada en la clase humilde de la población. Cuando moría una persona, las dolientas invitaban a las mujeres de la familia, a las vecinas próximas y formaban grupos reducidos. Iban enlutadas, con sus chales en las espaldas, pañuelos negros de seda a la cabeza, bien pegados a las sienes y anudados bajo la barba. Algunas, con sus caras pálidas y sus atuendos negros parecían que estaban espirituadas, con las mortajas encima.

Entre las distintas calidades de verdes que ofrecía el paisaje de la ladera, el conjunto de mujeres destacaba con sus negros intensos y negros descoloridos, casi pardos, como sacados de una estampa de Goya o de Gutiérrez Solana.

Encabezaban estos grupos las rezaoras, que hilvanaban los interminables rezos, con mucho oficio y habilidad. El recorrido de las estaciones comenzaba y las dolientas rezaban y lloraban desconsoladas al mismo tiempo. Continuaban el ascenso con toda tranquilidad, como si el tiempo se hubiese detenido para ellas. Cerca de la ermita, cuando llegaban a las últimas cruces, en ocasiones, había momentos muy desagradables acompañados de llantos y desmayos.

Estos rezos se hacían cumpliendo una promesa por el alma de un familiar fallecido, en la mayoría de los casos. Promesa que obedecía: a un sentimiento de ayuda al alma del muerto; a la interpretación de un sueño con la presencia de un ser querido; y al cumplimiento de una manda después de una sesión de espiritismo.

En las sesiones se convocaba al difunto y se establecían unas promesas por boca de la médium. Estas reuniones, aunque estaban prohibidas, se celebraban en casas particulares y tomando todas las precauciones. El espiritismo se practicó mucho durante la guerra y los primeros años de la posguerra, porque la mayoría de los vecinos de los distintos barrios, no tenían noticias de sus familiares más próximos que marcharon al frente y querían saber si estaban vivos; o preguntaban por aquellos que, terminada la contienda, no daban señales de vida.

La primavera era el tiempo ideal para jugar en el Calvario, la vida volvía a todas las plantas y el aire limpio olía a pino. Pandillas de chiquillos ruidosos saltaban y se revolcaban en la hierba. Corrían fogosos entre veredas y matorrales jugando a esconderse y a Policías y ladrones.

El río y el Calvario se ofrecían como espacios abiertos donde se sentían alegres y practicaban sus aventuras. Jugaban y daban rienda suelta a sus travesuras, desarrollaban su fantasía.

Vivían, a su manera, las hazañas que veían en muchas sesiones de matiné de aquellas viejas películas: del Oeste, donde el valiente siempre ganaba y en lo momentos de apuros llegaba el Séptimo de Caballería; de Charlot, de los Hermanos Marx, de Tarzán, de Jaimito, de Stan Laurel y Oliver Ardí, de Fu Manchú en varias jornadas... Los chiquillos las gozaban sentados en el gallinero, en todo lo alto del primitivo cine Tosiria de la calle Perea. El gallinero se venía abajo aplaudiendo y pateando sobre las gradas de madera, si el valiente ―así, llamaban al protagonista― salía victorioso sobre el enemigo. En cambio, medio cine silbaba con toda su fuerza y la otra mitad gritaba “picho, picho, picho...”, si el valiente besaba a la protagonista. Eran besos inocentes que habían sobrevivido a la férrea censura de la dictadura, pero ellos los jaleaban con todas sus fuerzas.

En las aventuras que vivían a lo largo del cauce del río, protagonizaban situaciones arriesgadas y hechos disparatados, que las personas mayores no podían imaginar. Caminaban por los cellajos, entre las masas de zarzas, juncos, mimbres, escaramujos, arboledas y matojos. Trepaban por los troncos de los árboles lo mismo que las ardillas. Sin ningún miramiento, se zambullían en las aguas del río. Saltaban de orilla a orilla cuando el caudal venía crecido y soportaban que la corriente los arrastrara unos pocos metros. Se enredaban en las ramas con espinas de los zarzales y se hacían buenos sietes en las camisas o en los pantalones. Corrían entre la maleza, llenándose los brazos de jarruñones y las ropas de caíllos… Se sentían exploradores.

Descansaban sentados a la orilla, escuchando el murmullo fresco del agua que bajaba despacio. Veían las ovas balanceándose, los cantos rodados y las resbaladizas piedras cubiertas de verdín bajo el agua. Observaban las ranas que croaban en las orillas, subidas en las rocas o entre la maleza. Escuchaban a los pájaros que piaban inquietos volando de árbol en árbol. Cogían chinas, pequeñas y planas, y las lanzaban sobre las aguas tranquilas de los remansos para hacerlas rebotar en la superficie… Todo el campo respiraba paz y tranquilidad y ellos se sentían felices.

Río arriba, caminaban contra corriente. Pasadas las orujeras, se encontraban con pequeños grupos de mujeres, con canastas de varetas de olivo, repletas de ropa, hincadas de rodillas con sus cuerpos curvados sobre sus piedras de lavar, junto a la orilla. Lavaban sus ropas en las aguas claras y limpias. Atenuaban sus esfuerzos, dialogando entre ellas, tarareando canciones o entonando coplillas como esta:
"Paso el río, paso el puente,
siempre te encuentro lavando.
¡Qué lástima de carita
que el sol te la está quemando!"
Iban vestidas con las enaguas de la aceituna y cubrían sus cabezas con hermosos pañuelos. Las ropas blancas, lavadas, las pasaban por una cuba de agua con azulete, para que blanquearan más; las tendían y secaban al sol sobre los arbustos que crecían en la orilla, en las junqueras, matojos y en las piedras.
"Aunque vayas y vengas
al río del Cubo a lavar,
con el novio que tienes
no te vas a casar".

Había mujeres que, para ganar su sustento, acudían durante todo el año a lavar ropa de otras familias. El oficio de lavandera requería un gran esfuerzo y una salud de hierro, era muy duro y poco valorado. Este trabajo siempre acababa deformando las articulaciones de las recias y curtidas manos de las que lo practicaban.

Como tradición, muchas familias del pueblo iban al río una vez terminada la temporada de recolección. Lavaban los manteos, los sacos y cualquier ropa de faena. Todos los miembros de la familia colaboraban y procuraban pasar una agradable jornada de campo.

El jabón empleado era de fabricación casera, hecho con los restos de aceites pringosos de freír y sosa cáustica. Para los tejidos gruesos, sacos y manteos, utilizaban abundante cantidad de greda, un tipo de arcilla arenosa con propiedades desengrasantes.

Cosmito y su grupo, en una escapada fascinante, seguían remontando el río hasta llegar al molino el Cubo. El ruinoso edificio con aire melancólico y romántico, estaba en un lugar umbroso, envuelto en silencio por todas partes. Parecía que el aire y el tiempo se habían detenido para siempre. Se respiraba una quietud de siglos. Sólo se escuchaba el susurro del agua que saltaba entre las piedras río abajo.

Hechos una piña, asustados, entraban en el viejo molino. Contemplaban unas estancias desoladas, ocupadas por sombras, destrozadas por el paso de los años y el abandono de los hombres. Todo contribuía a la magia del lugar. El miedo se les metía en el cuerpo pensando en el fantasma que lo habitaba, según contaban sus mayores.

El molino el Cubo lo edificó la orden de Calatrava en el siglo XV, como consta en la cartela fundacional con caracteres góticos que hay en la fachada. Lo hizo el mismo Maestre que construyó la Torre Nueva de Porcuna. Es un molino fortaleza. Un edificio sólido con gruesos muros de mampostería y sillares en sus esquinas. Tiene dos cuerpos divididos por una imposta en forma de cornisa. En la planta baja, sus accesos están coronados por arcos. Conserva dos pequeñas ventanas enmarcadas en piedra en la planta superior. Las tejas de la cubierta han desaparecido y en su lugar crece la hierba.

El río fue, para toda la generación de niños de la posguerra, el lugar de esparcimiento donde se sentían libres y en contacto directo con la naturaleza.


A Cosmito, con diez años, el campo le atraía con mucha fuerza, era donde más disfrutaba. Había heredado el cariño y la curiosidad de su padre, hacia la naturaleza que le rodeaba. Ansioso de conocer las peculiaridades del paisaje de su tierra, se reunía con sus amigos y desde cualquier portillo del pueblo recorrían caminos y veredas, flanqueados en sus márgenes por variadas especies de plantas silvestres. Caminaban hacia los lugares que encerraban algún misterio, riesgo o dificultad para ellos. Iban deseosos de conocer las cosas que les depararía la aventura. Como veían que salían airosos de sus andanzas, siempre estaban dispuestos a iniciar una nueva.

Con sus alpargatillas de tela, machacaban el camino de la Fuentefuera. Dirigían sus pasos hacia el cerro de la Covatilla donde vivían sus aventuras, siempre peligrosas, en cuevas y en refugios de la guerra, con sus entradas cubiertas por soberbias telarañas que lucían una admirable geometría.
Exploraban todos los escondrijos y toda clase de recovecos, corriendo y saltando entre matorrales donde crecían la retama, el tomillo, el romero, la coscoja, la aulaga… Bajaban al Bermejal y, desde el arroyo, subían por el olivar hasta las ruinas del polvorín que hicieron en tiempo de guerra.

Otros días, por el camino de Santa Ana, la Huerta de Carmelo, las Eras del Cura y el Arroyo Piojo, sus travesuras les llevaban a los Hornillos, una antigua cantera de yeso.

El lugar se veía desde el camino como el cráter de un volcán apagado. El fondo lo ocupaba una charca de agua estancada con verdes ovas, enmarcada a su alrededor por plantas y maleza. Las personas mayores, cuando hablaban de los Hornillos, contaban historias de desgracias ocurridas en la cantera. Allí habían muerto ahogados varios chiquillos. La maldición pesaba sobre tan extraño y profundo lugar. Por ese motivo, desafiando lo prohibido, todas las pandillas de nenes del pueblo bajaban a la hondonada de los Hornillos.
A Cosmito se le rompió una alpargata, cuando descendía a lo más profundo. Vio una mata de esparto a lo lejos y, cojeando, se acercó, cortó varios tallos verdes, los trenzó, recordando lo que hacía su padre, y con un atadijo, incorporó la suela al pie. En ese momento, cruzaba por los aires un aparato trimotor; su ruido atronaba el interior de la vieja cantera y los niños, asustados, se desgañitaban dando voces y gritos que retumbaban en aquel espacio. Sentían miedo. Les parecían enormes las altas paredes rocosas con tonalidades rojizas, blanquecinas, verdosas y amarillentas.
No se encontraban a gusto. Tenían la sensación de estar encerrados en un pozo de gigantescos muros. Sentados cerca de la charca, miraban su agua quieta y con mucho verdín. Arrojaban pedruscos y patucos de distintos tamaños para escuchar como respuesta un ruido sordo y un sonido profundo. Poseídos por el miedo, ninguno se acercaba.

Otra aventura atrevida y temeraria era la visita a un viejo refugio de la guerra que estaba junto al pilar de la Fuentefuera. Un largo túnel excavado en la tierra, abovedado, que iba curvándose lentamente buscando otra salida. Procuraban entrar con las narices tapadas porque, en los primeros metros, tenían que sortear una gran cantidad de excrementos humanos adornados con infinitas moscas y un olor nauseabundo. Llevaban como antorchas las suelas viejas de las alpargatas de tela. El encendido lo hacían en el interior del refugio donde la luz agonizaba. Siempre conseguían una buena llama, acompañada de una intensa humareda maloliente. Lo más emocionante del trayecto era subir a gatas por un montón de tierra, fruto de sucesivos desprendimientos, que casi cerraba el espacio del refugio. Retrocedían muy despacio para alargar de esta forma el recorrido. Esto les hacía sentirse pequeños héroes de cine cuando salían al exterior.

Entre risas y bromas, más contentos que un niño con una zambomba en un día de matanza, bebían agua en la fuente, borraban de sus caras los churretes del humo de la antorcha y mojaban sus pelos, como leznas, tratando de amansar los remolinos.

Subían por la trocha hasta el pinar del Calvario. Sentados en el suelo, sobre la capa agujas de pino, de color sepia, extendidas en la tierra como una alfombra, respiraban el olor de las ramas y de la resina que transpiraban los troncos. Rodeados de aquella atmósfera agradable, contemplaban un bello y lento atardecer con formas envueltas y vaporosas.

En la torre de la iglesia empezaba a sonar el último toque de las campanas que llamaba a los fieles para el rezo del Santo Rosario. Al mismo tiempo, una bandada de golondrinas y otros pájaros, levantaba el vuelo desde los tejados y dibujaban en el aire infinitas filigranas con sus incesantes evoluciones.

Era una bellísima postal de aquel momento del día. Una estampa fugaz presidida por el sobrio y elegante templo de San Pedro y el viejo Castillo con sus agonizantes murallas, doradas al atardecer, coronando el barrio antiguo de Torredonjimeno.
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Los "cortaores". Año 1949

...


El trabajo de la corta o poda del olivo estaba considerado como una de las tareas más importantes y duras del año agrícola. La herramienta de los cortaores era el hacha, sujeta a un cabo largo, fino y ligeramente curvo. Los cortaores seleccionaban los futuros cabos en las ramas de los quejigos, álamos negros o fresnos y los aladreros los trabajaban con destreza. Cuando se deterioraba el hacha, los herreros más expertos de la localidad, templaban su boca en la fragua y recuperaban su filo cortante.

No valían todos los agricultores para la tarea de la corta, porque tenían que realizar un imponente esfuerzo muscular durante muchas horas. Se necesitaban hombres fuertes y sanos, dispuestos a empuñar un hacha hasta el agotamiento. Hombres con temple y pulso firme, forjados en trabajos rudos y severos. Ceñían su cintura con ancha faja de recia tela negra, para evitar las posibles lumbalgias.

Con movimientos armónicos de brazos y cintura, a golpe de hacha, conseguían unos cortes perfectos con superficies pulidas. Algunos troncos o ramas recias, al cortarlos, exigían una gran pericia a estos profesionales y tenían que hacer posturas dificilísimas y llenas de riesgos. La corta rejuvenecía las plantas con nuevas ramas y modelaba los olivos bajo la experta dirección del maestro.

Fernando era maestro de corta. A finales de diciembre reunía a los hombres de su cuadrilla y comenzaban la temporada. Dedicaban los primeros días a los olivares cercanos y al finalizar la jornada volvían a sus casas; después, se iban a los cortijos diseminados por todo el término: la Nava, Naria, las Pardillas, los Cortijuelos, las Gloriosas, Malabrigo, los allozares… y regresaban al pueblo terminada la vará, cada dos semanas.

Los padres de Cosmito madrugaban mucho, como toda la clase trabajadora. Fernando, cuando se levantaba, se dirigía a la cuadra. Antes de llegar, la borrica le saludaba con un breve rebuzno y él, le correspondía con unas palmadas en la culata y le acariciaba la cabeza. La borriquilla, agradecida, movía las orejas y levantaba el hocico al mismo tiempo.
Cogía la espuerta llena de paja con sus enormes manos encallecidas, la apoyaba en el borde del pesebre y le echaba el último pienso rociado con unos puñados de cebada que sacaba del cebero de esparto.

Juana encendía la lumbre con paciencia infinita. Sobre un palo gordo de olivo, trashoguero, apoyaba otros más finos y algunas astillas. Introducía cobollos de ramón seco y un papel impregnado en aceite de freír entre las ramas. Lo prendía con una cerilla y avivaba las llamas con el soplillo de esparto. La leña chisporroteaba y los palos frescos desprendían un humo denso que escocía en los ojos. Se resistían a arder con la ligereza y eficacia que lo hacían los secos.

La luz de las llamas iluminaba su cara amable de expresión bondadosa. Una leve sonrisa se dibujaba en sus labios finos y delgados. Sus ojos brillaban con mirada cariñosa y serena. Su pelo negro y fino lo llevaba recogido en un moño y sujeto con horquillas y flejes. Era una madre complaciente, de alma noble y hermosa. Nunca se quejaba, aunque sentía fuertes dolores en sus piernas. Pasaba todo el día haciendo cosas dentro de la casa, de un lado para otro, sin apenas sentarse. Sólo salía para hacer la compra. Era la última en acostarse y se levantaba al mismo tiempo que Fernando, antes de que amaneciera. Estaba orgullosa de sus hijos y de su marido.

El fuego calentaba el hogar en aquellas frías mañanas de invierno. Los padres despertaban a los hijos cuando el chisco estaba vivo y daba calor. Cosmito se sentaba junto a la chimenea, abría las piernas, extendía los brazos y exponía las palmas de sus manos al calor. Miraba a sus padres y se sentía seguro y muy contento con el cariño que recibía.
Para desayunar, cogía un chorizo, lo envolvía en papel de estraza, lo humedecía y lo cubría de cenizas y ascuas, lejos de los palos que ardían, para que no se achicharrara.

Sentado en una silla baja se calzaba las albarcas, mientras se asaba el chorizo. Hacía los mismos movimientos y seguía el mismo proceso que su padre. Ceñía los peales a la anatomía de los pies y tobillos. Colocaba la planta sobre la suela de la albarca y ajustaba las tiras de cuero, entrecruzadas, bien apretadas, sobre los peales. Las albarcas tenían la virtud de amoldarse perfectamente a los pies. Se adaptaban a las desigualdades del terreno sin ninguna dificultad y protegían de las torceduras de tobillos.
Llegado su tiempo, sacaba el chorizo del horno improvisado. Lo abría por la mitad, lo oprimía en el pan para que se empapara la pringue en el miajón y, a continuación, todos los bocados eran exquisitos hasta que se lo zampaba.

Juana partía torreznos del tocino de veta, trozos de chorizo y de morcilla y los echaba en una sartén pequeña que reposaba sobre la estrébere. Mientras se freían las viandas, un fuerte chisporreteo de grasa se escapaba de la sartenilla y favorecía las llamas en el fuego. El olor a tocino y a embutidos llenaba el hogar y abría el apetito de los comensales. Su padre cortaba las sopas de pan con la navaja, mojaba en la pringue y cogía buenos trozos de matanza. Así, proporcionaba al organismo una gran cantidad de calorías muy necesarias para aguantar la dura faena de la corta.

Los miembros de la cuadrilla se reunían en uno de los portillos: San Roque, Fuentefuera, Cementerio Viejo, Salía Jamilena... Cosmito iba al campo con su padre y lo pasaba bien. En aquellas crudas mañanas de invierno, el tapaboca le cubría la mayor parte del rostro; la boina parda, encasquetada hasta las cachas, le llegaba a las cejas y tapaba los sabañones de sus orejas; y las manos las protegía con unos viejos guantes de lana, descabezados, que le hizo la abuela. Resultaba difícil conocerlo. Bien abrigado y subido en la borriquilla, deseaba que el tajo de corta estuviera lejos, el camino lo recorría muy distraído escuchando las conversaciones de los jóvenes cortaores de la cuadrilla. Se hacía el despistado, el ausente, pero era todo oídos. No quería perder el hilo de las conversaciones. Sus sentidos estaban despiertos y asistía a un repertorio de ocurrencias dignas de recordar. Contaban anécdotas y sucesos donde se ponían de manifiesto las tradiciones, las costumbres y las expresiones heredadas de nuestros antepasados.

―¡Hace un frío que pela! ¡Vaya airecillo! Anoche, los amigos estuvimos de ronda, bromeando y jaleando, pero no salieron a la calle las mocicas que queríamos ver. ¿Dónde se meterán? ¡No quieren salir! ―dijo José, mientras el vaho cálido se escapaba por su boca en cada palabra. El frío condensaba su aliento en aquella mañana de invierno.

―Ten la seguridad de que os ven, aunque sea por una rajilla de la ventana. Las mocicas se asoman en cuanto oyen un ruido en la calle. Os voy a contar uno de los juegos que nosotros hacíamos, para conseguir que salieran, cuando íbamos de ronda:
Una noche empezó a llover un agua cernida, cuatro chispillas, que parecía que no mojaba. Se fue la luz y el barrio de Martingordo quedó más oscuro que la boca un lobo. Alumbrándonos con las linternas, entramos en la calle el Cura, donde vivía la que yo rondaba, que es hoy mi mujer. Nos paramos frente a su casa y nos dio el volunto de jugar al abejarruco. “Vamos a darle la murga a la vecindad”, les dije en voz baja.
Antes de empezar, cogimos la bota que llevaba un compañero colgada en el hombro y nos tomamos un buen chijate de vino. Se puso uno en el centro y cuatro alrededor.
El que estaba en el centro, imitaba el zumbido de los abejorros con las manos juntas delante de la boca. Así, nos distraía e intentaba darnos todas las bofetadas posibles, procurando no recibir las nuestras.
Los que estábamos en círculo pretendíamos pegarle, pero recibíamos buenos sostrazos en la oscuridad. Al que estaba a mi lado, le atizó una bofetada tan grande que pegó un esportazo en el suelo y se quedó escualdrajao. Se levantó hecho un cuatro, con las manos en la cintura tratando de consolar un fuerte dolor de ijada. Se puso la ropa chorreando y la cara bien caliente. Los demás, nos esjajorrábamos de risa.
Todas las boinas volaron. Las buscamos con las linternas y aparecieron esturreadas en el empedrado irregular de la calle y empapadas de agua. Parecía que teníamos una olla de grillos en la cabeza.
Algunos vecinos salieron a la puerta cuando oyeron la escandalera. La mocica que yo pretendía, se asomó por la ventana cuando estábamos en lo más menuico; nos conoció, cerró el postigo y no volvió a aparecer. No le cayó en gracia el juego que practicábamos. En ese momento, terminamos. Jaleando y embarruñaos nos fuimos con la música a otra parte ―contestó Manuel.


―¡Qué sisón eres! Haciendo esas borricadas, no sé cómo se casó con un camastrón como tú. Siempre pasa igual, la mejor bellota se la come el peor cochino ―añadió Cayetano.


―¿Me estás llamando cerdo? Soy muy bregoso, pero bueno y honrao. Cuando quiero una cosa, lucho para conseguirla. Me empiqué con ella y continué hasta que me llevé el gato al agua.

―Tú has tenido mucha suerte. A mí me gustaba una chavala de la calle Salsipuedes y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Me empestillé y cuanto más insistía menos conseguía.
Un día le mandé una carta por correo pidiéndole cita. Aquella noche estuve esperando en la esquina de la calle el Horno hasta que salió. Venía con la carta en la mano, pegada a la pared, entre la luz y la penumbra. ¡Se me alegraron las pajarillas! Pero como tengo el genio más corto que las mangas de un chaleco, dije en mis adentros: “José, haz un esfuerzo y pronuncia las palabras sin miedo”. Después de un carraspeo prolongado, tragué saliva y le hablé: “Buenas noches, ¿has recibido mi carta?”. “Sí”, contestó seria y muy en su papel. “¿Qué piensas de lo que te digo?”. “Pues que soy muy joven todavía y no quiero novio”. “A mí no me importa esperar el tiempo que haga falta”. “Lo siento, no te molestes”, dijo muy esaboría y sin dudar una miaja de tiempo.
Me lo estaba barruntando. No se anduvo con tapujos ni medias palabras. Yo sí que lo sentía porque no era la primera moza a la que escribía y todas me habían dado calabaza.
Siempre me decían lo mismo pero con distintas palabras. Aguantaba paciente y resignado las respuestas negativas como si ese fuera mi destino. Parecía que tenía el cenizo dentro de mi cuerpo. A cada momento me preguntaba: “¿Será porque la letra es muy fea y la carta no tiene presencia? ¿Habrá que decir palabras hermosas a la pretendida para halagarla? ” No sabía la causa de mis fracasos con las mujeres.
Aconsejado por un amigo, acudí a un oficinista que escribía cartas cobrando una peseta. El hombre tenía fama de leído y escribido y quería aparentar que sabía mucho. Me hizo varias preguntas con voz engolada y solemne. Tomaba nota con un lápiz de punta roma, humedeciendo su vértice de grafito con la lengua a cada instante. La carta me la escribió bien, con una letra bonita y unas palabras rebuscadas.
La mandé a una muchacha de la calle Caballero, porque me dio la corazoná de que podía quererme. Acudí a la cita sin cenar, bien vestido, perfumado, como un pollo pera. Me devolvió la carta e hizo fu como un gato.
Me entró tanta tristeza que me acosté sin probar bocado. Ya me harté de escuchar la misma respuesta y aquí me tenéis todavía sin novia. Tengo treinta años y resignado a quedarme mocicoviejo, sin querer. Las muchachas que me hacen tilín no me aceptan. ¡Eso tiene mucha miga! Lo único que busco es una mujer buena y trabajadora.
Lo paso muy mal, cuando me doy un garbeo por las calles y veo a un amigo pegado a la ventana o detrás de la puerta con su novia. ¡Qué envidia me da! ―contó el buenazo de José que sentía pasión por las mujeres.

―No sufras porque una mujer no te quiera, ni sientas envidia cuando veas a un amigo junto a una ventana. Ya encontrarás una que te dé su cariño.
En invierno, cuando anochecía, yo iba a hablar con mi novia por la ventana y pasaba frío para reventar, tiritaba como un niño chico. Algunos días, me tenía que ir antes de la hora porque me mojaba hasta los huesos.
Mi suegra no consintió que habláramos detrás de la puerta hasta que concluyó el primer año de noviazgo. Se lo pedimos varias veces y siempre nos respondía: “La tradición en la familia no se cambia, se lleva a rajatabla. Seguiréis en la ventana hasta que se cumpla el tiempo de costumbre”.
Al año, yo llegaba a la casa y esperaba a mi novia en el dintel de la entrada. Al mismo tiempo, mi suegra cogía una silla baja y se sentaba al hilo puertas, retrepada en la pared, en el segundo cuerpo de la vivienda. Cruzaba los brazos y montaba la guardia. No hablaba, pasaba las noches sin despegar los labios, pero no nos perdía ojo. Como estaba muy cansada de tanto trabajar durante el día, pasado un tiempo, empezaba a dar cabezás y se dormía. Si oía un ruidillo, alzaba ligeramente la cabeza, abría un poco los párpados y volvía a cerrarlos en su duermevela. En esos momentos, aprovechábamos para darnos un tentón, un achuchón, un estrujón…
Una noche despertó cuando nos estábamos besando. Pegó un salto como un haba tostá y empezó a dar voces con genio avinagrao. Nos tupió, echaba lumbre por los ojos. ¡Qué berrinche cogió! Mascullaba maldiciones una detrás de otra. A mi novia, un color se le iba y otro le venía. La enganchó del vestido y la mandó a su habitación.
A mí, lo más suave que me llamó fue destripaterrones, me dijo de todo y me echó a la calle. ¡Maldita sea su estampa! Parecía que le iba a dar un soponcio. Si le llego a contradecir, me estrella en la cabeza las dos macetas de las jardineras del portal y me hace un desgraciao.
Faenas como esa nos hizo unas pocas. Yo pensaba en mis adentros: “¡Qué mujer más asaúra! ¡Bastante tiene mi suegro con aguantarla!”
Al día siguiente de la trifulca, con todas mis cachorreñas, volvía a la casa. Mi suegra me recibía muy suavica, con una sonrisica, mirándome de soslayo sin ningún regomello como si no hubiera roto un plato en su vida. Mi novia me esperaba sonriente junto a la madre. Así, nos reuníamos los tres dispuestos a empezar de nuevo. Las mismas escenas, con disgustos y llantos, se repetían en cuanto nos escantillábamos un poco.
Estas reacciones duraron hasta que nos casamos. ¡Qué hartazón de suegra! ¡Vaya noviazgo que me pasé! ―expuso Cayetano con mucha gracia.


―¡Tiene mandanga! Yo hubiera roto la relación. Eso no lo aguanta nada más que un bendito como tú ―contestó Andrés.


―Lo soportaba porque quería mucho a mi novia. Nos casamos y nos quedamos a vivir en su casa. Es hija única y los padres deseaban tenerla cerca. Como mi suegro era herrero, nunca habían tenido animales y no sabían la suciedad que daban.
A otro día de casado llegué a la casa con mi borriquilla. Abrí la puerta de par en par y tirando del cabestro inicié la entrada. Procuraba que sus cascos duros y herrados pisaran siempre sobre la banda central, pavimentada con baldosas verdes con hendiduras, y no en las brillantes losetas rojas de los tres cuerpos de la vivienda.
Todas las tardes, cuando regresaba del campo, mi suegra se colocaba en el arco del segundo cuerpo, con los brazos cruzados y la boca apretada, vigilando la entrada de la borriquilla para que no pisara las baldosas colorá.
Un día, el animal llegó gracioso. Parecía que quería vengarse de todos los menosprecios y ojerizas que observaba en la antipática y mal humorada dueña de la casa. Mi suegra estaba en su puesto de vigilancia, como siempre. La borrica se paró junto al escalón y metió su cabeza en el portal. Empezó a rebuznar con tanta fuerza que se diría que estaba llamando a todos los burros del mundo. Los rebuznos retumbaban en toda la vivienda, la casa parecía la caja de los truenos. Mi madre política, tapándose los oídos con las manos, decía: “¡Qué animal más escandaloso. Maldita sea la hora en que ha entrado en mi casa! ¡Me tiene atroná! ¿No hay manera de callarla?”.
Terminó el breve concierto y entró en el portal. Dio tres pasos, se abrió de patas y empezó a regar el pavimento con un chorro de líquido amarillento, tan abundante, que la mujer lo contemplaba con los ojos desencajados y la boca abierta. Llena de rabia exclamó: “¡Eso no es orinar. Eso es un caño de la Fuentefuera inundando el portal! ¡Lo que ya te falta es aligerar el vientre!”. Los orines corrían por las hendiduras de las baldosas verdes a lo largo de los tres cuerpos de la vivienda.
La borriquilla continuó andando despacio. Pasado el primer arco se detuvo, levantó el rabo y arrojó por su ano tantos cagajones compactos que llenaron una esportilla cuando los recogieron. “¡Coña, no sigas que se te va a salir el cagalán! ¡Ten concencia que ya has cagao y meao por toda tu casta! ¡Me vas a tener toda la noche quitando mierda!”. Muy irritada, sintiendo un hedor fuerte y penetrante a orines y cagajones, miró con desesperación a su hija, que contemplaba la escena preocupada y en silencio, y le preguntó: “Hija mía, ¿por qué te casaste con un hombre del campo?”.
La burra empezó a andar nuevamente y se detuvo delante de ella mirándola de frente. ¡Qué le daría en el cuerpo! Se le revolvieron las tripas al ver que se había parado a su lado. Trastornada y con la cara encendida, dando gritos destemplados, se abrazó al cuello y le decía con rabia en las mismas orejas: “¡¡Vomita, que ya no te queda otra cosa que hacer!! ¡Como esta faena la repitas varias veces me echas al hoyo!”, decía llorando y al borde de un soponcio ―Cayetano terminó de narrar las anécdotas de su suegra con una sonrisa en la boca, mientras los demás reían a carcajadas.


―Cayetano, ¿a quién le tocó limpiar la casa? ―preguntó Cosmito.


―¡A quién le iba a tocar! Eso no se pregunta. Mi mujer estuvo hasta las tantas de la noche, friega que te friega, para dejarla brillante y aguantando el jerre que jerre de su madre.

―Ya habéis contado vuestras aventuras. Ahora os vais a enterar de las fatiguitas que pasé en casa de mi novia cuando entré a hablar con mis suegros.
Era una noche de duro invierno, llovía sin cesar con un viento fuerte y arremolinao. Una noche fenómena para salir a cazar pájaros con la paleta y el carburo.
Sabéis que soy mu trabillón, siempre voy con los harapos fuera, pero ese día me vestí con mi traje de los domingos, gris marengo, camisa blanca, corbata gris claro, zapatos negros y calcetines blancos, porque la visita lo exigía.
Cuando iba camino de la casa, al pasar por el Llanete, me detuve en la taberna de Bolaños para tomarme un traguico de vino y alegrar el ánimo. Mi boca estaba tan seca que la lengua no se atrevía a moverse, parecía que iba pegada. Pedí dos morteros de vino, me los bebí en dos trinques y el estómago se tranquilizó. Me limpié los labios con el dorso de la mano, salí de la taberna y en un periquete llegué.
Llamé con el aldabón y salió mi novia riendo, bien vestida y guapísima. Su sonrisa me dio ánimos: “Pasa, mis padres te están esperando. Dame el paraguas. ¡Vienes chorreando!”. Ya estaba a salvo de la tromba de agua que estaba cayendo. “Límpiate los zapatos en la esterilla de esparto”, me dijo. Estaban tan embarraos que no me atrevía a pisar las baldosas colorá, brillantes como en los días de fiesta.
“Buenas noches, ¡qué manera de llover!”, dije con voz entrecortada, cuando crucé el arco de la casa y estaba, a cierta distancia, frente a los padres. “Buenas noches”, contestaron al mismo tiempo. “Eso es bueno, que llueva. A ver si cala por lo menos una labor de arao”, añadió mi suegro. Estaban sentados en la mesa camilla, ataviada con un precioso pañito de aguja de gancho y la enagüilla nueva reservada para las ocasiones.
Mi suegro, que tenía fama de hombre muy severo se calló y puso cara de juez. Parecía que se había tragado un sable. Con mucha parsimonia, dejó el cigarro sobre el cenicero y con la misma mano se levantó ligeramente la boína y se rascó en la cabeza. Cogió el botijo que estaba en el centro de la mesa y bebió, a buen chorro, un largo trago de agua. “Dios quiera que no se atragante”, pensé en mis adentros.
Mi suegra lucía su pelo tirante con un buen moño, sus hermosos zarcillos de oro y una medalla reluciente de la Virgen de la Cabeza sobre el vestido negro. Levantó la cara y no pudo reprimir una mueca de disgusto cuando me vio. Frunció los labios, hizo un repullo con la boca y las comisuras de sus labios bajaron hasta la barbilla. Clavó sus ojos de acero en mí y no pestañeaba.
Yo seguía de pie y expectante como gallina en corral ajeno. Los miraba por el rabillo del ojo y con la cabeza ligeramente inclinada. Permanecía callado, no decía ni pío para no meter la pata.
Estábamos en el cuerpo de casa, con la chimenea al fondo, que era donde recibían las visitas, y tenía frente a mí dos cuadros, con retratos de ancianos, colgados en la pared. En uno, figuraban los abuelos maternos y en el otro, los abuelos paternos. Parecía que me miraban asombraos. Pasaba el tiempo y como mis suegros no me ofrecían una silla, pensaba muy preocupado: “Me parece que no está el horno para bollos. Esta no es mi noche”. En ese momento, me armé de valor y les hablé: “Miren ustedes, vengo porque...”. “¡Siéntate muchacho!”, dijo mi suegro, sin dejar que terminara la frase. “Muchas gracias”, respondí al mismo tiempo que observaba de reojo a mi suegra, temeroso de encontrarme con su mirada.
Respiré hondo y recuperé un poco de tranquilidad. Me senté con sumo cuidado y aprecié que el brasero de picón calentaba demasiado, estaba reforzado con ascuas de la chimenea. Tuve que retirarme un poco de la mesa porque, al sentir la bofetá de calor, me puse rojo como los amapoles. Los dos morteros de vino que me había bebido, el calor que despedía el brasero y mis nervios, podían formar una mezcla explosiva.
“Ya saben por su hija que estamos saliendo y que nos queremos”. “Tú, ¿con qué intenciones vienes?”, preguntó mi suegro con voz pausada y honda sin quitarme la vista de encima.
En ese instante, se fue la luz y nos quedamos en tinieblas. “Lo que nos hacía falta era este apagón. Todo me sale torcío”, pensé. “¡Vaya hombre! La tenía que hacer. En cuanto caen cuatro gotas y sopla el aire se va la luz. Estamos apañaos con la compañía eléctrica El Chorro. Un día sí, otro no y el de en medio, se va la luz en lo mejorcico”, contestó mi suegro con mucho genio.
En los momentos que siguieron de oscuridad y silencio, a mi suegra se le escapó un suspiro tan hondo que parecía que había estado encerrado en lo más profundo de su pecho. Después, con voz pausada sugirió a su marido: “Enciende el candil porque esto me parece que va para rato”.
Mi suegro se levantó, anduvo dos pasos y tropezó con una silla. Pegó un esportazo en el suelo y allí quedó inmóvil, tendido en la oscuridad y dando clamidos. En ese momento recordé que tenía la linterna y la encendí. Acudimos en su auxilio y, con muchas dificultades, lo sentamos. El pobre hombre no dejaba de quejarse.
Mi novia encendió el candil y lo colgó en la tiznera. La linterna, con pila de petaca, la puse en el centro de la mesa y su minúscula bombilla nos daba la luz desde abajo, desde un plano inferior. Imaginaos las sombras y las luces de nuestras caras. Cada vez que cambiábamos de posición, comenzaba el baile loco de las sombras, danzando como fantasmas sobre el techo de bovedillas.
“¿Te duele mucho? Qué oportuna ha sido la luz esta noche”, exclamó mi suegra. “Mira muchacho ―añadió mi suegro con voz apagada―, como esto se ha torcío, lo único que te pido es que la respetes siempre y seas un hombre de una vez. ¡Ay! ¡¡Ay!!” “Puede estar seguro que será como usted dice”, le respondí muy convencido.
Me despedí preocupado y salí a la calle lloviendo. A la linterna se le había agotado la pila. Caminé en la oscuridad, entre charcos y barro, soportando un fuerte chaparrón y el viento soplándome por la espalda. Ahora, cuando recordamos aquella noche nos reímos mucho, pero a nadie le deseo un trance como ese ―contó Andrés, sonriendo.

―Pues sí que padeciste, pero tú no has sido el único que ha aguantado un mal trago. De esas situaciones, y peores, se cuentan muchas. La mayoría, quizás, sean invenciones de la gente pero como te toque soportar una... ¡Ármate de paciencia! Vamos a cambiar de tema. Preparaos que mañana viene la compañía de revista "Colsada" al teatro-cine Tosiria ―contestó Felipe.

-Anteayer, sin ir más lejos, saqué una entrada. A mí no hay quien me quite un asiento en la fila delantera del gallinero. Desde allí veo las revistas con todo lujo de detalles. Esta compañía dicen que trae mejores mujeres que la última que vino ―indicó Cristóbal.

―No me parece difícil que la supere, porque la anterior no era una cosa del otro jueves. Eso sí, las mujeres estaban metidas en carnes. ¡Qué piernas más hermosas tenía la vedette, parecían dos columnas! ¡Cómo se movía! ―respondió Andrés.

―Y porque la censura quitó muchos números de la revista, si no... Cuando estoy en el teatro, disfruto con las artistas y con el ambiente. Hay hombres muy dicharacheros, bromistas y ocurrentes, que dicen cosas graciosas; otros, lo único que pronuncian sus labios son burradas. Llegado el momento de la apoteosis final, desde lo alto del gallinero ―siempre atestado―, gritan los salíos de madre: “¡Aire, aire! ¡Tía buena! ¡Eso es carne y no lo que echa mi mama en el cocido!” ―dijo Felipe.

―Se ponen asalvajaos y dicen barbaridades durante la representación, parece que están lampando, pierden los estribos. Son los mismos que se pelean y empujan sin talento por entrar los primeros. Yo, si veo mucha bulla en la entrada se me quitan las ganas, por no tropezar con ellos ―contestó Cayetano.

―¡No me vengas con monsergas! A mí, nunca se me quitan las ganas. Es el único espectáculo un poco atrevido que nos dejan ver de higos a brevas. Nos tienen de secano. Nosotros vamos siempre y lo vemos atentamente sin perder ripio. Luego, en la taberna, mientras bebemos y fumamos alrededor de la botella de vino, con todas nuestras cachorreñas, recordamos anécdotas relacionadas con la revista. Como algunos amigos son muy chistosos, pasamos unos ratos alegres y divertidos diciendo patochadas. Las canciones con letras picantonas las cantamos a trozos. Recordamos los chistes y ocurrencias de los caricatos...
¿Y lo divertido que es ver a los viejos verdes en la primera fila del patio de butacas, con el teatro abarrotado, gesticulando y diciendo cuchufletas en cuanto ven unas nalgas hermosas? ¡Qué jeta tienen! Si le dices a uno de ellos: “Oye, fulano, que te va llamar la atención el municipal”. Se encoge de hombros y responde: “¡A mí, qué, pa lo poquito que me queda en este mundo…!”. Los tunantes no se están quietos ni un momento. Pierden la vergüenza y parecen niños traviesos. Las artistas los provocan a cada instante y los utilizan como comparsa. Los ilusionan durante el espectáculo y después, si te vi no me acuerdo. Pero los ancianos salen satisfechos, porque han echado una canica al aire y se lo han pasado en grande ―dijo Cristóbal.

―Todo lo que estáis contando está muy bien. Voy a algunas revistas, me gustan mucho, pero estoy arregostao a la taberna y allí me distraigo más. Me siento en un taburete junto a la mesa si estoy solo, pido una botella de medio litro de manchego del bueno y lo engaño con unos garbancillos tostaos y cuatro avellanillas. Levanto mi vaso despacio, bebo con aseo a trago corto, lo paladeo y me saba a gloria cuando pasa por el gaznate. Doy una chupada al cigarro y expulso el humo con parsimonia, pienso en mis asuntos, se me escapan unos cuantos regüeldos y me explayo, me quedo en la gloria. Así, se me van las horas.
Cuando estoy acompañado, formamos un corrillo en la mesa o delante del mostrador, me acodo y empezamos con las convidás. Esperamos que nos llenen una y otra vez. Mortero de vino va, mortero viene, hasta que nos ponemos a gusto. "¡No quites voluntades!", le respondo a quien quiere impedir que nos inviten a otra copa. Como hay mucho ruido, hablamos a gritos. Charlamos de nuestros recuerdos y salen a relucir las travesuras que hacíamos cuando éramos niños; al final, pasamos a los acertijos, a las bromas y a los chascarrillos de Quevedo, Jaimito, del bizco Pardal... ―respondió Miguel, que se diría que era de buena cepa, por lo que le gustaba el vino.


Estas escenas se repetían en las tabernas de barrio cada noche. Respiraban un aire tibio, espeso, cargado de humo de tabaco barato, olores a sudor rancio, a vino manchego y aguardiente de garrafa.

Los cortaores iban narrando un sinfín de anécdotas, un día tras otro, por los caminos: de la Serna, de Santana, Ancho, de la Cumbre, de la Celá, de los Majanos, del Monte, del Tarae... en las mañanas de invierno con escarchas, heladas o viento solano que congelaba el aliento. Cuando llegaban al tajo, descargaban todos los útiles en el hato, trababan las bestias y les daban careo en los cellajos.
En ese breve espacio de tiempo, Cosmito y su hermano cogían media docena de costillas y se alejaban entre los olivos. Su hermano elegía el lugar donde se colocaba cada una de las trampas. Hacían una pequeña superficie inclinada de tierra frente a la copa del olivo, donde enterraban la costilla con tierra fina y ponían unos terroncillos en la parte superior, para que se posara el pajarillo. Dejaban visible el cebo que, generalmente, era una hormiga de alas o un gusano sacado de las tobas. Al finalizar la jornada de trabajo recogían las trampas. Si había suerte, las presas que caían con más frecuencia eran: pajarillos ―cagachines, pechuguines y curillas―; las más apreciadas, los zorzales.

Los que practicaban esta forma de caza, recogían los gusanos y las hormigas de alas cuando caían las primeras aguas en el otoño. Buscando gusanos recorrían cellajos, cerros y espacios sin cultivar, donde crecían los cardos y las vinagreras. Cortaban las tobas de las plantas, ya secas, y las guardaban formando pequeños haces en las cámaras de sus casas. Para utilizar el gusano como cebo, abrían la toba con las uñas y en el interior lo encontraban.

Los hormigueros estaban, principalmente, en los cellajos de los caminos y de allí salían las hormigas de alas en los días soleados, después de una lluvia otoñal, o anunciando próximas precipitaciones: "Si hormigas de alas ves, del agua te tienes que guarecer". Había personas que destrozaban los hormigueros con los azaones para reunir y guardar el mayor número posible de hormigas.

El hermano de Cosmito, muy habilidoso, cuando las veía con sus alas brillantes tomando el sol junto al orificio del hormiguero, las cogía y las metía en un pequeño calabacino. Luego, en la casa, las guardaba en un hormiguero que había construido con barro.

Era un bloque de forma cúbica, de unos veinte centímetros de arista, aparentemente cerrado. Tenía tres pisos en bandejas desmontables y ensambladas. Las tres plantas estaban llenas de compartimentos abiertos y comunicados entre sí. El bloque poseía un orificio con una rejilla situado en la parte inferior. La abertura ponía en comunicación todas las dependencias del hormiguero. Como alimento, les echaba paja y papel húmedo, muy troceado.

A Cosmito, nunca le dejaron empuñar un hacha. Siempre le decían lo mismo: “Es muy peligroso, ya tendrás tiempo cuando seas mayor”. Su misión en el tajo de corta era rebuscar aceitunas. Con una esportilla de esparto iba por los olivos recogiendo las aceitunas que los golpes de las hachas tiraban al suelo. A menudo, se paraba delante del olivo donde cortaba su padre, en silenco, y lo contemplaba embelesado.

Hacía picón para consumirlo en la casa, recogiendo las ramas pequeñas y apilándolas en una clara del olivar. Prendía fuego en la base del ramón y procuraba que no se produjeran llamas en el exterior. La combustión era interna y con abundancia de humo. Siempre se prevenía un cántaro de agua y un cubo, por si se abría un hueco y se arrebataba el ramón en el momento final. Así, conseguía picón sin mezcla de ceniza y apto para el brasero.

Llegado el revezo, los hombres se sentaban en el hato después de unas horas de corta. Descansaban un breve espacio de tiempo para recuperar fuerzas. Cogían la cantarilla por sus asas, elevaban los brazos y recibían por el pitorro un abundante chorro que se desbordaba en sus bocas. Chascaban la lengua y con sonoras expresiones coloquiales, comunicaban a los demás compañeros lo bien que les sentaba el agua, cuando calmaban la sed que sentían pegada a sus cuerpos.

Ponían sobre sus hombros una chaqueta de tela o lana para no enfriarse y empezaba el ritual del cigarro. Cada uno sacaba su petaca o el cuarterón de picadura. Cortaban, del librete, un papel de fumar y depositaban en él la cantidad precisa de tabaco, nunca en exceso, y con la punta de los dedos quitaban los trocitos de ramas, tronquitos, y los tiraban al suelo. Lo hacían lentamente, repartiéndolo de forma homogénea. Lo liaban con mimo y aseo para conseguir un cigarro apretado y liso, con buena presencia. Quien no lo lograba, provocaba la crítica y la risa de los compañeros.

Muchos agricultores, para el encendido, llevaban una bolsa con yesca, un trozo de pedernal y un eslabón metálico que hacía saltar la chispa. Se conocía con el nombre de los chisques. Con un golpe seco sobre el canto del pedernal chiscaban junto a la yesca, haciendo prosperar el fuego necesario para el encendido del cigarro. Era una escena cargada de primitivismo que todavía protagonizaban en la década de los cuarenta. Pero el más convincente y eficaz de todos los encendedores de los hombres del campo era el tradicional de chispa y torcía, que siguieron llamando chisques. Nunca fallaba. Estaba asegurado su encendido con cualquier viento que soplara. Sólo había que tomar algunas precauciones para que el cordón de mecha no se mojara.

El acto de fumar era un momento importante en la larga y agotadora jornada de trabajo, un ritual magníficamente secuenciado. Encendían el cigarro sin prisa, alternando largos silencios y profundas chupadas. Expelían el humo de formas muy variadas: al mismo tiempo que las palabras habladas; de forma lenta y tranquila, viendo como las bocanadas de humo se deshacían, poco a poco, en el aire; y, en otros momentos, como si la nariz expulsara a presión dos chorros de humo... El silencio y los expresivos gestos, manifestaban la honda relajación de aquellos hombres después del gran esfuerzo. Esta misma secuencia se repetía al terminar el almuerzo.

El almuerzo, bendita hora. Llegaba el momento de reponer fuerzas. Para echar un hoyo ―que era la comida que se hacía en el campo―, cada hombre cogía su talega de tela recia o su capacha de pleita e iba sacando: la fiambrera de aluminio, la navaja, el bote del aceite, sal, tomate, bacalao, tocino entreverado, chorizo casero... y el panete de carrucha. En el suelo del panete hacían una amplia y profunda poza con la navaja. Extraían la sopa de miajón y vertían un abundante chorro de aceite de oliva.

El más humilde de los hoyos se hacía con pan, aceite, una raspa de bacalao y unas aceitunas. Los más apetitosos y ricos se asistían con varios de los siguientes alimentos: tomate, bacalao, jamón, chorizo, morcilla, queso, huevo pasado por agua, sardinas asadas, sardinas arengas, atún en conserva, abujetas en escabeche, aceitunas machacadas, alcachofas, rabanillos, cebolletas tiernas...

Los campesinos alternaban, en sus ricos bocados, el pan empapado en aceite con los alimentos que tenían delante. Eran verdaderos artistas comiéndose un hoyo. Manejaban con destreza la navaja e iban enriqueciendo la poza, cada vez más amplia, con aceite y trocitos de alimentos variados. Así, hasta que llegaban al suelo del panete donde se acumulaba la esencia de todos los componentes. El postre más generalizado era una naranja o un trozo de melón, de la cosecha guardada en las cámaras de sus casas.

Al finalizar la faena de cada día ―si los cortaores regresaban al pueblo―, volvían con una carga de ramón en sus borriquillas y el maestro, con una carga de palos. Las almacenaban en sus casas o las vendían para obtener un pequeño sobresueldo.

La casa de sus abuelos. Año 1947

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La familia de Cosmito, en los primeros años de la posguerra, vivía en la casa de los abuelos maternos, cercana a los Escolares de San Roque. Era una casa sencilla con planta baja y cámaras, muy lejos de la comodidad y el confort que ahora posee la mayoría de las viviendas. Su fachada, blanca de cal con cenefa de color gris rojizo, lucía dos ventanas de hierro forjado sin adornos; la de la planta baja, junto a la entrada, correspondía a la habitación donde nació Cosmito; la más grande, daba luz a la cámara principal y estaba situada sobre el dintel de la puerta de entrada.
La puerta tenía el armazón de largueros y travesaños de madera de pino, reforzados con escuadras metálicas, una cerradura artesanal de llave grande, dos retrancas de hierro fijadas a los quicios del muro para trincarla por la noche, y una fuerte cadena.

Todas las dependencias de la casa se encontraban distribuidas en tres cuerpos y corral. El forjado de los techos de la planta baja era de revoltones, bovedillas entre viga y viga de madera.

En el primer cuerpo, estaba el amplio portal, embaldosado con losetas rojas y una banda central de baldosas verdes con hendiduras, que parecía una larga y estrecha alfombra extendida en la parte central del pavimento, a lo largo de los dos primeros cuerpos de la vivienda, por la cual pisaban las bestias camino del establo.
El único grifo instalado en toda la casa, se encontraba detrás de la puerta de la calle. Como había mucha escasez de agua, el Ayuntamiento la daba, al barrio, durante muy poco tiempo, sin hora fija, el día que le correspondía. Las vecinas dejaban el grifo abierto y continuaban con sus quehaceres; cuando oían el ruido que hacía el aire de las tuberías, se preparaban para recogerla. Abandonaban sus tareas y llenaban cántaros, orzas, lebrillos, cubos... cuantos recipientes tenían, en el poco tiempo que duraba. La cantidad recogida la guardaban y la iban gastando con mucho tiento hasta la próxima venida. Si se agotaba, la mujer iba con el cántaro en la cadera al pilar de la Placeta, frente al Conventico o el hombre de la casa la acarreaba con su bestia, colocándole las aguaeras, antes de marcharse al campo.

Se pasaba al segundo cuerpo de la casa por un arco carpanel abierto en el muro y decorado con molduras de yeso ―como un discreto toque de embellecimiento― que descendían hasta media altura. Engalanaban el arco dos jardineras de madera, altas, con aire modernista, simulando latiguillos en el trazado de sus calados. Mostraban en sus plataformas unos primorosos pañitos redondos de aguja de gancho, almidonados, y unas macetas de albahaca. Eran adornos que poseían el encanto de las cosas sencillas y tradicionales.

El cuerpo de casa era el espacio más amplio, comedor y estar al mismo tiempo, donde convivía la familia. La chimenea ocupaba todo el testero frontal y en sus paredes laterales estaban los accesos a dos dormitorios: uno, miraba a la calle; otro, recibía la luz por el corral.

El fuego permanecía encendido desde el amanecer hasta la hora de acostarse. Los palos ardían lentamente y se iban transformando en ascuas. El calor y el olor a leña de olivo se esparcían por todo el recinto. El morillo de hierro, como una luna en cuarto menguante, servía de apoyo a los pucheros y limitaba la zona de ascuas y cenizas; en él reposaba la tenaza dispuesta para servir en cualquier instante. Colgado en la tiznera, había un candil metálico con recia torcía, repleto de aceite y dispuesto a proporcionar su luz en la oscuridad de la noche.
El chupón era hermoso, con mucho tiro, preparado para secar y ahumar morcillas y chorizos en tiempo de matanza. Nadie se sentaba junto al fuego en los días posteriores a la matanza, porque temían al goteo continuo de grasa de las chacinas. Colgaban los embutidos en cañas muy resistentes, en piquetas de varear o en largas tobas de girasoles, sujetas en ganchos metálicos fijados en el techo.

Lo más atractivo de la estancia era la campana de la chimenea. Desde el techo de bovedillas, descendía un tabique formando un plano inclinado que iba de pared a pared. En su parte inferior, llevaba la cornisa con formas onduladas y finas molduras en yeso que configuraban la repisa. Allí ponían los jarros de cerámica, la palmatoria, la capuchina, un cazo, un calderillo de cobre y el "Almanaque Zaragozano", calendario de meteorología alternativa que empezó a publicar el astrólogo don Mariano Castillo Ocsiero, en 1840.

En la paredes, sobre el fondo blanco de cal, se veían: un cuadro de estampa modernista, que lucía una mujer ataviada con traje de los años veinte delante de unos jardines; un retrato, color sepia, de un hijo muerto en la guerra; un jarrero de madera, tallado, con dos jarras de boca grande, cubiertas con pañitos de croché; un almirez de metal colocado en su almirecero de madera tallada y el calendario que todos los años compraba la abuela ―un taco de hojas que en el anverso se veía, con números grandes, el día del mes y con letras pequeñas, el santoral del día, la salida del sol y de la luna. Por el reverso, traía un chiste, un invento, una persona insigne o una curiosidad...

En un rincón, una pequeña imagen de la Virgen de la Cabeza, en barro cocido y policromado, reposaba sobre una repisa muy simple y, a su derecha, le acompañaba una estampa de la Virgen de Consolación en un sencillo marco.

Al atardecer, la abuela sacaba de su faldriquera una llave pequeña y abría la alacena de su habitación, donde guardaba, entre otras cosas, un bote de Ceregumil, esencia de cereales, y una botella de Mostelle ―“Zumo de uva sin fermentar para enfermos y convalecientes. Alimenta más que la leche y se digiere más fácilmente. Eminentes médicos lo recomiendan”. Se leía en su etiqueta―. Tomaba un vasito de uno de los reconstituyentes citados y se recuperaba de sus pequeños arrechuchos. Después, se sentaba en una silla junto al fuego, frente a las dos advocaciones de la Virgen.

Antes de empezar sus oraciones, encendía la torcía de una capuchina de metal dorado. Rezaba con calma, daba descanso a su cuerpo agotado de tanto trajín y apaciguaba su alma. Citaba a muchos santos en sus oraciones, algunas las decía en Latín, bueno, eso decía ella. Hacía sus rezos con los ojos cerrados, bisbiseando con la boca hundida, entreabierta y, de vez en cuando, se le escapaban fuertes suspiros. Movía los labios y apenas se le entendían algunas sílabas.
Rezaba el rosario por sus bienhechores, pasando con el pulgar de la mano derecha, las cuentas blancas ensartadas con un fino alambre. Su querido rosario, que guardaba como oro en paño. Si alguna vecina le decía: “¡Qué rosario más bonito!”. Le contestaba: “Me lo regaló el Padre Tarín, un gran misionero, y me dijo que estaba bendito y pasado por la tumba de San Antonio en la catedral de Padua”.
Finalizadas sus oraciones, besaba el crucifijo del rosario y lo guardaba en su estuche. Juntaba sus manos descarnadas, deformes, como un manojo de sarmientos, cubiertas de infinitas manchas en la piel y venas gruesas y oscuras; las presionaba y crujían, formando una sucesión de chasquidos de variadas intensidades.

Se despedía de la Virgen de Consolación con voz alta y clara diciendo una estrofa de su himno, escrito por el poeta tosiriano José María Gallo Moya:

“Virgencita,
madre buena,
un favor yo te quiero pedir:
que no olvides
cuando muera,
que yo vine a nacer junto a ti”.

Por último, miraba a la imagen de la Virgen de la Cabeza y exclamaba: “¡Virgen mía, dame unos años de salud! Espera y no me recojas hasta que ponga la procesión en la calle, déjame a su lado hasta que coloque la cruz en el Calvario… ¿Cómo va a vivir mi marido sin mí?”, decía, mirando a su esposo, el abuelo papa José, viejo y achacoso, que empezaba a chochear y necesitaba una atención constante.

La mesa de alas permanecía adosada a la pared. Sobre ella colocaban la capillita itinerante con la imagen de La Milagrosa que les visitaba de tiempo en tiempo. Las mujeres le encendían una mariposa en una taza con aceite y agua, en los días que permanecía en la casa. Rezaban unas oraciones y estampaban sus besos sobre el cristal que protegía la imagen.

El centro de la estancia lo ocupaba una mesa camilla con sayuela y un pañito de aguja de gancho que, a la hora de comer, se sustituía por un hule. Encima, siempre estaba el botijo de invierno, vidriado y decorado con dibujos florales. Su orificio mayor, cubierto con un gorrito de croché para evitar que las moscas entraran.

Suspendido del techo con fuertes aisladores de porcelana, pendía un cable con una bombilla desnuda, en la vertical del centro de la mesa. Iluminaba la sala de la chimenea con luz menguada y pajiza, una penuria de luz que nos parecía gloria. Siempre había unas cuantas moscas, muy pesadas, que giraban incansablemente alrededor de la bombilla. Era la única habitación con iluminación eléctrica en la vivienda. Para trasladarse de noche a cualquier dependencia, encendían el candil, la capuchina o la palmatoria. Nunca lo llevaban los niños porque podían provocar un incendio.

Frente a la chimenea, la escalera subía a las cámaras. La cantarera estaba alojada en el hueco de la escalera. Se accedía a su breve espacio, mediante una pequeña puerta de cuarterones con una celosía en su parte superior. Allí reposaban los cántaros del agua sobre soportes rudimentarios de madera, fijados con yeso a la pared, y la orza de aceitunas en conserva.

Ubicado en el muro del primer rellano de la escalera, se hallaba un hermoso chinero. Tenía dos anaqueles de madera sujetos en unos resaltes de yeso. Los cantos de los estantes lucían puntillas de croché. Este motivo decorativo armonizaba con el juego de café, los platos de loza y los objetos de cristal. Todas las piezas se exhibían muy bien colocadas, pero nunca se utilizaban. Las puertas, ambas hojas con cristal y sin adornos, se cerraban con una aldabilla.

Al tercer cuerpo se entraba mediante una puerta de madera. Sus goznes mohosos chirriaban cuando había sequedad en el ambiente y los suavizaban con aceite del candil. En ese espacio, estuvo el establo de la yunta de mulos que tuvo el abuelo. En un rincón reposaban, arrumbados, las viejas herramientas y chirimbolos, enmohecidos, que formaban sus aperos de labranza.

Una puerta de madera, tosca, recia, sin pintar, con algunos largueros ligeramente carcomidos por la polilla y provista de un gran cerrojo, nos llevaba al extenso corral. El día que Cosmito comía sardinas arengas, una a una, las envolvía en papel de estraza, las ponía sobre el marco y las aplastaba girando lentamente la puerta. Con la presión se separaba la piel y se sacaban los lomos con toda facilidad.

El espacioso corral estaba empedrado hasta el mulá, donde se almacenaba el estiércol de los animales. Una hermosa higuera presidía el amplio espacio y proporcionaba su sombra fresca, durante el verano, en la zona toscamente pavimentada.

Adosado a un muro lateral, se veía un pequeño establo, a teja vana, con un pesebre de obra y unas estacas fijadas con yeso en la pared, para colgar la jáquima, sogas, espuertas y otros útiles del campo.

En un rincón húmedo y apurgao, había una orza grande con cal apagada, una tinaja de dos arrobas llena de agua y un cántaro mocho. A su lado, descansaba un escobón de cantareras siempre dispuesto para barrer.

En la casa no había retrete, cosa que ocurría en muchísimas viviendas del pueblo, durante los primeros años de la posguerra. Los miembros de la familia hacían sus necesidades fisiológicas en el mulá. Los varones no temían que los vieran desde las ventanas vecinas, les daba igual. Las mujeres, temerosas de lucirse a la luz del día, hacían sus necesidades dentro de una habitación, en una escupidera o en un bacín de barro rojo, vidriado, con algo más de altura que diámetro, que todavía estaban en uso en muchas casas.

Cosmito salía al corral y, con ojos de niño, aquel espacio le parecía enorme, desmesurado. Fue un importante lugar de recreo en su primera infancia. No tenía juguetes comerciales pero nunca se aburría. El único que disfrutaba con ilusión era un caballo de palo de olivo que le hizo su padre de una rama gruesa. No poseía formas ni volúmenes semejantes al animal pero sí su estructura simple. Cada día vivía una aventura distinta. Se escapaba del corral en su caballo de palo y se movía en un océano de luz o en un cielo sembrado de estrellas luminosas, un mundo imaginario inventado por él para pasear, de infinitas formas, con su juguete. Se trasladaba en el espacio y en el tiempo sobre el más noble de los animales. Subido en aquel esqueleto de madera de olivo viajaba en el Pegaso de sus sueños e ilusiones. El caballo de palo fue su mejor juguete.

En su vejez, Cosmito lo sigue recordando y lee, una y otra vez, el poema “Querencias” que el poeta tosiriano Manuel Guardia Ureña dedicó al caballito de palo:

“¿Cómo no sentir querencia
por el mágico universo
que iluminaba los sueños
de los Años de inocencia?
¿Cómo no sentir querencia
por ese mundo perdido
que, inexorable, se ha ido
a alumbrar otras vivencias?”
………………………………

A un niño de la calle le trajeron los Reyes Magos un caballo de cartón, de color gris con manchas negras, sujeto a una peana de madera que tenía cuatro ruedas de hojalata; sin embargo, los amigos preferían el caballo de Cosmito porque gozaban más, hacían todas las travesuras posibles sin miedo a romperlo.

La higuera era la pieza monumental del corral. Sus ramas tupidas de grandes hojas lobuladas formaban un gigantesco manto verde que se elevaba majestuoso. Así permanecía vestida durante todo el verano. Cosmito pasaba muchas horas jugando bajo la sombra fresca de su enorme copa. Observaba el laberinto que formaban sus ramas, su formidable estructura vegetal que parecía un grandioso templo de la naturaleza.
La higuera daba su exquisito fruto con la misma naturalidad que lo hacen los demás árboles frutales. Sus frondas se poblaban de aves que alegraban con sus trinos la casa: palomas, gorriones y otros pájaros; las abejas y las avispas acudían buscando el dulzor de las cristalinas gotas de miel de sus higos; unas procesiones interminables de hormigas subían ligeras y bajaban cargadas con el manjar camino de sus hormigueros.

La familia cogía los deliciosos higos al amanecer, con el fresquito de la mañana. Así evitaban las posibles picaduras de las abejas y de las avispas. Esta tarea la hacían los hombres más ágiles de la familia. Trepaban por el tronco con una cestilla de vareta, cubierta en su fondo con hojas de higuera. La colgaban en la rama más próxima y en ella depositaban, con mucho mimo, los higos maduros. Cosmito, como todos los niños, imitaba a sus mayores. Quería cogerlos y no alcanzaba. Enganchaba una rama con la ayuda de un garabato, tiraba de ella o le daba un zaleón y lo conseguía.

Cumplida su misión, la higuera se desnudaba en otoño y dejaba a la vista todo el laberinto de ramas que había sostenido la bóveda de hojas y de vida.

Parte de los jugosos higos se oreaban al sol en unas tablas, protegidos de los insectos; después, los trituraban en la máquina de la matanza. Con la masa, la abuela hacía rollos y tortas recias de pan de higo para repartirlos a la familia. Los higos secos, grandes y sin picaduras los guardaban en cajas. Los colocaban por capas y envueltos en harina para consumirlos en la temporada de invierno. Cosmito los rajaba y les introducía trozos de bellotas o nueces y eran bocados exquisitos.

Si se quedaba solo en el corral, cosa poco frecuente, intentaba trepar por el tronco. Eso le costaba muchos regaños y algunos manotazos como castigo. Una vez, logró su objetivo pero pegó un cepazo en el suelo y allí quedó tendido. Sus gritos y su llanto ronco, recorrían toda la casa buscando un alma caritativa que lo auxiliara, pero nadie acudía.

Algunos días, su madre entraba al corral con un lebrillo lleno de moyuelo, amasado con agua caliente. A la voz de “¡pitá, pitá, pitá...!”, las gallinas, que vagaban por todo el corral escarbando, picoteando y cacareando, acudían con urgencia, seguidas por sus polluelos. El soberbio gallo, de bello plumaje y hermosa cresta, se adueñaba del comedero. Tragaba con tanta rapidez que se engollipaba, se atragantaba y levantaba la cabeza mirando al cielo con el pico abierto y el pescuezo estirado. Las gallinas aprovechaban la ocasión para acudir al festín y hartarse de moyuelo en ese momento. Otras veces, el pienso eran las granzas, la barreduras de las eras: granos de cereales revueltos con paja.
Aquellas gallinas ponían unos huevos muy hermosos. Eran de esos que se echaban en la sartenilla y crecían, aumentaban de tamaño. Su yema grande y compacta flotaba sobre la clara vestida de blanco, con los bordes rizados y con burbujitas.

Sentado en un poyete de la tapia medianera del corral, observaba el palomar que el vecino había hecho en el camaranchón de su casa, con cuatro tablas viejas y mucha destreza. Cuando venía del trabajo, el buen hombre abría la piquera todas las tardes y el palomo zurito volaba por los alrededores. Lo miraba embobado hasta que lo perdía de vista y al mismo tiempo decía: “Pórtate bien. Tráenos algo de carne para la comida de mañana”. Casi todos los días volvía acompañado por una paloma. Se posaban en el tejado y el palomo le arrullaba, la cortejaba y la llevaba al palomar, si había suerte. En ese instante, el vecino tiraba de la cuerda que cerraba la breve y ligera portezuela hecha con materiales encontrados en el lejío de los escolares de San Roque ―unos listones de madera basta, un trozo de tela metálica, una tachuelas y dos bisagras viejas y mosas―. Al día siguiente, la paloma aparecía en la olla formando parte de los avíos del cocido, para satisfacción y gozo de los comensales de la familia.

Una tarde, mientras jugaba Cosmito bajo el árbol, procurando no pisar ninguna gallinaza, entró su abuela acompañada de dos abuelos encorvados, apoyados en sus marrillas. Se acercaron a la higuera y disfrutaban, como niños, cortando las hojas más hermosas; acto seguido, como veían poco, las miraban con ojos achinados y las depositaban en una talega. Al poco tiempo, salieron del corral con las bolsas llenas y se sentaron frente a la chimenea para conversar con su pariente, el abuelo papa José.

A Cosmito le gustaba presenciar la breve y difícil conversación entre los abuelos, porque hablaban a voces, repitiendo mucho las mismas palabras. Charlaban de sus enfermedades, de sus cuerpos doloridos, de su lamentable vejez que, a ratos, les amargaba la poca vida que les quedaba.

―José, estamos comíos de dolores porque toda la vida hemos trabajao sin miramientos. ¡Y ahora, nos damos cuenta de que ya tenemos la cebolla picá! ¡Qué lástima!

―¡Puñeta, puñeta! Hemos vivío engañaos, pero esto ya no tiene remedio ―respondía papa José, al mismo tiempo que atizaba el fuego.

La luz rojiza de las llamas creaba contrastes muy expresivos en la anatomía enjuta de los ancianos. Sus rostros de arrugas profundas y de infinitos pliegues, hablaban de sus largas vidas de esfuerzo y de privaciones. Aquellas cabezas, las habían modelado las interminables e incontables jornadas de trabajo de sol a sol, los grandes contrastes entre las estaciones del año y la dureza de las distintas faenas agrícolas. Parecían talladas con gubias y hábiles manos de importantes artistas. Al cabo de los años, sus cuerpos estaban envejecidos y desmoronados. Habían trabajado durante toda la vida y, dentro de poco, volverían a la tierra que tanto habían sudado para arrancarle las cosechas.

A papa José empezaba a fallarle la memoria, tenía muchos achaques y pocos momentos de lucidez. Pasaba los días sentado en un sillón junto al fuego, mirando las llamas durante largas horas. Unos ratos, refunfuñando, quejándose en soledad y otros, tosiendo después de cada cigarro que la abuela le racionaba con mucho talento.

Siempre estaba con el soplete de pleitas de esparto avivando el chisco. Si se desprendían trozos de hollín de la chimenea, decía: "Va a cambiar el tiempo, va a llover". Su única manía era convertir las buenas ascuas del fuego en trozos de carbón. Cuando los troncos gruesos se transformaban en ascuas rojas y brillantes, las cogía con las tenazas, las metía en una lata con agua, durante unos segundos y las sacaba convertidas en carbón. Las mujeres de la casa lo guardaban en un saco y lo utilizaban para calentar la plancha y para cocer en las hornillas metálicas en tiempo de verano.

Cosmito supo para qué cortaban los viejos las hojas, cuando pasó algún tiempo. En aquellos años de escasez, el tabaco lo compraban con la cartilla de racionamiento. Ellos vendían o cedían sus raciones, como otros ancianos, y el dinero que le daban lo empleaban en alimentos. Eran fumadores desde su juventud, pero el deseo de tabaco lo saciaban con hojas de higuera, secas y picadas. Esto no les resultaba extraño. Durante la guerra habían fumado mondaduras de patatas y todo cuanto podía quemarse liado en un papel de fumar.

Cosmito y su familia vivieron en la casa de sus abuelos hasta el otoño de 1948. Fue el período más feliz de su infancia. Para él, la casa no eran sus paredes y tejados, sino sus vivencias y las personas de su familia que vivían dentro.

La mayoría de los viejos olores, ruidos, pregones... han desaparecido. Pertenecían a la vida diaria de aquellos años de la posguerra, de aquel barrio, de la calle y de la casa donde habitaba. Aún los lleva grabados en su mente. A lo largo de su vida, algunos olores, agradables o desagradables, le han refrescado las imágenes de las distintas vivencias de aquella época; otros, en cambio, no ha vuelto a sentirlos.