domingo, 13 de abril de 2008

“La vida no es la que uno vivió,
sino la que uno recuerda y cómo
la recuerda para contarla”

Gabriel García Márquez, en Vivir para contarla.

PRÓLOGO

En este momento de mi vida, pasados ya los 40 años, al pasear por las calles de nuestros pueblos de la campiña jiennense, me doy cuenta de los profundos cambios que ha experimentado esta tierra durante mi generación y, más aún, en la de mis padres. Es verdad que muchas cosas han mejorado, pero otras no sé que decir: casas sin encalar, puertas siempre cerradas, nuevos barrios con vecinos que apenas si se tratan, niños que no juegan en la calle y nuestros mayores llenando las residencias para la tercera edad. En relación a otros temas como la contaminación de las aguas, del campo y de la naturaleza, preferimos mirar a otro lado y pensar sólo en lo que nos beneficia a corto plazo.

En apenas dos generaciones los "avances" de este mundo, cada día más globalizado, están condenando al olvido nuestros valores culturales autóctonos, así que es necesario hacer algo si no queremos quedarnos definitivamente sin identidad. En este sentido son ya muchos los que empiezan a volver la mirada hacia el pasado, buscando conectar con la sabiduría popular y el respeto a la vida que siempre se practicó en esta tierra.

Con este libro, que es sencillamente un homenaje a sus padres, mis queridos abuelos Francisco y Micaela, Manuel Bueno Carpio nos invita a que entremos en una época que, aunque llena de sacrificios y penurias económicas para la clase trabajadora, fue un tiempo también rico en solidaridad y valores humanos. La actitud frente a la vejez, la muerte o la enfermedad, las relaciones sociales, la dureza del trabajo, las fiestas populares, las comidas, los juegos, las leyendas, la descripción de la arquitectura local hoy casi desaparecida; todos los aspectos de una manera de entender la vida que ahora ya apenas si recordamos van desfilando ante la atenta y sorprendida mirada de un niño, el pequeño Cosmito, protagonista de esta historia.

Quizá en un futuro, espero que no muy lejano, libros como este sirvan de semilla para que las próximas generaciones conozcan y aprecien sus raíces. Algo que, sin duda, les ayudará a tratar a nuestra tierra y su gente con un respeto y un equilibrio que el mundo de hoy nos demanda cada vez más.


Juan Miguel Bueno Montilla.
Noviembre de 2007.

INTRODUCCIÓN

Para escribir estas páginas sobre los recuerdos de mi infancia, he resucitado imágenes que están grabadas en mi mente con más fuerza y nitidez que la mayoría de mis vivencias posteriores. He rescatado el paisaje que rodeó mi niñez, su luz y sus olores, que me ha acompañado toda la vida. He recuperado algunos localismos lingüísticos olvidados y en desuso. En definitiva, este trabajo me ha llevado a buscar en nuestras raíces culturales algo que sólo puede darnos el pueblo donde se nace.

El personaje central es Cosmito, un niño que nació en los primeros años de la posguerra en el seno de una familia humilde, que tiene un poco de todos los que fuimos niños en aquellos años, pero no es ninguno en particular.

La evocación se centra en el período que va de los seis a los once años de Cosmito, desde 1947 hasta 1952. Edad en que su capacidad de observación y su afán por conocer el mundo que le rodeaba eran admirables.

En el contenido del libro se describe el ambiente en que se mueve el protagonista: calles, plazas, cortijos y lugares de la vasta campiña tosiriana. Nos recuerda los hábitos y costumbres vividos en aquellos años difíciles de la posguerra, en los que parecía que nunca iba a cambiar nada. Todo se hacía siguiendo las normas que marcaban los padres, herederos de la tradición de sus antepasados. El conjunto de la obra es como un paseo nostálgico por el Torredonjimeno que se nos fue. Aquellas estampas que sólo viven en la memoria de los mayores, en las fotografías y en los dibujos que algunos tosirianos recogieron.

No existe un orden cronológico en la presentación de los relatos que componen el libro, mantienen el mismo en que fueron escritos y son independientes entre sí. Su lectura es a libre elección del lector.

En su totalidad, constituye un sencillo homenaje a mis padres, Francisco y Micaela, y a todas las personas de la clase trabajadora que hacían lo imposible para sobrevivir con dignidad en aquellos duros años de la posguerra.


El autor

Verano en la campiña. Año 1952

.....






Hacia el cortijo
La campana de la Torre del reloj dio cinco toques lentos, sonoros y el aire los llevó a todos los barrios de Torredonjimeno. Eran las cinco de la madrugada de un día de junio de 1952.


―¡Cosmito, despierta! ¡Que nos vamos! ―dijo Fernando, con recia voz.

Despertó, pero su cuerpo se resistía a levantarse. Pasado un breve espacio de tiempo, entró Juana en la habitación y con palabras cariñosas repetía:

―¡Venga, hijo mío, que se hace tarde, vístete!


Apenas podía abrir los ojos. Su cuerpo se negaba a incorporarse pero tenía que hacerlo. Le esperaba una larga caminata hasta llegar al cortijo.

―¡Vamos, hijo! Es preferible andar con el fresquito de la aurora.
―¿Por qué madrugan tanto los hombres del campo? ¡No lo entiendo! ―preguntó con voz apagada, sentado en el borde de la cama y vencido por el sueño.

―Ya lo entenderás. La vida te lo irá enseñando paso a paso. Ahora sólo tienes once años
―contestó su madre con ternura, acariciando a su hijo con la mirada.

Se puso de pie, estiró los brazos, se rascó en la cabeza y fue hacia el lavabo de madera que estaba en un rincón de la habitación. Era el viejo lavabo que compraron sus padres cuando se casaron en los años veinte. Un sencillo mueble de madera de estilo modernista con formas airosas y proporcionadas.

―¡Mama! ¡No hay agua! ―gritó cuando vio que la jarra estaba vacía.

―Ya voy, hijo, espera un momento ―respondió Juana con voz dulce y fresca desde la habitación contigua.
Su madre, siempre estaba dispuesta a ayudar y a dar cariño a sus hijos, incluso en las cosas más sencillas. El amor hacia su familia ocupaba todo su ser y daba sentido a su vida.

Cogió la jarra y fue a la cantarera, que estaba en el hueco de la escalera. Quitó el corcho que tapaba la boca del cántaro y lo inclinó. El agua salía a borbotones y llenó el recipiente en un instante.

Cosmito se lavó ligeramente la cara. Como no llegaba al espejo, lo inclinó para peinarse. Mojó los pelos de sus dos grandes remolinos que provocaban la guasa de los amigos y de las personas mayores de la familia. El remolino delantero, sobre la frente, formaba con el flequillo una magnífica visera que le daba sombra a sus ojos en los días de sol; el trasero, parecía una mata de esparto, en la parte posterior de la cabeza; en ambos, los pelos pugnaban por escaparse y le adjudicaban pinta de travieso.
―¡Cosmito!... ¡Que es la hora!
―¡Ya salgo, me estoy calzando!

En un instante se puso las alpargatas de tela con suelas de goma y las sujetó a sus pies con cintas atadas junto a los tobillos.
Fernando lo tenía todo dispuesto. Había preparado a Salerosa, su borriquilla de color gris, no muy grande, bien esquilada y valiente para el trabajo. Esperaba en la puerta con el cabestro atado a una anilla de hierro. Llevaba puesto todo su atalaje: jáquima con ligeros adornos, albarda cinchada al cuerpo y un buen serón de pleitas de esparto donde se repartía la carga en ambos cogujones. Las herramientas y útiles de trabajo, en uno; los alimentos que consumirían durante la estancia en el cortijo, en el otro.
Iniciaron la marcha en aquella madrugada estrellada y serena. Cuando iban por la calle San Antonio, las pisadas del animal rompían el silencio golpeando el duro granito del pavimento con los cascos herrados. Cosmito andaba callado y pensativo, se sentía extraño en medio de tanta soledad. La calle le parecía distinta con los comercios y casas cerradas.

El aroma inconfundible a pan recién cocido, tierno y caliente, llegaba a sus sentidos al pasar por la esquina de la calle Molinillo, junto a las escuelas. De un balcón, abierto de par en par, se escapaban estruendosos ronquidos con altibajos y paradas en seco. Por la pequeña ventana del bodegón salía un fuerte olor a vino derramado.
El viejo edificio del bodegón fue la capilla de San Antonio de Padua antes de la guerra. Conservaba sus recios muros y su primitiva techumbre de madera. En la fachada, lucía una puerta grande de madera vieja, carcomida, con clavos de forja, enmarcada por una discreta portada de piedra cincelada, encalada, con una hornacina vacía sobre el dintel, donde hubo una imagen de San Antonio hasta 1936.

Más adelante, en el breve jardín de una casa que hacía rincón, había un jazmín que perfumaba la calle con su fragancia.

En la madrugada, la luna llena iluminaba las calles y plateaba las fachadas de cal. Cosmito caminaba junto a la borriquilla y contemplaba bellas estampas con formas armónicas favorecidas por la suave luz.

Parecía que todos los elementos arquitectónicos porfiaban por mostrar sus encantos con armonía sosegada. Cosmito los miraba ensimismado como algo nuevo.

Llegaron al portillo de San Roque y acercaron la borrica al viejo pilar de agua salobre para que saciara su sed. El pilón estaba cubierto de ovas. Sus filamentos ascendían a la superficie balanceándose como cabelleras al viento. Se movían acompasados con el rumor relajante del agua que salía de los dos caños.

―Ya estamos en la carretera. Ahora, con buen paso, llegaremos al cortijo antes de que haga calor

―dijo Fernando.

Envueltos en silencio, padre e hijo, andaban y dejaban atrás los espacios abiertos de las tierras del rueo donde se sembraban cereales y leguminosas. Pasados unos minutos, se hallaban inmersos en el paisaje ondulante de campos subrayados por filas de olivos que subían colinas y montes, en perfecto orden, como un ejército, hasta donde la vista alcanzaba en el horizonte.
Desde la carretera, veían frente a ellos la ermita de Nuestra Señora de Consolación. Unas esbeltas palmeras elevaban sus troncos junto al santuario como antorchas plateadas. El templo parecía un reluciente cofre de luz nacarada sobre la ladera del río.

En él, desde hace siglos, la Virgen recibe a los corazones con fe que acuden a dar gracias por los bienes recibidos o a implorar ayuda en los momentos difíciles. Nuestra Madre, siempre tiene extendido su manto de verde oliva sobre la campiña tosiriana, con las súplicas de sus fervientes hijos bordadas con hilos de amor.

La carretera continuaba y se abría paso entre los olivos. Atravesaban las tierras pardas y rojizas de un campo desigual.

Los dos caminantes pasaron junto a la Cruz de Pedro Chincoya. Con paso más vivo, iniciaron la bajada de la cuesta del Barranquillo, en medio de la campiña dormida. Los viejos olivos de troncos retorcidos situados en el borde del cellajo, parecía que se les venían encima. Cosmito los miraba y pensaba en las fuertes raíces que los sostenían en aquel áspero desnivel.

En la hondonada, el río venía dando rodeos, regateando entre olivos. Se escuchaba el suave rumor del agua con su música triste, que transcurría ajena a cuanto le rodeaba. El aire movía levemente las hojas de los esbeltos chopos y cañaverales que le acompañaban en su caminar y, al mismo tiempo, dibujaban el curso serpenteante de su cauce.

Al salir de una curva, divisaron el puente con sus tres ojos. Protagonizaba una bella estampa romántica. "¡El puente, por allí hay que pasar!", pensaba Cosmito, al mismo tiempo que oía a lo lejos, en medio del silencio, algunos aullidos de perros y el ulular de un búho. El lugar sombrío y solitario le recordaba la leyenda del fantasma del Barranquillo que corría, de boca en boca, en el pueblo:
“Siempre se aparecía de madrugada. Tenía el aspecto de un hombre vestido con ropas poco definidas. Cuando se presentaba, no apoyaba los pies en el suelo y en raras ocasiones se dirigía a los caminantes”.

No pudo evitar que su cuerpo sintiera escalofríos mientras cruzaba el puente. Caminaba receloso. Cuando se alejaba, volvió la cabeza, vio que todo estaba en calma y empezó a tranquilizarse.
Observaba a su padre y veía que andaba muy tranquilo. Aceleró el paso y se puso a su lado sin pronunciar palabra. Ahora, se sentía seguro.

Su padre era el mejor árbol donde cobijarse. Un hombre enérgico en el trabajo, honrado, bondadoso y respetuoso con los demás. Su serenidad le daba confianza. Lo quería con devoción y procuraba imitarlo, porque de mayor deseaba parecerse a él. Fernando poseía, por naturaleza, esa bondad y franqueza que otras personas intentan tener y que nunca logran porque esas virtudes las concede Dios.

-Hijo, no tengas miedo. Aprende a ser fuerte.

―Papa, ¿nunca has sentido miedo en este lugar?

―Yo, no. Los muertos no me dan miedo, descansan en paz. A quienes hay que temer, es a algunos vivos. La idea del fantasma ha calado porque hay gente ignorante y supersticiosa.

―Entonces, ¿cuándo se empezó a hablar de la aparición en este lugar?

―Los más viejos del pueblo dicen que desde hace siglos. Siempre ha sembrado el miedo en la mayoría de las personas que pasaban de madrugada por este paraje. Los trabajadores que creen estas historias, si no hay una causa muy urgente, no se mueven del cortijo en toda la vará.

Como sabía que a su padre siempre le quedaba alguna anécdota en cualquier rinconcillo de su memoria y le fascinaba todo lo que contaba, esbozando una ligera sonrisa, le preguntó:

―¿Conoces alguna historia rara o graciosa que haya sucedido en este lugar? ―preguntó Cosmito, esbozando una ligera sonrisa.

―Cuentan los viejos campesinos que, antes de la guerra (1936-1939), un paisano tenía una camioneta muy deteriorada y se ganaba la vida dando pequeños portes. Salió del pueblo, una madrugada que amenazaba lluvia, transportando un ataúd para recoger el cuerpo de un labrador que había fallecido en un cortijo de la Torre Alcázar. En la cabina le acompañaba un familiar de la víctima.

Al pasar por San Roque, el conductor vio a un trabajador con su talega de la comida al hombro y le dijo:
-Amigo Antonio, ¿dónde vas?

-Al cortijo de las Pardillas -le respondió.

-Súbete atrás y no te preocupes, la caja va vacía.El vehículo corría cuanto podía, acusaba los baches del asfalto con mucho estrépito y crujidos de chapas. Estaba viejo y agotado, escupía por el tubo de escape pequeñas explosiones acompañadas por el repiqueteo de sus piezas desajustadas. El motor se paró y el dueño se bajó echando por su boca algunas maldiciones porque creía que se había escacharrao.

Se colocó delante del radiador dando vueltas y más vueltas a la manivela, hasta que arrancó el armatoste.

Empezó a caer una ligera llovizna y el amigo Antonio, sentado frente a la caja, razonó de esta manera:

-Me meteré dentro y así no me mojo, porque el camino es largo.

Amoldó su cuerpo, cruzó los brazos y puso la talega sobre su pecho. Dejó una rajita muy pequeña para poder respirar. Se sintió cómodo y con el traqueteo de la camioneta, sin darse cuenta, se durmió.

Al comenzar la cuesta del Barranquillo, el chófer paró nuevamente, subió a dos trabajadores y coincidió que uno de ellos se llamaba como el atrevido Antonio que, en ese momento, dormía dentro de la caja.

-Amigos Antonio y Cosme, ¿dónde vais?

-A los Villares -respondieron.

-Subíos atrás y no os preocupéis, el mueble va vacío.

En los primeros instantes sólo vieron un bulto largo y negro en medio de la oscuridad. Se sentaron frente a él y lo miraban con extrañeza, hasta que lo reconocieron:

-¡Es el ataúd de un muerto! ¡Si lo sé, no me subo! -dijo Cosme con cara de asombro.

-¡Mal comienzo hemos tenido hoy! Mala compañía llevamos para cruzar el Barranquillo. Si ahora se oyera o se viera algo extraño, del susto me lo hacía en los pantalones. ¡Siempre que vengo a excuso me pasa algo, tengo el cenizo! -contestó Antonio, que era muy supersticioso.

-¡No seas exagerao! -exclamó Cosme, al mismo tiempo que sacaba la petaca y el librete del papel de fumar para liar un cigarro y apaciguar el resquemor que sentía en la garganta.

-No lo puedo remediar, en asuntos de muertos soy un cagueta -respondió Antonio, con voz entrecortada.

-Vamos a tranquilizarnos que ya hemos pasado el sitio malo. ¡¡Antonio!! ¿Quieres un cigarro?” -dijo con voz enérgica, acercándole la petaca e intentando darle ánimos.

El Antonio que estaba dentro de la caja, al escuchar su nombre y el ofrecimiento, despertó. Levantó la tapa del arcón, sacó la cabeza y respondió con fuerte voz:

-¡No, gracias. Me han quitado del tabaco!

Gritando de miedo, con las caras descompuestas y las piernas temblando, saltaron desde la camioneta y corrían con todas sus fuerzas y con el susto que llevaban dentro.

―¡Que buena historia! A mí no me hubiera gustado ser uno de ellos en ese momento ―respondió Cosmito.

Pasaron por la fábrica de aceite de las Casillas. Remontaron una cuestecilla y, al fondo, aparecieron las tierras del Pilar de Moya en el corazón de la aparente y engañosa uniformidad de la campiña.El trazado recto y prolongado de la carretera era el eje de una vasta panorámica de paisajes de colinas y llanuras.

Despuntaba el alba y el caserío de los cortijos de los Villares recortaba su silueta sobre el azul y rosa de la aurora. Una suave luz iba inundando de formas y colores los campos con armoniosa serenidad. En la lejanía, en la atalaya del horizonte, como un regalo para la vista, se divisaba Porcuna sobre un elevado cerro que la convertía en eterna vigía de la campiña.

Cosmito miraba a todas partes, descubría paisajes de bellos colores y escuchaba el canto de los abejarrucos, jilgueros, abubillas, tórtolas… era un momento tan singular como el que describe Juan Ramón Jiménez en su “Ángelus” de Platero y yo. Contemplaba y disfrutaba la grandeza de aquel amanecer en las hermosas tierras que posee el término de Torredonjimeno.




El cortijo

Dejaron la carretera y entraron en el carril del cortijo. Amplias extensiones de cereales se ofrecían a sus ojos como una explosión de luz y color. Un espléndido manto dorado cubría colinas, vaguadas y llanuras. Trigales maduros, empapados de sol, esperaban la hora de su siega. Numerosas encinas centenarias, esparcidas sobre los campos de mieses, proporcinaban variedad y armonía al conjunto con sus verdes solemnes.

Cuando estaban próximos a la hacienda, escuchaban los ladridos de los perros que anunciaban su llegada.
Cosmito conocía el cortijo desde hacía años. El edificio estaba sólo en medio de una extensa y rica campiña. Delante de su fachada había un espacio con empedrado tosco y descuidado. Miraba a las eras, donde los hombres se afanaban cosechando los cereales. Era grande, con planta baja y cámaras, y sus paredes enjalbegadas de abundante cal, con anchos patios, espaciosas cuadras de muchos pesebres, un pajar enorme y graneros.

Por la puerta de entrada se accedía a la estancia principal de la vivienda, de suelo empedrado y con la chimenea al fondo. En ese lugar comían y convivían los trabajadores durante su escaso tiempo de descanso.

Una hermosa cantarera se alojaba en un hueco excavado en el grueso de la pared. Estaba conformada por varios estantes con palos de madera que aguantaban las hileras de cántaros limpios y llenos de agua, tapados con corchos circulares atados a las asas con una tomiza.

Un largo gancho de hierro, sujeto al techo, sostenía un buen botijo de verano repleto de agua fresca en el centro de la estancia. Tenía el pitorro protegido por una corona de hojalata de afiladas puntas para evitar que las personas acercaran sus bocas.

―¡El botijo! El verano pasado no podía con él. ¿Tendré fuerza este año para beber sin ponerme chorreando? Ya he aprendido a sostenerlo y a empinarlo para beber a caño como los hombres ―dijo Cosmito mirando al frente.
―¡Caserooo! ¿Dónde andas, Miguel?

―¡Voy, espera un momento! ―se oyó la voz lejana del casero. Un hombre bueno, apreciado por todos los trabajadores, servicial y amigo de sus amigos.
―¡Dios te guarde! ―dijo Fernando, después de breves instantes de espera.
―¡Venga usted con Dios! Me habéis cogido curioseando los patios de los animales, con Zotal ―respondió Miguel, que llevaba en la mano un cubo lleno de un líquido lechoso, blanquecino y maloliente.

―¿En qué cámara nos podemos alojar?

―Hay espacios vacíos en la que da al primer patio.

Fernando empezó a descargar los avíos y las herramientas de trabajo. Cosmito observaba, a cierta distancia, lo que hacía Miguel.

El casero se lavó las manos y dirigió sus pasos hacia la chimenea. Le esperaba una buena colección de pucheros de barro de todos los tamaños, donde aviaba la comida de los trabajadores.

Formaban una amplia curva junto al rescoldo de un fuego lento y constante. Levantaba la tapadera y el vapor se elevaba, desaparecía en el aire y perfumaba el ambiente con el aroma de la comida. El olor era muy rico. Los alimentos seguían hirviendo, despacio, con infinitas burbujas. El casero iba probándolos con una cuchara de madera. Sacaba uno o dos garbanzos y un poquito de caldo humeante; acercaba la cuchara a su boca, le soplaba varias veces, sorbía el caldo, ruidosamente, y los cataba. Los retiraba o acercaba al fuego, según su grado de cocción, y les echaba sal, si era necesaria. Con un cazo pequeño, a todos les agregaba agua caliente de una olla grande de barro, que barbotaba en un extremo de la chimenea.

―Miguel, este chisco tan aplastado y sin llamas, ¿qué nombre tiene? ―preguntó Cosmito.

―A esta modalidad de fuego le llamamos una pava. Se hace solamente en verano. Arde muy lento y da calor suficiente para cocer la comida. En otoño e invierno, el fuego es distinto. El chisco de palos de olivos se hace con abundante leña, da mucho calor y cumple otras funciones: caldea el cortijo, se cuecen las comidas en los pucheros, los trabajadores colocan la sartén sobre la estrébere y hacen migas, carneretes, fritos...

―¡Cosmito, sube! ―dijo Fernando con fuerza y su voz reverberó en el cortijo.

―¡Voy, papa!
Subía los escalones de la estrecha escalera de dos en dos. Una bofetada de olor a sudor fuerte y agrio le vino a la cara al entrar en la cámara, pero pronto se familiarizó con el ambiente.

La estancia era grande y austera. Tenía dos ventanas pequeñas con barrotes de hierro y postigos de madera, siempre abiertos, que daban al patio de las cuadras. En sus paredes encaladas había muchas estacas de palos de olivo sujetas con yeso. Sostenían las cestas de los avíos y la ropa de los trabajadores. Sobre el suelo de yeso, espaciados y alineados junto a las paredes, estaban los colchones rellenos de paja con un almohadón o un simple cabezal. Cerca de un rincón, había elegido Fernando el sitio para dormir y las dos estacas para colgar la ropa y las talegas con la comida.

Los panes que llevaban para varios días, el casero se los guardó dentro de una orza de boca ancha, cubierta con un paño húmedo y una tapadera de madera; de esta manera, no se endurecían. Si dejaban un trozo olvidado en la talega, al día siguiente era un mendrugo duro como una piedra. Mendrugo que nunca se tiraba, se ponía en remojo y se utilizaba en el gazpacho.

―Coge los dos jergones vacíos que nos vamos al pajar.

Metieron la paja suficiente en su interior, los trasladaron al lugar elegido en la cámara y los colocaron sobre el suelo. Extendieron la paja dentro de las fundas rústicas de tela gruesa e hicieron el intento de bullirla. Pusieron una manta ruana sobre el colchón y un almohadón en la cabecera. Todo quedaba dispuesto para descansar por la noche.

―Espérame abajo. Voy a preparar la talega para la comida de mediodía. Ya mismo nos vamos al trabajo ―dijo su padre.

―De acuerdo, allí te espero ―contestó Cosmito, que en ese momento miraba a las ventanas por donde se colaban los cacareos de las gallinas, los gruñidos de los cerdos, los balidos de las ovejas, y los ladridos de los perros... perfumados con un inconfundible tufillo a Zotal.

Bajó a la puerta del cortijo, se puso el sombrero, se sintión cansado y se sentó en el escalón. Miró a la borrica y vio que estaba a la sombra con el ronzal amarrado a una anilla de hierro.

En ese momento, llegó el zagalico, el aguaor de los segaores, subido en una borriquilla con dos cántaros vacíos en las aguaeras. Venía a llenarlos para la cuadrilla de hombres que estaban en el tajo de la siega.

Era una mañana de calor sofocante, de luz cegadora. Ahora entendía por qué habían hecho el camino de madrugada. La calina era insoportable. Se oía el sonido constante y cansino de las chicharras como música de fondo. Para frenar el torrente de luz, entornaba los ojos y, mirando entre pestañas, observaba el ajetreo de los hombres en las eras.


El conjunto se veía como una preciosa estampa costumbrista. Todo quedaba envuelto y velado por los tonos dorados de la paja. Trabajar en las eras, de sol a sol, un día tras otro, era muy duro. En la más cercana, los jornaleros con sus horcas emparvaban y distribuían, uniformemente, los haces de trigo recién segados; en otra, habían enganchado la yunta a la trilla y daba interminables vueltas sobre la mies.

El joven trillero, con sombrero de paja bien sujeto, iba sentado en una silleta fijada a una plataforma de madera. Llevaba las riendas de la yunta en una mano y con la otra, restallaba el látigo haciéndolo crujir; al mismo tiempo, entonaba canciones que le ayudaban a estar bien despierto en aquel asaero:


“Aprieta mula torda,
ve más ligera,
que la mies espera
junto a la era".

Con ritmo cansino, los mulos seguían dando vueltas sobre la parva crujiente y cálida, hasta que las espigas desnudaban el grano y la paja quedaba triturada.

En la era más lejana, un grupo de campesinos aventaban la mies en un pez de paja y trigo que cruzaba toda la superficie empedrada. Los hombres, metidos a media pierna, tenían las camisas sueltas, pañuelos grandes atados al cuello y sombreros de paja con una cinta cosida para no perderlos con el aire. Con sus biergos elevaban a buen viento la mezcla de paja y trigo para separarlos.

Los muleros venían junto a sus yuntas de mulos vigilando las cargas. Llegaban a las eras barcinando los haces desmelenados de espigas de trigo en sazón, sobre las narrias de madera.
Sus rostros tenían la huella seca y dura del largo estiaje que aguantaban sus cuerpos, caminando por rastrojos ásperos como cepillos de raíces. Sudaban por todo el cuerpo. Protegían sus cabezas con sombreros de paja teñidos por el sudor y festoneados de salitre.

Las camisas las llevaban sueltas por encima de los pantalones con la esperanza de que el aire les refrescara. Descargaban los haces, los apilaban y regresaban al tajo de siega para volver a empezar.

―¡Ffff... Qué calor, cae un sol de justicia! ¡Qué calmazo! ―gritaba un mulero, mientras pasaba su mano por la cara con barba de varios días, empapada de agrias gotas de sudor que resbalaban desde su frente.

Penosa y dura era la tarea de los muleros. Dormían en los poyos de las cuadras sobre jergones de farfolla para cuidar las yuntas de mulos. Su destino era el cortijo, la yunta, la tierra, aquellos olivares y aquellas hazas, durante todo el año.

―Cosmito, vámonos al tajo.

Callado y pensativo cogió el cabestro del animal y, dando un tirón, empezó a andar lentamente la borrica. La llevaba de reata por el camino polvoriento flanqueado por hierbas y cardos borriqueros, secos.
A lo lejos, se oía la voz de un segaor entonando un cantar que sonaba como un quejío, en aquellos campos agostados:


“Una pena lenta y mala
se llevó a la madre mía.
Hasta la cama temblaba
oyendo lo que decía”.






La cuadrilla de segaores cortaba con sus hoces el trigo espigado y maduro, y levantaba una leve polvareda que iba mezclándose con el abundante sudor de la piel. Con sus cuerpos arqueados, presos de fatiga y cansancio, segaban con calor sofocante hasta acabar extenuados, esgavillaos ―decían ellos― en los atardeceres de cada jornada.
Llegaron al pujá ―unas dos fanegas de tierra calma― y Fernando observaba en silencio los rodales que había que coger primero. Colocaron el hato junto al rastrojo de la linde, debajo de un enorme chaparro de recio tronco y ramas grandes y espesas.


―¡En el nombre sea de Dios! ―dijo Fernando, cuando arrancaron las primeras matas de la siembra, siguiendo la tradición de la recogida de una nueva cosecha.

Después de unas horas de trabajo se sentaron a la sombra de la centenaria encina para preparar la comida. No corría una gota de aire. Una intensa flama se elevaba de las rastrojeras en el sofocante calor de mediodía. El sol calcinaba las tierras, ardía el campo a esa hora. Se oía, sin cesar, el zumbido de las chicharras y el arrullo soñoliento de las tórtolas, que ponían su cansina música de fondo a un día que parecía interminable. El bochorno pesaba como una losa sobre el paisaje, los animales y las personas.

Cosmito sacaba del bolsillo su pañuelo, con frecuencia, y secaba el sudor que chorreaba de su frente.

―¡Como continúe este calor, fenecemos! Vamos a hacer un galiano. Coge el dornillo y enjuágalo con agua de la botija.

―El agua está caliente como el meao... ¿Me dejas que machaque los ajos y la molla de pan con la maja de madera?

―Sí. Májalos bien, con una poca sal gorda que está en el calabacino. Los tomates y los demás ingredientes, los iremos echando con mucho tiento. En esta comida, como en el gazpacho, el buen resultado está en la paciencia que tengas para hacer un majado lento, sin prisa, de los componentes y en el acierto al mezclarlos. A los hombres del campo no nos gustan las comidas insulsas, deben de estar un poco saladas, porque necesitamos reponer la sal que perdemos con el sudor.

―¡Hale, vamos a comer! ―decía Fernando, mientras cogía un panete entero, lo besaba, lo apoyaba en su pecho y con la navaja cortaba dos hermosas rebanadas.

―¡Qué rico está el mojete! ―gritaba Cosmito, al mismo tiempo que intentaba alejar con las manos a unas moscas cansinas.

―A buenas ganas no hay pan duro ni comidas malas. Come tranquilo y no seas isonrible.


A Cosmito se le caían las sopas dentro de la comida e intentaba sacarlas con la navaja.

―Hijo, mírame y atiende. Procura hacerlas bien, porque cuando comas con una cuadrilla en el cortijo, no te van a permitir que busques la sopa en el lebrillo.

Finalizada la comida, el padre allanaba un poco de terreno y se disponía a echar un coscorrón. Al momento se dormía. Cosmito se acostaba panzarriba en la tierra para falagar la comida y ponía el sombrero de paja sobre su cara, imitando a su padre; así, se protegía de las moscas y de toda clase de insectos impertinentes que no dejaban de zumbar durante el resistero de la siesta, pero tenía que soportar el olor a sudor entraquinao en la paja del sombrero. No cogía el sueño porque los terroncillos y las piedrecillas se clavaban en todo su cuerpo y no conseguía relajarse. Pasado un tiempo, vencido por el cansancio se quedaba frito.

―¡Vamos, que la siesta ha terminado!

Su padre le cortaba el sueño en lo mejor. Despertaba y no podía moverse, le dolían todos los huesos, sentía todo su cuerpo escualdrajao.


Con todo el rigor del calor empezaban la tarea por la tarde. No daban de mano, hasta que la sombra del chaparro se alargaba y debilitaba sobre el rastrojo. El crepúsculo les traía el descanso físico a sus cuerpos destrozados, al final de una interminable jornada de briega. Sus ojos se relajaban después de un largo día de luz cegadora. Recogían el hato y volvían al cortijo por las mismas veredas y caminos, deseando llegar para dar descanso a sus huesos.

Una nube de polvo, pegada al suelo, anunciaba a lo lejos la proximidad de un rebaño de ovejas. Avanzaba por el camino pedregoso y polvoriento al compás perezoso de las esquilas. Caminaba hacia los rastrojos a pastar durante la noche. El pastor encabezaba el tropel huyendo de la polvareda. El buen hombre llevaba un sombrero viejo y sudado, la capacha en bandolera sobre una camisa marcada por el sudor de muchos días y se ayudaba al andar con una austera gancha.

La puerta del cortijo, recién regada, estaba muy animada. Había hombres que charlaban y fumaban sentados en los poyos blanqueados de cal; otros, se lavaban para quitarse el olor a sudor y a penuria, lo hacían de la única manera posible: sacando del pozo un cubo de agua fresca. Querían desprenderse del sudor pegajoso que llevaban consigo; les disgustaba la fortaleza de su propio olor. Desnudos hasta la cintura, con las piernas abiertas y el tronco encorvado, a manotazos nerviosos, con ambas manos, refrescaban sus cuerpos. A gañafadas, encontraban consuelo después de tanta suciedad acumulada... A voces, jaleaban el consuelo que sentían con el agua fresquita. Un campesino, mientras se secaba, entonaba este cantar:
"No te cases con viejo

por la moneda.

La moneda se gasta

y el viejo queda."


Las camisas tenían empapado tanto sudor, polvo y salitre, que parecían almidonadas. Las ponían en el suelo y se quedaban de pie como pequeñas tiendas de campaña. Sus manchas hacían formas singulares y espontáneas que simulaban abstracciones.
Un joven, con brocha y jabón, terminaba de enjabonarse su barba de varios días y se disponía a sacar de un estuche la maquinilla de afeitar y una cuchilla "Palmera oro", acanalada.

Algunos, Hacían los preparativos para cenar al aire libre, a la hora de la fresca, al anochecer, todo se hacía de forma reposada a la luz de la luna.

―¡Dios os guarde! ―saludó Fernando.

―¡Vengan con Dios! ―respondieron varias personas al mismo tiempo.

―¿Queréis comer? ―decían, por cortesía, los que iban a empezar a cenar.

―¡Gracias, que aproveche! ¡Que siente bien! ―respondían los de alrededor.

A los hombres del campo les gustaba saludar a las personas cercanas, escucharlas en silencio y hablar lo necesario. Casi todos los campesinos eran personas de largos silencios. Cuando dialogaban, alargaban el tiempo entre la pregunta y la respuesta para sentir el silencio. Siempre economizaban las palabras. Habían aprendido a callar para escuchar, para instruirse.
―Fernando, preparaos que esta noche cenáis carnerete con nosotros ―dijo el manijero de la cuadrilla de siega.

A Cosmito le agradaba la idea de comer con los segaores, los conocía y eran muy amables con él. A lo largo de la comida decían cosas muy graciosas y algunas barbaridades. Sólo le preocupaba los posibles fallos al mojar en la vianda. Esa tarea no la dominaba. Había verdaderos expertos en ese menester dentro de la cuadrilla; hombres veteranos de muchos años en los cortijos que arrebañaban hasta las últimas partículas en la fuente.

Todas las noches cenaban Carnerete. El componente más importante de esta comida era la patata, que se freía a fuego lento. En un mortero machacaban un picatoste, unos ajos enteros, asados o fritos, orégano, sal y la carterica para darle color. Ponían un poco agua a los ingredientes machacados y los agregaban a las patatas. Cuando la vianda empezaba a hervir la retiraban y la servían. En este plato la carne sólo aparecía en el nombre.

Colocaban el lebrillo de barro vidriado, con la comida, sobre la mesa, junto a la puerta del cortijo, para comer al fresco.

Los hombres de la cuadrilla, de cuerpos huesudos, fuertes y duros, y rostros pasados a fuerza de soles, con camisas y pantalones raídos y remendados, acudían y se situaban alrededor de la mesa. Sacaban de los bolsillos sus navajas grandes con cachas de hueso y las limpiaban para iniciar el sopeteo. Cortaban sopas de pan y las pinchaban con la punta de la navaja. Mojaban en la comida, la llevaban la la boca y daban dos pasos atrás. Cosmito se esforzaba en hacerlo bien pero no llegaba a hartarse. Cuando se le caía una sopa en el lebrillo, preocupado por su torpeza, miraba a los hombres esperando un regaño que nunca llegaba. Todos lo trataban con bondad, parecía que se habían propuesto quererle. Le faltaba práctica para tener la agilidad de los mayores.

Dos jóvenes cortaban unas sopas enormes y comían deprisa con la boca atiborrada.

―¡Vaya un modo de comer a dos carrillos, muchachos! No seáis trupones, aguardad un instante y empezamos todos con el mismo ritmo en el moje -gritó el manijero llamándoles la atención, al ver la actitud tan poco respetuosa con los demás.

―Muy bien dicho, porque Felipe es capaz de repetir la faena de los huevos ―con perdón de la mesa―, en cualquier momento ―contestó Antonio.

―¿Qué pasó con los huevos? ―preguntó Cosmito.

―En una apuesta con unos compañeros de su cuadrilla, este bicharraco se jaló quince huevos fritos con abundante aceite, ajos y el suelo de un panete mojando sopas. El lebrillo lo dejó tan limpio que no necesitó fregarlo cuando terminó.

―Antonio, cierra la boca porque tú también tienes muchas faenas hechas. La primera vez que viniste con tu padre al cortijo, añascando en silencio, te mamullaste en dos días los avíos que traíais para una semana. Cuando tu padre vio las talegas vacías, pensó que os habían robado pero supo al momento quien se había zampao las viandas ―respondió Felipe, hablando a borbotones.
Aquella noche, de postre, cocieron leche y la tomaron con cuchara, yendo y viniendo a un recipiente grande.

―Muchacho, toma mucha leche que tienes que crecer! ―le aconsejó un miembro de la cuadrilla.

―¡Venga, que has comido poco carnerete! ―añadió un segundo jornalero.

―Tranquilos, en la leche no me engañáis. Soy zocato de nacimiento y ahora ambidextro.

Cogió dos cucharas de palo, una en cada mano, y del lebrillo a la boca iban y venían perfectamente sincronizadas. Viendo su agilidad, los segaores se sorprendían e intentaban imitarle pero no lo conseguían.

―¿Por qué tienes tanta destreza? ―preguntó extrañado el manijero.
―Porque hace dos años tuve un maestro en la escuela de la calle San Antonio, que me obligaba a escribir con la derecha. Si me veía escribiendo con la mano izquierda, llegaba por detrás y me propinaba un buen cuesco. Yo daba un retemblío y se me caía hasta el palillero. En una ocasión, estaba mojando la pluma, con la zurda, en el tintero de mi pupitre y recibí un cogotazo; al mismo tiempo se rompió la pluma, se derramó la tinta y me manchó toda la ropa. Ese instante me pareció eterno. Empecé a llorar y el maestro, muy irritado, amenazando con el brazo en alto, decía: “¡Aquí no quiero nadie de izquierda, todos tenéis que ser de derecha!”
Cosmito, con ocho años de edad, no sabía de derechas ni de izquierdas pero su cogote le dolía mucho, despedía fuego. Llegó a su casa con la camisa y el pantalón llenos de manchas y contó lo sucedido. Su madre no le regañó, no se preocupó del cogotazo ni de las manchas. Pero sí le advirtió, de forma muy severa, que no pronunciara las palabras que había dicho el maestro en ninguna parte. No necesitaba conocer el significado de aquella frase, para saber que tenía que obedecer a su madre y guardar silencio.
Pasado un tiempo, el maestro lo consiguió. Sacando la lengua y mordiéndosela al compás de la escritura, a trancas y barrancas, con mucha dificultad, Cosmito escribía con la derecha; y con la zurda, cuando no se sentía vigilado. Así llegó a tener destreza con las dos manos.
―¡Cosmito, ven pa acá! ¡Siéntate aquí! ―dijo José, al mismo tiempo que se escamondaba los dientes con un palillo.

Acudió al poyo y se sentó a su lado, a la luz de la luna de aquella cálida noche de verano.

José era el más viejo de la cuadrilla de segaores y un buen amigo de su padre. Poseía una mirada serena, una voz cavernosa y un rostro labrado por pronunciadas arrugas y profundos surcos sombreados por la barba, propio de las personas que trabajan al aire libre. Hombre de pocas palabras. Callaba, la mayoría de las veces, lo que su experiencia le decía que debía callar. Prefería el mutismo del campo a tanta palabra vacía como escuchaba a sus semejantes. Su expresión sobria y austera era el testimonio vivo de los campesinos que sabiamente inmortalizó con sus pinceles Rafael Zabaleta.
―¿Sabes ya las cuatro reglas?

―¡Pues claro!

José sintió el deseo de fumar y sacó la petaca repleta de picadura de cuarterón, el librete de papel y los chisques. Empezó a liar un cigarro con sus manos grandes, huesudas, llenas de callos, con unos dedos que amarilleaban y nos comunicaban sin palabras la infinidad de cigarros que habían sostenido.

―¿Qué quieres ser de mayor?

―Del campo y cortaor como mi papa.

―Olvídate del campo. Pon interés en las cuentas, en los problemas y aprende bien la Aritmética. Cuida la letra en la escritura y la Ortografía. ¡Estudia! Piensa en otra cosa que te gustaría ser y lucha con toda tu alma hasta alcanzarla. Tienes todo el futuro por delante. Ya verás como coges un trabajo en el pueblo. Aquí, lo que hay es una vida triste, mezquina, sin horizontes de progreso, con mucho miedo y poco pan. Ahora, no lo entiendes, porque tienes once años. Míranos a nosotros, estamos destrozaos de las pechá que no damos de trabajar. Todas las noches caemos rendidos en los jergones. Pasamos en los cortijos la mayor parte del año, lejos de nuestras casas y, en resumidas cuentas, ¿para qué? ¡Para nada! Tenemos un sueldo que sólo sirve, a duras penas, para ir tirando con nuestra familia; ganamos lo preciso para comer y vestirnos pobremente. Hemos consumido lo mejor de la vida y seguimos en el mismo roal. Para un puchero de garbanzos o un hoyo con bacalao y un tomate, que nos comemos la mayoría de las veces… ¡Cuánto hay que aguantar! Nuestra vida es trabajar y callar. Vivimos cansados, tristes y desengañados. Aprende y hazte un hombre de provecho. El saber no ocupa lugar, ahora estás a tiempo. No vivas a fucia de los trabajos que te ofrezcan en los cortijos ―dijo José con voz serena y mirada paternal al mismo tiempo que se colocaba el cigarro en la boca.

Lo encendió con los chisques, ladeando la cara, cerrando un ojo y echando una bocanada rápida de humo. Le dio dos caladas intensas y las sintió hasta en el último rincón de su cuerpo.

―José, le agradezco los consejos que me da pero eso no es posible. Pemaneceré en la escuela hasta que mi padre me necesite en el campo. Muchos compañeros, de mi edad, ya han abandonado los libros y trabajan como mandaderos, de aguaores de las cuadrillas, cuidando marranos, pavos, cabras, rebuscando, guardando melones... Los niños de nuestra edad trabajan en lo que pueden para ayudar a sus familias. Los hijos de los obreros agrícolas, para colocarnos en el pueblo, necesitamos estar muy bien preparados y, eso, sólo se consigue asistiendo a clases particulares o a escuelas de pago. Para los que nacemos en familias humildes, nuestro destino es el campo en los tiempos que corren. Los sueños e ilusiones de lo que nos gustaría ser de mayor, se quedan arrinconados en nuestra mente.

- Piensa siempre en lo que lo que te gustaría hacer cuando seas hombre, pero... ¿cuáles son tus ilusiones?

―Mi deseo es estudiar y adquirir conocimientos. Viajar y conocer otros paisajes, otras tierras, otros pueblos que ahora veo en las películas.
―Cosmito, no se puede vivir en un mundo de fantasía. En la vida hay que tener una ilusión realizable. Piensa en una buena profesión que te dé de comer, algo que sea asequible: mecánico, carpintero, electricista, escribiente, fontanero... aplicate en un aprendizaje y no te dejes llevar por lo que ves en el cine. Cuando yo era niño, soñaba como tú. Quería viajar y conocer mundo; después, pasaron los años y viajé, pero... ¡Qué experiencia más triste! Fueron seis años de traslados constantes, muy penosos. ¡Ojalá, no hubiera viajado nunca de la manera que lo hice!

―¿Por qué dice usted eso, José?

―Porque fueron viajes obligados que nos llevaban a combatir en la guerra. Nuestra vida estaba en peligro en todo momento. La muerte cabalgaba con nosotros. Fui soldado en África. Pasé tres años en Larache durante la Guerra de Marruecos. Escapé vivo de milagro. Los hombres morían como chinches.

Más tarde, cuando estalló la Guerra Civil ya estaba casado y con dos hijos pequeños. Como el pueblo se encontraba en zona republicana, me reclutaron en el ejército rojo. Durante otros tres años soporté incontables calamidades, penas y horrores que me roían las entrañas. Vivía pensando en mi familia a todas las horas del día.

Estuve mucho tiempo en el frente de Extremadura y en otros lugares. En los últimos días de la contienda, un grupo de paisanos nos pasamos al bando nacional. Nos hicimos los muertos, nos cogieron, nos subieron en camiones y nos llevaron a Málaga. Nos encerraron en una vieja fábrica que había en los Baños del Carmen y hacinados, como en un campo de concentración, estábamos infinidad de hombres. Allí permanecí algo más tres meses.

A finales de junio de 1939, mi hermano fue con una certificación del ayuntamiento del pueblo y me pusieron en libertad. Cogimos un tren hasta Puente Genil, para enlazar con la línea de ferrocarril que nos traería a Torredonjimeno.
El viaje se nos hizo eterno, parecía que nunca llegaríamos. El tren paraba en todas las estaciones, arrancaba con sacudidas y el vagón se balanceaba al mismo tiempo que se escuchaba el traqueteo de las ruedas sobre las juntas de los raíles. Viajábamos en vagones de tercera, con calor pegajoso, tragando carbonilla y humo en los túneles. Pero aquella suciedad no me molestaba porque mi ropa maloliente, empolvada y sucia, estaba llena de miseria.

Durante el trayecto, el hambre viva la engañábamos con medio pan y unas cuantas sardinas arengas, que me sabían a gloria; tenía casi olvidado cómo se comía. Volvía transido, con los bolsillos vacíos y el alma destrozada, pero vivo. Con el pellejo pegado a los huesos, pero con ganas de vivir. Estaba vivo, ese era mi tesoro. Ansiaba encontrarme con los míos y abrazar a mi familia. Deseaba llegar al pueblo y no salir de sus tierras de olivares. Quería que me dejaran tranquilo en la rutina diaria del trabajo para ganar el pan de mis hijos.

Esos han sido los largos y escasos viajes de mi vida. Siempre con la presencia de la muerte en mi mente y en el paisaje que me rodeaba... Lo que pasé en plena juventud, sólo lo sabemos Dios y yo -José meneaba la cabeza y se encogía de hombros, se sentía incapaz de seguir recordando tanto sufrimiento.

-Lo tuyo no fue viajar. Eso fue jugarse el pellejo durante seis años en lo mejor de la vida. Viajar es otra cosa. Los viajes que a mí me gustaría hacer sólo son una ilusión. José, en todos estos años... ¿no has salido del pueblo?

-Sólo he ido una vez al Cerro de la Virgen de la Cabeza en el día de la romería. Fuimos a cumplir la promesa que echó mi mujer, si yo volvía vivo. Durante muchos años, una y otra vez, me lo recordaba de esta manera: “Llevaba un año sin noticias tuyas y todos te daban por muerto. Un día cogí a nuestros hijos y fui a casa de mi madre. Le pedí que sacara del arca el cuadro de la Virgen de la Cabeza, escondido desde que empezó la guerra. Llorando angustiada, delante de la imagen, le prometí a la Virgen que iría a la Sierra, subiría de rodillas la Calzada y en el Santuario rezaríamos dando gracias, si volvías con vida”.
-¡Qué vida más triste...!- exclamó Cosmito agachando la cabeza.
Un tiempo de silencio siguió a las palabras llenas de verdad y de vida pronunciadas por José. A Cosmito, le habían calado hondo, recogió su mensaje y lo archivó en su memoria.

Llegó la hora de acostarse y subió a la cámara. Un calor sofocante invadió todo su cuerpo, parecía que entraba en un horno. Se echó en el jergón y empezó a sudar. No dejaba de pensar en los consejos de José, al mismo tiempo que escuchaba, como música de fondo, a varios trabajadores roncando, ladridos de perros, ruidos confusos... lentamente, una sensación de bienestar recorrió todo su cuerpo exhausto por el cansancio acumulado durante la jornada y se durmió.

Antes de que apuntara el día, padre e hijo, iban hacia el tajo. La luna llena y el canto de los grillos, como música de fondo, les acompañaban por las veredas entre sombras y luces. Una lechuza pasó sobre una encina y dibujó su silueta en el cielo. Fernando, como veía a Cosmito esperezándose y bostezando, le hablaba para que no se durmiera. Mirando al cielo estrellado, le indicaba con el brazo la situación de la Osa Mayor y de la Osa Menor ―donde se encuentra la estrella del Norte―. Los campesinos llamaban a estas constelaciones el Carro grande y el Carro chico. Próximo al amanecer, le señalaba la localización del Lucero del Alba. Pasadas varias madrugadas, acabó familiarizándose con las estrellas.
Con el relente de la madrugada, antes de que amaneciera, cogían los rodales de matalahúva que se venían ―las plantas que empezaban a secarse con el calor y se volvían quebradizas―. Las arrancaban con la marea, aprovechando la humedad que había en el ambiente para que no se desprendiera el grano. El ataero de los manojos era una mata tierna y flexible con un agradable olor a anís.

Si Cosmito tenía la mala fortuna de coger una planta de culantro, su olor penetrante impregnaba sus manos, le producía ansias y empezaba a dar arcadas. Como remedio, hacía un refresco muy rudimentario: masticaba granos de anís y bebía agua de la botija. La madrugada se le hacía eterna, parecía que nunca llegaría la luz del sol.

En el tiempo del desayuno, con su espalda apoyada en el tronco del viejo chaparro, bajo su sombra espesa, en medio de aquel silencio, se sentía a gusto, percibía la misma sensación que Juan Ramón Jiménez espresaba en los primeros versos de uno de sus poemas: "¡Qué quietas se están las cosas/ y qué bien se está con ellas!". Comía su buen hoyo con bacalao y un tomate grande con abundante sal. Recuperaba fuerzas. El cuerpo le entraba en caja para aguantar la mañana de otro día de bochorno, de calor sofocante.

Manojo a manojo, gavilla tras gavilla, iban cogiendo la cosecha. Así pasaban las horas y los días de forma cansina y monótona, desde el alba hasta el ocaso. Las gavillas las cargaban en la burra sobre unas angarillas de madera y las llevaban a un terreno próximo al cortijo.

Los manojos los ponían a secar formando cabañuelas. Su forma y su distribución le recordaban, con mucha imaginación, un poblado primitivo de cabañas redondas, de poca altura, con techos cónicos cubiertos de ramajes.

Cerca de las cabañuelas, hacían un arandal para protegerse del sol y desgranar la matalahúva. Ataban a los palos unos manteos de la aceituna, que hacían el oficio de toldos. El techo del sombrajo estaba cubierto por manojos, una vez desgranados.

Sentados y favorecidos por la sombra, esgranaban los manojos con un trozo de corcho grueso y rectangular. Era una tarea entretenida. Permitía la conversación entre los trabajadores pero se desprendía mucho polvo. Terminaban la jornada con toda la cara y el cuerpo de color verde amarillento y dirigían sus pasos hacia el pozo para asearse.

Acabada la recolección de la matalahúva, Cosmito cogía garbanzos. No le pagaban el jornal de un hombre pero se aproximaba. Su padre, previniendo las dificultades y problemas que podían presentarse, le decía:

―Te he cortado unas tiras de tela para que las utilices en caso de necesidad. Si hay rodales difíciles de arrancar, te las lías en los dedos.

―No me hacen falta. Ya tengo las manos bastante ásperas y duras.

―Yo te las echo en la talega. Si las necesitas, las coges.

Siempre obedecía a su padre. En el fondo de su alma guardaba un inmenso cariño y respeto hacia él. Se enriquecía con sus palabras serenas, cariñosas y llenas de sabiduría. Sus consejos eran un ejemplo de dignidad y de honradez que nunca ha olvidado.

Las matas de garbanzos tenían unas raíces profundas. Cuando tiraba de ellas, le costaba un gran esfuerzo arrancarlas en aquel terreno duro y áspero; hasta los garbanzos sonaban en sus cascarabitos secos. Sintía dolor y se acordaba de las advertencias de su padre. Cogía las tiras de tela y envolvía sus dedos con un vendaje sencillo para protegerlos. Acabada la faena, las telas eran guiñapos inservibles. Al tercer día, las manos estaban sembradas de ampollas. La mayoría de las vejigas, en carne viva y reventadas. Todo le hacía daño. El calor encendía sus manos y su propio sudor le escocía. Sentía dolor, pero procuraba disimularlo. En muy pocas ocasiones lo exteriorizaba.

―¡Dios mío, qué duro es el campo! ¡Qué poco se aprecian estos trabajos y a las personas que los realizan! ―decía Cosmito, bajo el sol agobiante que caía de plano.

―Eres un niño de once años y deberías estar jugando con la gentecilla de tu edad, pero estás haciendo un trabajo de hombre. Muchacho, muy pronto has empezado a trabajar y a quejarte. La vida te irá endureciendo con el paso del tiempo ―contestó el jornalero más viejo, con mirada severa.
―¿A qué se refiere? Usted es un hombre con experiencia, ¡hábleme!
El viejo campesino de mirada triste y resignado cansancio, sin levantar la cabeza, seguía cogiendo garbanzos y hablando despacio, llamando al pan, pan y al vino, vino:
-Cuando seas jornalero, tendrás que soportar este calor sofocante en verano y el rigor de las heladas en invierno. Llegarás empapado en los días de lluvia y te calentarás junto al fuego, envuelto en una manta, mientras se seca tu ropa.

-Te harás duro como el pedernal en las enfermedades.

-Apaciguarás tus dolores con los remedios que tengas a tu alcance porque el médico queda lejos.

-Verás cómo pasa el tiempo y consumes tus energías y tu vida, mientras labras la tierra a cambio de un jornal para sobrevivir, malcomiendo y malviviendo.

-Te sentirás una persona cansada y olvidarás que una vez tuviste ilusiones e inquietudes. Tus sueños los dejarás abandonados en lo más profundo de tu alma.

-Verás que tus opiniones no interesan. Todo serán obligaciones. Sólo te respetarán tus derechos más elementales y, a veces, ni eso.

-La vida te hará desconfiado con el paso de los años, porque muchos a quienes tú aprecias como amigos, te harán las mayores jugarretas y desprecios.

-No te fíes de las promesas, porque en algunos hombres los sentimientos cambian con la misma facilidad que los aires.

-Ante cualquier adversidad, nunca te hundas. La vida es dura pero tú tienes que serlo aún más.

Las palabras pronunciadas por el viejo labrador, salían de su boca con serenidad. De lo más hondo de su corazón brotaron estos pensamientos como síntesis de su larga experiencia.

Los jornaleros vivían con lo que la vida les había deparado. No conocían otro mundo, no tenían la posibilidad de aspirar a mucho. Parecía que les estaba prohibido soñar. Vivían pegados a la tierra en que nacieron. La inmensa mayoría salía del pueblo, por primera vez, cuando se los llevaban al servicio militar. Terminada la mili, en las casas aguardaban con alegría su regreso. “¡Vendrá hecho un hombre!”, decían los padres con la esperanza de que se cumpliera el dicho de los viejos del lugar. Pero regresaban siendo las mismas personas. Eso sí, con las alforjas bien repletas de anécdotas, pequeñas historias, sucedidos... que, cansinamente, repetían a lo largo de su vida. Se encerraban en el pueblo y llevaban una vida espartana, sin más horizontes que la línea ondulada de los cerros y colinas de las tierras que labraban.

Para la mayoría, el arado y la yunta de mulos eran sus compañeros de fatigas. Día tras día, de sol a sol, con sus manos en la mancera sin levantar la frente de la besana, enconvaban su cuerpo sobre el arado de vertedera y volteaban con pericia la tierra. Abrían profundos zurcos, rectos y prolongados como interminables heridas en la tierra, y los regaban con sus sudores.
Cuando trabajaban en los cortijos, los días de la vará transcurrían lentos y monótonos, todos iguales. Las cuadrillas de jornaleros se iban un lunes por la mañana y no volvían al pueblo, a su casa, hasta el sábado, a mediodia, de la segunda semana -trece días-. Este período de tiempo se hacía muy pesado por las condiciones de trabajo y de vida que llevaban.

Las mujeres y los hijos de los cortijeros aguantaban el tiempo de cada vará para gozar de la presencia de los padres. La vida familiar se desarrollaba en las casas con sus ausencias casi constantes. La madre tenía que hacer la función de padre y madre en la educación de sus hijos. Sólo las necesidades extremas rompían la monotonía de la varada.

Después de varios días en el cortijo, los jóvenes de la cuadrilla, que estaban novios o recién casados, por la tarde, pedían permiso al manijero para subir a excuso al pueblo.

Cansados de trabajar, caminaban a campo traviesa por trochas y veredas, buscando el trayecto más corto. Llegaban al pueblo con el crepúsculo del atardecer. Iban deseosos de ver a sus seres más queridos y de respirar el aire de sus casas.

Les aguardaban: las novias con las sonrisas en los labios, el abrazo tierno de los hijos, la amorosa entrega de las esposas y el amor desinteresado de las madres.

Paseaban con sus parejas, compraban pan tierno, otros alimentos... Se acostaban a las tantas de la noche y, de madrugada, con muy pocas horas de descanso, caminaban hacia el cortijo con la muda limpia y la talega al hombro. Con paso ligero y largas zancadas, recorrían los mismos caminos empedrados de sombras y silencio para incorporarse a la cuadrilla al amanecer, en cortijos bien lejanos: Berrios, la Vega, el Capricho, Monte Gallo, los Cortijuelos, las Navas...

Una coplilla que cantaban las jóvenes de aquellos años, hacía alusión a este hecho:

"El joven que tiene amores
y trabaja en un cortijo,
¡qué dos semanas más largas
y que domingo tan chico! "

Durante los otoños lluviosos y los fríos inviernos, después de la cena, se sentaban alrededor de la chimenea. Liaban sus cigarros, cogían las ascuas del fuego con las tenazas y los encendían. Fumaban y hablaban con parsimonia, mientras las llamas se desperezaban sobre la leña de olivo con formas distintas y cambiantes. El fuego calentaba y relajaba sus cuerpos tras las agotadoras jornadas. Atizaban el chisco y miraban las llamas, embelesados, como esperando respuestas a preguntas nunca contestadas y a situaciones padecidas que jamás verían remediadas. En ocasiones, pensaban en su interior: "lo que hay que aguantar".
En aquellas noches, la sabiduría popular de incontables generaciones de campesinos, brotaba en sus labios con palabras sencillas; contaban anécdotas y vivencias al amor de la lumbre recibiendo su calor. Eran viejas historias de un mundo de soledades, algunas muy tristes, narradas por los nobles jornaleros.
En los días de lluvia, frente a la chimenea, los hombres trabajaban el esparto haciendo tomizas y pleitas, arreglaban bozales y otros aperos de labranza. Los que eran muy habilidosos, elaboraban escobas de panizo, escobones de cantareras, cestas y canastas de varetas de olivos; con sus afiladas navajas tallaban, en turrillos gruesos, cucharas y majas para los morteros; con paja de escaña confeccionaban tapaderas para cubrir las fuentes de la comida... Muchos de estos objetos los hacían para regalarlos a las jóvenes casaderas.

En resumen, los hombres del campo, austeros y sencillos, cultivaban las costumbres heredadas de los suyos. Seguían haciendo lo que sus padres y sus antepasados habían hecho.


El melonar
Cosmito terminó su larga estancia en el cortijo y volvió al pueblo, deseaba encontrarse con sus amigos y comer pan tierno. En la campiña había vivido de lleno el trabajo, el sudor, las incomodidades y las privaciones; pero, sobre todo, había conocido la grandeza de alma que poseían los trabajadores del campo, su capacidad de sufrimiento, su nobleza, lo respetuosos que eran con todos sus semejantes, su profundo conocimiento de la tierra que labraban y su amor a la naturaleza.
Llegó a su casa y le parecía un mundo de silencio y de tranquilidad, poblado de cosas amigas. Cada rincón le hablaba de algo distinto. Había espacios entrañables que le recordaban pequeñas historias y le invitaban a la reflexión. Tenía sus sitios preferidos donde se sentía feliz en soledad. Amaba aquellas horas de paz en las que nadie le exigía nada y podía recrearse en sus cosas personales.

Sentado en el escalón de la puerta del patio, pensaba: "Parece que todo lo que he vivido en el cortijo es un sueño, pero es una ralidad cruda y dura. Está ahí, esperándome para toda la vida".

Aquella noche durmió entre sábanas, sobre el colchón de farfolla. A la mañana siguiente, amaneció arrebujado las sábanas limpias, ligeramente hundido, en el colchón que su madre le bullía cada día.
―¡Cosmito, descorre el cortinón y ven, que nos vas a ayudar a echar las moscas fuera de la casa! ―dijo su madre.

Durante el tiempo de primavera y verano, se colgaba en la puerta del patio un cortinón de tela recia, gris oscura con unas listas blancas en la parte inferior. Siempre que se abría la puerta de la calle se establecía una corriente y la ráfaga de aire hinchaba la tela como la vela de un barco. El cortinón se ponía para que no pasaran las moscas y para frenar el torrente de luz, el retriste.
En las casas de labor entraban muchas moscas. Las echaban fuera de la vivienda varias veces al día, sobre todo, a media tarde, antes de comenzar las labores de costura. Dos mujeres cogían con ambas manos unas telas amplias, con frecuencia sus propios mandiles y los agitaban en el aire de forma acompasada hasta llegar a la puerta del patio, abierta de par en par con el cortinón plegado. Despedidas las moscas, corrían la recia tela y la tranquilidad estaba servida.

Terminada la breve tarea, Cosmito se dirigió al lugar donde estaba el aparato de radio.
―¿Te vas a ir pronto al melonar? ―le preguntó su hermana desde el arco.
―Ya mismo, cuando oiga un poco la radio. ¿Quieres algo?
―Sí. Quiero escuchar los discos dedicados de Radio Jaén, que empiezan pronto.

Conectó la radio y estuvo buscando algo agrable. A los pocos minutos, decepcionado porque no encontraba nada a su gusto, la dejó y entró en su habitación para cambiarse de ropa.
Su hermana, muy diligente, se acercó al “Telefunken” y cambió de emisora en un instante. Empezaba el programa Discos dedicados y subió el volumen para que se oyera a distancia. La voz de la radio llenaba toda la casa. Los locutores leían las numerosas dedicatorias de cada canción:
"En la voz de Juanito Valderrama escucharán a continuación Madre Hermosa. Dedicada a María de la Cabeza, de Torredonjimeno, de sus hijas María y Consolación en el día de su aniversario, deseándole que sea muy feliz. Para Luisa..."

Los motivos más frecuentes de las dedicatorias eran las onomásticas, bodas, comuniones, despedidas de soldados, bautizos... había una lista de canciones con temas apropiados para cualquier acontecimiento familiar. La selección musical acompañaba a las jóvenes en el ingrato y rutinario trabajo de las tareas de limpieza.

"¡Ay, mi mare!

como un rayito de luna

regüerto con asahares.

Mare hermosa,
vieja de pena por dentro,

por fuera como una rosa.

Mare buena,

con los ojitos de novia

y la cara de azucena.

¡Qué alegría cuando

le digo a la gente:

Qué guapa la mare mía!"

.........................................

Cosmito se puso la ropa del campo, cogió su sombrero de paja, la cubeta de chapa de cinc y un saco vacío.

Salió a la calle, inundada de sol, con la sombra bien definida en una acera. Como las puertas de las casas estaban siempre abiertas y la radio la ponían con el volumen muy alto, seguía escuchando las canciones.

Muchos receptores se veían desde la calle. Estaban sobre una repisa metálica cogida con yeso en la pared, a media altura, con ligeros adornos en forma de ese. La radio funcionaba a 125 voltios, pero en algunos barrios, a determinadas horas, la corriente eléctrica tenía menos potencia y era necesario conectarle un voltímetro, el elevador le llamaba la gente sencilla. En ocasiones, las bombillas alumbraban menos que un candil.
La decoración del mueble de la radio en cada casa tenía el toque personal de su dueña. Le hacían fundas de cretonas baratas con flores, abiertas por la parte delantera a modo de cortinas. Le ponían en la parte superior un pañito de aguja de gancho y una figurita encima, en muchos casos. De esta forma lo embellecían y, a su manera, lo reservaban del polvo y de la suciedad que aportaban las moscas.
Cosmito se sentía feliz en su ambiente. Recorría las calles con sus útiles sobre el hombro y el sombrero en la mano diciendo adiós a los conocidos.
Miraba a las jóvenes que barrían, fregaban y cantaban con la radio a toda bola. Con voces destempladas, entonaban las canciones radiadas al mismo tiempo. Competían con los interpretes, excepto en las estrofas que no sabían la letra y seguían la canción con un tarareo desafinado.

Junto a él, pasó el tío del queso manchego, con su blusa larga, negra con algunos rodales pardos, cargado con una abultada y olorosa bolsa en la espalda y una pequeña romana en la mano para pesar sus ricos quesos.
En una ventana se leía en un pequeño cartel: “Se cogen puntos de medias” y detrás de los cristales se veía una mujer guapa, entrada en años, con la cabeza agachada y la vista fija en la punta de una aguja, reparando una carrera o un roto, ayudándose con un huevo de madera dentro de una media.
Dejó atrás las últimas casas del barrio alto en la salía Jamilena. Continuó andando por el camino, repleto de eras a ambos lados, donde los trabajadores se afanaban trillando y recogiendo la parva.

Al aproximarse a la caseta del paso a nivel, observó que el guardavía acababa de tender las cadenas. Se veía a lo lejos un tren que venía de Martos. Cosmito se sentó en el borde del camino y esperó que pasara la vieja locomotora arrastrando, perezosamente, unos pocos vagones de mercancías. La gigantesca mole se acercaba rugiendo y lanzando al aire una columna de humo negro por la chimenea. Todo el camino de hierro, raíles y traviesas de madera, vibraban a su paso. Pasó el tren y volvió el silencio.

Continuó hasta el melonar que estaba en el Arroyuelo. En un extremo del terreno, había un rodal con 150 plantas de tomates que cultivaban para el gasto diario y para la conserva. Cada día, bajaba al arroyo que bordeaba el melonar y subía los cubos de agua necesarios para llenar las pozas de la mitad de las plantas sembradas. Más de una vez, realizando este ejercicio, resbaló en el cellajo con la cubeta llena y acabó con su cuerpo empapado en el cauce.
Cerrando el perímetro del melonar, sembraban dos clases de plantas de maíz, girasoles y panizo. De una variedad de maíz se aprovechaba el grano para piensos y los bálagos de las mazorcas para rellenar los colchones de farfolla; de la otra, el grano se guardaba en calabacinos o en recipientes secos para hacer rosetas en las tardes de invierno. De los girasoles se disfrutaban sus grandes panochas de pipas y se guardaban sus largas y resistentes tobas para secarlas y después utilizarlas en tendederos. Del panizo, sus semillas se les echaban a los animales de corral y sus filamentos se utilizaban para hacer escobas artesanales muy resistentes y apreciadas. Las mujeres las manejaban para barrer el interior de las casas y el trozo de calle que correspondía a su fachada.

En los días de arranque en el melonar, Fernando cortaba los melones y acendrías de sus matas con su navaja melonera de hoja ancha. Los cargaban con mucho cuidado en los serones, procurando no darles golpes para que no se pudrieran. La cosecha la guardaban extendida en el suelo de las cámaras de la casa y se consumían a lo largo del otoño y parte del invierno.
Al finalizar la comida, la piel de los melones y acendrías las partían en trozos muy pequeños y los depositaban en una hermosa fuente de graná. Acto seguido, Juana llevaba al corral el suculento banquete. Las gallinas corrían desesperadas para participar en la comilona.

Si el melón era muy dulce, Fernando cogía las pepitas para simiente, las secaba al sol y las guardaba en un calabacino para protegerlas de la humedad durante el invierno.

Cosmito regresaba a su casa al atardecer, cuando el silencio se iba levantando en el campo. Salía del melonar con la cuba en la mano y un saco lleno de cerrajas y carrigüelas en el hombro, para alimentar a los conejos que criaban en el corral.

El barrio antiguo, el río y el Calvario. Año 1950

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El barrio del Puente, también llamado de la Puerta de Martos, se encuentra recostado en una ladera y coronado, en su cota más elevada, por el Castillo con sus viejas y desdentadas murallas.

En la década de los cincuenta, desde cualquier lugar de la vereda del Calvario, podía contemplarse la belleza apacible de este barrio de humildes viviendas que se deslizaba por la pendiente. Era un conjunto arquitectónico cargado de siglos, por donde pasó el Arte y dejó su impronta. El barrio descendía escalonado, adaptado a la orografía del terreno. Sus volúmenes, sencillos y con formas equilibradas, estaban bellamente distribuidos. Nada molestaba a los ojos del observador. Todos los elementos que lo conformaban se mostraban vistosamente ensamblados. Parecía una hermosa composición pictórica llena de vida, con colores armónicos, realizada por un gran artista.

Como una sinfonía de formas se veían: las casas tradicionales de planta baja y cámara con ventanas pequeñas, de fachadas encaladas y aderezadas con modestas cenefas ocre, almazarrón y otros tonos oscuros; los tejados, pardos y grises, gradualmente dispuestos; las chimeneas de variados tamaños y formas; los patios recoletos e irregulares, de tapiales encalados con derroche de cal y cubiertos por parras; los viejos edificios impregnados por la pátina del tiempo que ha dejado su huella en las piedras y yesones de sus muros, en las maderas carcomidas de sus puertas y ventanas y en las infinitas capas de cal de sus paredes; rincones típicos, con un fuerte poder evocador de tiempos más o menos lejanos, donde crecía la hierba entre los guijarros de su descarnado empedrado; ventanas que lucían macetas de geranios de variados colores, en tiestos de barro y en latas de conserva encaladas y relucientes como las paredes; calles de añejo sabor, con recovecos ancestrales, estrechas y pintorescas, que atrapaban las miradas en sus trazados, formas y detalles; calles que trepaban por la pendiente, escalonadas, con nombres entrañables: Puerta de Martos, el Puente, Amargura, Muralla, Pozuelo, Tintoreros, Cantera, Adarvejo, Tenería, Fuentecilla...
El poeta tosiriano Antonio Gómez Hueso, en un precioso escrito sobre este barrio, nos dice: "Caminad despacio. Bebed pausadamente, como el buen vino, el embrujo del lugar. No desfilan monumentales edificios, sino corazones blancos. El Puente es modesto y sólo desnuda su belleza a aquellos que aman la grandeza de la simplicidad".

En su parte inferior, el río corría acariando sus orillas, por un cauce profundo como una herida abierta en el paisaje. A la derecha, sus aguas pasaban fajando el caserío del barrio, al mismo tiempo que iban dejando atrás los molinos aceiteros, ya en desuso, que antes eran vida y ahora son historia; la calle Tintoreros, la ramonera, la vieja cantera, la acera de casas pequeñas y las míseras casillas en el terraplén, junto al puente.

En la orilla izquierda, la ladera del monte Calvario bajaba hasta el lecho del río. Cercanas al Puente, se encontraban las ruinas del molino del Calvario, resistiendo los azotes del tiempo. El edificio mantenía su robusto esqueleto de sólida fortaleza centenaria con aire romántico. Sus muros caducos y nobles, estaban cubiertos de musgos, jaramagos y plantas trepadoras. Estas ruinas abandonadas engendraban fantásticas aventuras en la imaginación de los niños.

Cuando las aguas dejaban atrás el Puente, el cauce se ensanchaba y el río se despedía del último molino de harina, cercano a las Quebradas. Sus orillas se llenaban de vegetación: álamos, chopos, eucaliptos, higueras, zarzas, cañaverales, junqueras, poleos, matagallos...

Este es un ligero esbozo del casco viejo del pueblo, del barrio más antiguo, el más singular y el menos apreciado. Los tosirianos, con su olvido y su silencio, no han sabido conservarlo.
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El Puente era un barrio de economía pobre, de mera subsistencia en la mayoría de los vecinos. El hambre se paseaba por sus calles y, sin pedir permiso, entraba en algunas casas para hacer estragos.
Las personas que lo habitaban no formaban un conjunto uniforme. Casi todos eran campesinos asalariados con buena reputación en el ambiente agrícola; otros, ejercían diversos oficios: albañiles, cabreros, zapateros, encalaores, panaeros, esquilaores, arrieros... En resumen, padres de familia, muy trabajadores, que luchaban a diario para sacar su familia adelante con dignidad, en aquellos tiempos difíciles.

Los jornaleros poco afortunados, por causas ajenas a su persona, apenas recibían ofertas de trabajo a lo largo del año. Daban una cantidad muy escasa de jornales en el campo y pasaban muchas fatigas económicas. Les rondaba el hambre, sentían el pellizco del hambre en sus entrañas y buscaban la manera de calmarla, no querían que se aposentara en sus casas.
Incapaces de vivir arrinconados, la necesidad les agudizaba el ingenio y luchaban para sobrevivir. Se transformaban en auténticos buscavidas. Conocían muy bien el campo y le arañaban cuanto podían en las distintas estaciones del año. Pasadas las recolecciones, marido y mujer, rebuscaban aceituna, trigo, cebada, avena, centeno, garbanzos...

En aquellos años de mucha necesidad, el pan era el alimento fundamental. Las esposas molían en sus casas, con una teja sobre una piedra grande, los granos rebuscados en las rastrojeras. Su harina oscura y basta la amasaban y hacían pan. Le llamaban pan negro y les sabía a gloria. Era pan integral que poseía todas las propiedades de la suma de cereales.

Los hombres se convertían en cazadores furtivos empleando liria, perchas, losetas, lazos, cepos... y, sobre todo, colocaban costillas junto a los olivos para cazar pajarillos y zorzales.
Pájaros que, una vez desplumados, los vendían a los bares de tapas, los cambiaban por pan o recorrían las calles donde vivían familias acomodadas, repitiendo en todas las casas el mismo pregón: “¿Quiere usted pajarillos?”. En la temporada de la corta, hacían picón con los ramones de los olivos. Sus mujeres e hijos, con las caras y las manos tiznadas, lo pregonaban y vendían por las calles utilizando como medida un celemín de madera. Recogían los turrillos para el fuego en los olivares recién arados. Cazaban ranas en el río y suministraban sus exquisitas ancas a un famoso bar de la localidad. Conocían los lugares donde crecían las esparragueras, les cortaban sus tiernos espárragos trigueros y hacían mostelas para rifarlas en los bares. Recogían bellotas y las asaban. Buscaban collejas, cardillos, espinacas silvestres, tetillas de vaca, alcaparrones, allozas de los almendros, higos chumbos, paloduz, madroños, moras de los zarzales, majoletas, acerolas, azofaifas... de los campos, aparentemente desnudos, sacaban productos inesperados.
La mayor parte de estos frutos los vendían los hijos. Recorrían los barrios del pueblo con sus cestas de varetas de olivo enganchadas al brazo, pregonando los frutos silvestres en las distintas estaciones del año. Su venta, apenas alcanzaba para dar de comer a la familia, daba el dinero imprescindible para ir tirando y matar el hambre cuando no tenían otros ingresos.

La Puerta de Martos era el barrio más bullicioso de todo el pueblo, se vivía mucho en la calle. Sólo había que pasearlo para observar las más variadas estampas costumbristas. Vamos a describir algunas, como si estuviéramos contemplando instantáneas fotográficas de la vida cotidiana a comienzos de la década de los cincuenta:

-Ancianos apacibles de expresivos rostros, con la piel arrugada, sentados en sillas de aneas en las puertas de sus casas, observaban los cantos del pájaro perdiz y de los colorines que saltaban en sus jaulas, colgadas en las fachadas blancas de cal. Cuando pasaba el panadero, siempre comentaban que con la harina de los viejos molinos se hacía mejor pan, más sustancioso.
Uno de los abuelos elaboraba tomiza, trenzando el esparto con sus manos huesudas.
Fumaban con el cigarro pegado en las comisuras de los labios y cuando el humo les provocaba la tos gargajosa, la ceniza caía sobre las pecheras de las viejas camisas.
Narraban sus recuerdos, todo cuanto vieron y vivieron a lo largo de sus vidas. Fanfarroneaban contando, por enésima vez, sus hazañas en la Guerra de Marruecos. Las historias de la Guerra Civil las contaban en voz baja y silenciaban, con rabia y tristeza, muchos detalles. Era tiempo de silencio.

-En las culeras de algunos edificios, se reunían grupos de mujeres mayores sentadas a la solana y protegidas de los vientos. Allí cosían, zurcían, hacían lana, labores de ganchillo… y hablaban de los acontecimientos de la familia, del barrio o del pueblo.

-Los ruidos se mezclaban con el tono elevado de las conversaciones en la calle. La gente discutía o gritaba por cosas sin importancia, se gritaba mucho.

-Las ancianas, sentadas en su habitación, descorrían los visillos y se asomaban por los postigos de su pequeña ventana cuando oían voces cercanas.

-Entre mujeres enflaquecidas, de enjutas siluetas y aire cansado, correteaban grupos de chiquillos mal vestidos, llenos de churretes. Los críos más pequeños lloraban agarrados con fuerza a las faldas de los humildes vestidos de sus madres.

-Las mujeres casadas, casi todas, vestían de negro y calzaban zapatillas en los días de trabajo. La sonrisa triste iba con ellas a todas partes. Tenían un temperamento fuerte, endurecido por la vida de privaciones que llevaban. Conservaban en el interior de su alma una gran capacidad de ternura, de madres amables, abnegadas y luchadoras. Su entorno no les ayudaba a vivir ilusionadas. Vivían recogidas en la intimidad de sus casas estrechas que, en muchas ocasiones, olían a humedad y a vejez. La realidad era dura y la escasez se hacía presente en todos los campos de la vida familiar.

-Había ropas secándose en tendederos improvisados sobre los hierros de algunas ventanas.

-En un portal, una joven acariciaba con el peine el pelo canoso de su abuela, haciéndole un moño y sujetándolo con flejes y horquillas.

-En un patio pequeño, una madre, sobre su regazo, estezaba a un niño de faldellín que no dejaba de llorar; y otra, pasaba amorosamente la lendrera por la cabeza de su hijo para arrancarle las liendres sujetas al pelo.

-Una vecina vestida con una bata vieja, parda, y un pañuelo a la cabeza para protegerse el pelo, pasaba la escobilla cargada de cal en los desconchones de su fachada.

-Un grupo de niños corría tras una pelota pinchada, chillando a cada momento, revolcándose por el suelo y dándose golpes. Otros chiquillos jugaban a la maísa, a las bolas... Se conformaban con lo que tenían, no conocían otra cosa.

-Un viejo vendedor pregonaba botijos, jarras, macetas, orcillas y lebrillos, de la repleta carga que llevaba su borrico.

-Dos muchachas venían de la fuente y caminaban sonriendo con sus cántaros de agua ajustados a sus caderas.

-El panadero aparecía en la revuelta de una calle con su asno bien cargado de pan. Recorría el barrio vendiendo bollos, panes y panetes de carrucha que llevaba en dos cajones de madera sobre la albarda. Los nenes acudían, se arremolinaban en torno a la carga y la boca se les hacía agua cuando aspiraban el aroma a pan caliente. Las mujeres salían con sus talegas o bolsas a la voz de “¡panaderooo!”, después de darse un alisón.

-El fuerte rebuzno de un burro anunciaba la entrada en el puente de una recua de animales cargados. El arriero dirigía a la hilera de borricos enteros en la dirección que le interesaba con sus gritos entrecortados. El buen hombre llevaba una hermosa vara de olivo terciada en su cintura, tras el ancho cinturón de cuero que sujetaba sus pantalones de pana raída con piezas.

-Apoyados en sus ganchas y con sus capachas al hombro, los cabreros caminaban detrás de las manadas de cabras con sus ubres bien repletas de leche, escuchando el repiqueteo de las pequeñas esquilas.

-Hombres de otros barrios iban y venían con las bestias cargadas de cántaros en las aguaeras, acarreando agua de la fuente.

La Fuentefuera era el mejor abrevadero de todos los portillos del pueblo. Sus dos caños manaban abundante agua y siempre tenían repleto el pilón. Según decían los mayores, su agua era la más apropiada para cocer los garbanzos.
Por este lugar entrañable, en las primeras horas de la mañana y al atardecer, muchos agricultores salían o regresaban del campo con sus yuntas o sus borriquillas.

Estas estampas de la vida cotidiana nos acercan o sitúan en el barrrio durante la posguerra; pero, de aquellos años, no puede omitirse ni silenciarse la presencia, en aquel medio, de muchos marginados de la sociedad, de familias que no tenían donde caerse muertas.
Un grupo de personas en la miseria absoluta, malvivía en casillas sucias, faltas de espacio, sin apenas ventilación, en las proximidades del puente y del río. Cuchitriles, tristes y sórdidos, a teja vana, que rezumaban humedad por tejados y paredes agrietadas, servían de refugio a estas desgraciadas criaturas.

Eran pordioseros envueltos en harapos, con trajes raídos de olor nauseabundo, resignados en su extrema pobreza. A mediodía, caminaban por Tintoreros hacia el comedor de la casa de Auxilio Social. Andaban como personas derrotadas, envueltos en hambre y en tristeza. Hacían cola con sus recipientes o latas en las manos, esperando recibir la sopaboba de cada día. Triste espectáculo que se repetía a diario y la sociedad lo contemplaba con indiferencia en aquellos años.
Estas personas pasaban la mayor parte del día llamando de puerta en puerta, mendigando la caridad de los vecinos. Pedían “una limosna por el amor de Dios”. Si el vecino correspondía, expresaban su agradecimiento con un “que Dios se lo pague”.
Los encontrábamos: en los canceles y puertas de las iglesias cuando había una celebración; en los zaguanes de las casas de los ricos esperando que las señoras les dieran una limosna con motivo de un acontecimiento familiar; formando cola para recibir una pieza de pan con motivo de la onomástica de algún miembro de alguna familia importante; llevando gallardetes y banderas de cofradías, delante del féretro, en entierros de tres capas para ricos hacendados; con estandartes en las procesiones... En definitiva, siempre recogían las migajas que los demás despreciaban. Se les socorría “en la caridad de Dios”.

Una tarde de primavera, Cosmito y sus amigos jugaban en el paseo de la Plaza, haciendo bailar los pequeños trompos de madera con rudimentarios látigos. De repente, se oyó una fuerte voz en la puerta del bar Regina:

―¡¡Limpia!!

―¡¡Voy!! ―respondió el limpiabotas, que estaba hablando de fútbol junto al kiosco de novelas, tebeos y revistas.

Acudió con la caja de los útiles de limpiar y un breve banquito de madera, para evitar que sus posaderas estuvieran en el suelo durante el trabajo.

Los niños dejaron el juego y se acercaron para presenciar la destreza del limpiabotas con los cepillos.

El cliente desvió su mirada del periódico y colocó un zapato sobre el reposapié de la caja. Leía las letras grandes del periódico ARRIBA y fumaba un cigarro rubio americano, Pall-Mall, de un paquete rojo que lucía en el bolsillo de la camisa.

Un pordiosero lo observaba a corta distancia esperando que tirara la colilla para recogerla.

Limpia, los zapatos tienen que brillar como si fueran de charol cuando termines tu trabajo ―dijo el cliente con tono exigente.

―¡Sí, señor! Prepárese que voy a echar la casa por la ventana.

El limpiabotas introdujo unos naipes en la boca del zapato para evitar las manchas en los calcetines. Era asombrosa la agilidad de aquellas manos manejando el enorme cepillo que iba y venía a toda velocidad; pasaba a la mano contraria haciendo piruetas en el aire. Cogía con la izquierda la caja de crema “Búfalo” y con las yemas de los dedos, de forma endiablada, untaba con betún la piel del calzado. El cepillo volvía a danzar y cambiaba de manos como una exhalación. Era un hombre espectáculo. Mientras trabajaba, parecía que huía de algo a toda velocidad. Practicaba su oficio con mucha habilidad y gozaba sintiéndose observado por un grupo de mirones. El toque final lo daba frotando los zapatos con una tira de tela hasta dejarlos con brillo cristalino.

―¡Vámonos al Calvario! ―propuso uno de los amigos cuando terminó el limpiabotas.

―Yo voy si pasamos por Lasquebrá y nos echamos por los escurrizos ―puso como condición un componente del grupo.

Nadie quería mostrarse cobarde ante el peligro propuesto. Se miraron todos y al grito de “¡¡el úllltimo…!!”, con todas sus fuerzas, salieron corriendo por las calles San Antonio y Molinillo hasta llegar al lugar.

Lasquebrá (las Quebradas) era el espacio donde se acumulaban todos los escombros de las obras y de los derribos de las casas del pueblo. La escombrera estaba cercana al caserío, en la zona más alta del terreno quebrado y variable que bajaba hasta el río. En este lugar, los hundimientos de tierra eran lentos y continuos. Pasado un corto período de tiempo, la fisonomía de su paisaje cambiaba.
En las pronunciadas laderas de los grandes montones de tierra, ripios y yesones, estaban los escurridizos para fararse. Eligieron el más largo y arriesgado, situado frente a la calle del Río.
Siguiendo la costumbre, los niños orinaban, unos tras otros, sobre el carrilico y lo humedecían para coger velocidad en la pendiente del farador. En tiempo de recolección, con un cachucho viejo recogían jamila en el desagüe de los molinos, la echaban y volaban cuesta abajo; cuando perdían el control en las bajadas, apañaban unas buenas culeras de alpechín en los pantalones.
Se divertían resbalándose y viendo cómo los compañeros perdían el equilibrio y rodaban por la cuesta.
Pronto se cansaron del peligroso entretenimiento. Atraídos por los excesivos gritos de una patulea de críos, se acercaron al trozo de tierra firme que había en Lasquebrá. Era una franja de terreno estable situado a continuación de la calle Miguel Díaz, a lo largo de las fachadas de unas casas pequeñas y varios corrales con paredones salpicados de puertas falsas.

Los chavales de la vecindad, con alegre algarabía, chillaban y jugaban felices en la estrecha explanada, con una pelota de trapo atada con tomizas que, en su imaginación, era como un balón de reglamento ―el regalo soñado y más deseado por todos los niños.
Uno de ellos, lucía un apósito sujeto con esparadrapos, en un rodal pelado de la cabeza, por descalabro; otro, llevaba un pañuelo en la frente sujetando una moneda grande de cobre, que presionaba un lobino -chichón-, untado con aceite, para evitar que aumentara de tamaño.

Dos ancianos, sentados sobre un poyo de piedra, comentaban cómo el moral cercano a la calle las Palomas, que antaño fue un árbol grande y frondoso, se lo estaba tragando el terreno y nada podía hacerse.
―¿Dónde estará todo el escombro depositado en Lasquebrá durante tantos años? ¿Qué monstruo hay en las entrañas de este lugar que todo lo engulle y no acaba de saciarse? ―se preguntaban los viejos vecinos del lugar.

El grupo de amigos se encaminó hacia el Calvario. Llegaron a la primera cruz de las estaciones del Vía Crucis, continuaron andando y vieron a Miguelillo, sentado entre matojos, embelesado y pellizcando un mendrugo de pan junto a las ruinas del viejo molino.

Miguelillo era un pordiosero que vivía en una casilla cercana al puente. Tenía unos treinta años y parecía un anciano. Su rostro era poco agraciado pero expresivo. La nariz aguileña destacaba sobre las mejillas cóncavas que lucían una barba canosa, descuidada, de muchos días. Sus ojos hundidos miraban con toda la tristeza que una persona pueda imaginar. Vestía una ropa vieja, llena de mugre y cazcarria, con remiendos y rotos enmendados con un mal cosido. Decían los mayores, que antes de la guerra era una persona respetada, trabajadora y con mucha inquietud cultural. En la contienda murió toda su familia y como secuela le quedó el abandono personal. Era, en síntesis, la imagen de la dignidad resignada en la miseria.

―¡Mirad, ahí está Miguelillo! ¿Queréis que hablemos con él? Siempre cuenta cosas muy extrañas.

―¡Vale! ―respondió Cosmito.

―¡Hola, Miguel! Cuéntanos una historieta, danos un consejo...
―No acostumbro a dar consejos a nadie. En determinadas ocasiones, me gusta recordar la frase que nos decía mi maestro en la escuela de la calle el Agua: “Camina por el mundo con la verdad aunque te haga sufrir. Procura siempre que la gente te quiera o que te odie, pero que no te olvide”... ¿Podéis regalarme un cigarro?

―Espera, voy a ver si tengo suficiente ―dijo uno del grupo sacando del bolsillo tres perras gordas y dos perrachicas. Salió corriendo hacia el barrio para comprarlo en un puestecillo que había junto a la esquina de la calle Amargura, donde vendían cigarrillos sueltos.

Volvió el amigo con un caldo gallina y Miguelillo se lo fumó con ahínco, hundiendo los carrillos en sus largas y sucesivas chupadas. Gozó, el tiempo que duró. Apagó la colilla y la guardó en una lata oxidada donde había otras esperando su hora.

―Gracias por el cigarro, muchachos.

―Miguel, ¿qué personas del pueblo te ayudan?

―Vivo de la caridad de todos los paisanos que poseen buenos sentimientos. De los mendigos se apiadan muy pocas personas. Creen que somos así porque no nos gusta trabajar y no saben que a la mendicidad se llega por enfermedad y una vez que te atrapa, es muy difícil escapar. Mendigar es una humillación y una vergüenza. Necesitamos que nos escuchen y nos atiendan para salir de este túnel que no tiene fin… precisamos una mano amiga que nunca llega ―al mismo tiempo que hablaba, metió su mano en un bolsillo de la vieja chaqueta y sacó un recorte de periódico doblado y sucio-. Os voy a leer lo que dice un pensador de nuestra época: “Cada cañón, cada barco de guerra y cada cohete es, en definitiva, un robo a aquellos que tienen hambre y no son alimentados, que tienen frío y no son vestidos. Nuestro mundo malgasta en armas no solamente el dinero, sino también el sudor del trabajador, el genio del investigador y las esperanzas de sus hijos”…
No quiero cansaros. Vivimos despreciados y morimos en soledad. El día que cerremos los ojos, nuestro cuerpo lo meterán en la más humilde de las cajas de madera y nos harán un entierro de caridad. Nos enterrarán en una fosa común con los demás mendigos, sin una tablilla que nos recuerde. Allí quedará el mísero cuerpo, abandonado, olvidado de la gente, en unos palmos de tierra cubierta de hierbajos, ortigas, cardos... Algunas personas, cuando se enteran de la muerte de un mendigo, dicen: “¡Uno menos!”. La gente de buena voluntad piensa: “Pobrecillo, ya se ha ido a descansar, que Dios lo tenga en su Santa Gloria. La ha ganado con sufrimientos y miserias”.

Se despidieron de Miguel y continuaron andando, en silencio, por la primera vereda. Pensaban en las palabras que acababan de escuchar, mientras respiraban aire limpio y contemplaban la hermosa ladera del monte poblada de pinos.

―Os lo advertí. Este hombre es muy extraño, parece que está un poco loco ―dijo el compañero que propuso el encuentro.

―Tú, si que estás loco. ¡Nene, eres tonto de remate. Tienes menos sesos que un mosquito! Nos acercamos para reírnos de su persona y él, con pocas palabras, nos hace pensar en las injusticias que hay en el mundo. Nosotros somos todavía pequeños para entender por qué consienten estas desgracias las personas mayores… Lo mejor es que no hablemos de este tema ―contestó el amigo que compró el cigarro.

Los niños guardaron silencio cuando adelantaron a unas mujeres que caminaban por la vereda rezando en voz alta.

Con frecuencia, grupos de mujeres subían al monte Calvario haciendo el Vía Crucis. Paraban y rezaban delante de las cruces de piedra de las catorce estaciones, a lo largo de la vereda que ascendía hasta la ermita. Esta tradición estaba muy arraigada en la clase humilde de la población. Cuando moría una persona, las dolientas invitaban a las mujeres de la familia, a las vecinas próximas y formaban grupos reducidos. Iban enlutadas, con sus chales en las espaldas, pañuelos negros de seda a la cabeza, bien pegados a las sienes y anudados bajo la barba. Algunas, con sus caras pálidas y sus atuendos negros parecían que estaban espirituadas, con las mortajas encima.
Entre las distintas calidades de verdes que ofrecía el paisaje de la ladera, el conjunto de mujeres destacaba con sus negros intensos y negros descoloridos, casi pardos, como sacados de una estampa de Goya o de Gutiérrez Solana.
Las rezaoras encabezaban estos grupos e hilvanaban los interminables rezos, con mucho oficio y habilidad. El recorrido de las estaciones comenzaba y las dolientas rezaban y lloraban desconsoladas al mismo tiempo. Continuaban el ascenso con toda tranquilidad, como si el tiempo se hubiese detenido para ellas. Cerca de la ermita, cuando llegaban a las últimas cruces, en ocasiones, había momentos muy desagradables acompañados de llantos y desmayos.

Estos rezos se hacían cumpliendo una promesa por el alma de un familiar fallecido, en la mayoría de los casos. Promesa que obedecía: a un sentimiento de ayuda al alma del muerto; a la interpretación de un sueño con la presencia de un ser querido; y al cumplimiento de una manda después de una sesión de espiritismo.

En las sesiones se convocaba al difunto y se establecían unas promesas por boca de la médium. Estas reuniones, aunque estaban prohibidas, se celebraban en casas particulares y tomando todas las precauciones.
El espiritismo se practicó mucho durante la guerra y los primeros años de la posguerra, porque la mayoría de los vecinos de los distintos barrios, no tenían noticias de sus familiares más próximos que marcharon al frente y querían saber si estaban vivos; o preguntaban por aquellos que, terminada la contienda, no daban señales de vida.

La primavera era el tiempo ideal para ir al Calvario, la vida volvía a todas las plantas y el aire limpio olía a pino. Pandillas de chiquillos ruidosos saltaban y se revolcaban en la hierba. Corrían fogosos entre sus veredas y matorrales jugando a Policías y ladrones.
El río y el Calvario se ofrecían como espacios abiertos donde se sentían alegres y practicaban sus aventuras. Jugaban y daban rienda suelta a sus travesuras y desarrollaban su fantasía.

Cosmito y sus amigos vivían, a su manera, las hazañas que veían en muchas sesiones de matiné de aquellas viejas películas: del Oeste, de Charlot, de los Hermanos Marx, de Tarzán, de Jaimito, de Stan Laurel y Oliver Ardí, de Fu Manchú en varias jornadas... Los chiquillos las gozaban sentados en el gallinero, en todo lo alto del primitivo cine Tosiria de la calle Perea. El gallinero se venía abajo aplaudiendo y pateando sobre las gradas de madera, si el valiente ―el protagonista― salía victorioso sobre el enemigo. En cambio, medio cine silbaba con toda su fuerza y la otra mitad gritaba “picho, picho, picho...”, si besaba a la protagonista. Eran besos inocentes que habían sobrevivido a la férrea censura de la dictadura, pero ellos los jaleaban con todas sus fuerzas.

En las aventuras que vivían a lo largo del cauce del río, protagonizaban situaciones arriesgadas y hechos disparatados, que las personas mayores no podían imaginar. Caminaban por los cellajos, entre las masas de zarzas, juncos, mimbres, escaramujos, arboledas y matojos. Trepaban por los troncos de los árboles lo mismo que las ardillas. Sin ningún miramiento, se zambullían en las aguas del río. Saltaban de orilla a orilla cuando el caudal venía crecido y soportaban que la corriente los arrastrara unos pocos metros. Se enredaban en las ramas con espinas de los zarzales y se hacían buenos sietes en las camisas o en los pantalones. Corrían entre la maleza, llenándose los brazos de jarruñones y las ropas de caíllos… Se sentían exploradores.

Descansaban sentados a la orilla, escuchando el murmullo fresco del agua que bajaba despacio. Veían las ovas balanceándose, los cantos rodados y las resbaladizas piedras cubiertas de verdín bajo el agua. Observaban las ranas que croaban en las orillas, subidas en las rocas o entre la maleza. Cogían chinas, pequeñas y planas, y las lanzaban sobre las aguas tranquilas de los remansos para hacerlas rebotar en la superficie… Todo el campo respiraba paz y tranquilidad y ellos se sentían felices.

Río arriba, caminaban contra corriente. Pasadas las orujeras, se encontraban con pequeños grupos de mujeres, con canastas de varetas de olivo, repletas de ropa, hincadas de rodillas con sus cuerpos curvados sobre sus piedras de lavar, junto a la orilla. Lavaban sus ropas en las aguas claras y limpias. Atenuaban sus esfuerzos, dialogando entre ellas, tarareando canciones o entonando coplillas como esta:
"Paso el río, paso el puente,
siempre te encuentro lavando.
¡Qué lástima de carita
que el sol te la está quemando!"
Iban vestidas con las enaguas de la aceituna y cubrían sus cabezas con hermosos pañuelos. Las ropas blancas, lavadas, las pasaban por una cuba de agua con azulete, para que blanquearan más; las tendían y secaban al sol sobre los arbustos que crecían en la orilla, en las junqueras, matojos y en las piedras.
"Aunque vayas y vengas
al río de el Cubo a lavar,
con el novio que tienes
no te vas a casar".

Había mujeres que, para ganar su sustento, acudían durante todo el año a lavar ropa de otras familias. El oficio de lavandera requería un gran esfuerzo y una salud de hierro, era muy duro y poco valorado. Este trabajo siempre acababa deformando las articulaciones de las recias y curtidas manos de las que lo practicaban.

Como tradición, muchas familias del pueblo iban al río una vez terminada la temporada de recolección. Lavaban los manteos, los sacos y cualquier ropa de faena. Todos los miembros de la familia colaboraban y procuraban pasar una agradable jornada de campo.

El jabón empleado era de fabricación casera, hecho con los restos de aceites pringosos de freír y sosa cáustica. Para los tejidos gruesos, sacos y manteos, utilizaban abundante cantidad de greda, un tipo de arcilla arenosa con propiedades desengrasantes.

Cosmito y su grupo, en una escapada fascinante, seguían remontando el río hasta llegar al molino el Cubo. El ruinoso edificio con aire melancólico y romántico, estaba en un lugar umbroso, envuelto en silencio por todas partes. Parecía que el aire y el tiempo se habían detenido para siempre. Se respiraba una quietud de siglos. Sólo se escuchaba el susurro del agua que saltaba entre las piedras río abajo.

Hechos una piña, asustados, entraban en el viejo molino. Contemplaban unas estancias desoladas, ocupadas por sombras, destrozadas por el paso de los años y el abandono de los hombres. Todo contribuía a la magia del lugar. El miedo se les metía en el cuerpo pensando en el fantasma que lo habitaba, según contaban sus mayores.

El molino el Cubo lo edificó la orden de Calatrava en el siglo XV, como consta en la cartela fundacional con caracteres góticos que hay en la fachada. Lo hizo el mismo Maestre que construyó la Torre Nueva de Porcuna. Es un molino fortaleza. Un edificio sólido con gruesos muros de mampostería y sillares en sus esquinas. Tiene dos cuerpos divididos por una imposta en forma de cornisa. En la planta baja, sus accesos están coronados por arcos. Conserva dos pequeñas ventanas enmarcadas en piedra en la planta superior. Las tejas de la cubierta han desaparecido y en su lugar crece la hierba.

El río fue, para toda la generación de niños de la posguerra, el lugar de esparcimiento donde se sentían libres y en contacto directo con la naturaleza.


A Cosmito, el campo le atraía con mucha fuerza, era donde más disfrutaba. Había heredado el cariño y la curiosidad de su padre, hacia la naturaleza que le rodeaba. Ansioso de conocer las peculiaridades del paisaje de su tierra, se reunía con sus amigos para vivir experiencias fuertes y excitantes, no exentas de una atmósfera de peligro o de miedo. Desde cualquier portillo del pueblo recorrían caminos y veredas, flanqueados de plantas silvestres. Caminaban hacia los lugares que encerraban algún misterio, riesgo o dificultad para ellos. Iban deseosos de conocer las cosas que les depararía la aventura. Como veían que salían airosos de sus andanzas, siempre estaban dispuestos a iniciar una nueva.

Con sus alpargatillas de tela, machacaban el camino de la Fuentefuera. Dirigían sus pasos hacia el cerro de la Covatilla donde vivían sus aventuras, siempre peligrosas, en cuevas y en refugios de la guerra, con sus entradas cubiertas por soberbias telarañas que lucían una admirable geometría.
Exploraban todos los escondrijos y toda clase de recovecos, corriendo y saltando entre matorrales donde crecían la retama, el tomillo, el romero, la coscoja, la aulaga… Bajaban al Bermejal y, desde el arroyo, subían por el olivar hasta las ruinas del polvorín que hicieron en tiempo de guerra.

Otros días, por el camino de Santa Ana, la Huerta de Carmelo, las Eras del Cura y el Arroyo Piojo, sus travesuras les llevaban a los Hornillos, una antigua cantera de yeso.

El lugar se veía desde el camino como el cráter de un volcán apagado. El fondo lo ocupaba una charca de agua estancada con verdes ovas, enmarcada a su alrededor por plantas y maleza. Las personas mayores, cuando hablaban de los Hornillos, contaban historias de desgracias ocurridas en la cantera. Allí habían muerto ahogados varios chiquillos. La maldición pesaba sobre tan extraño y profundo lugar. Por ese motivo, desafiando lo prohibido, todas las pandillas de nenes del pueblo bajaban a la hondonada de los Hornillos.
Cosmito y sus amigos, asustados mientras descendían, se desgañitaban dando voces y gritos que retumbaban en aquel espacio de altas paredes rocosas con tonalidades rojizas, blanquecinas, verdosas y amarillentas. Querían alejar el miedo que sentían y no encontraban otra forma de manifestarlo.
No se encontraban a gusto. Tenían la sensación de estar encerrados en un pozo de gigantescos muros. Sentados cerca de la charca, miraban su agua quieta y con mucho verdín. Arrojaban pedruscos y patucos de distintos tamaños para escuchar como respuesta un ruido sordo y un sonido profundo. Poseídos por el miedo, ninguno se acercaba.

Otra aventura atrevida y temeraria era la visita a un viejo refugio de la guerra que estaba junto al pilar de la Fuentefuera. Un largo túnel excavado en la tierra, abovedado, que iba curvándose lentamente buscando otra salida. Procuraban entrar con las narices tapadas porque, en los primeros metros, tenían que sortear una gran cantidad de excrementos humanos adornados con infinitas moscas y un olor nauseabundo. Llevaban como antorchas las suelas viejas de las alpargatas de tela. El encendido lo hacían en el interior del refugio donde la luz agonizaba. La llama era inquieta, vacilante, insegura y creaba una atmósfera misteriosa y enigmática, acompañada de una intensa humareda maloliente. Lo más emocionante del trayecto era subir a gatas por un montón de tierra, fruto de sucesivos desprendimientos, que casi cerraba el espacio del refugio. Retrocedían muy despacio para alargar de esta forma el recorrido. Esto les hacía sentirse pequeños héroes de cine cuando salían al exterior.

Entre risas y bromas, más contentos que un niño con una zambomba en un día de matanza, bebían agua en la fuente, borraban de sus caras los churretes del humo de la antorcha e intentaban amansar los remolinos, mojando sus pelos que parecían leznas.

Subían por la trocha hasta el pinar del Calvario. Sentados en el suelo, sobre la capa agujas de pino, de color sepia, extendidas en la tierra como una alfombra, respiraban el olor de las ramas y de la resina que transpiraban los troncos. Rodeados de aquella atmósfera agradable, contemplaban un bello y lento atardecer con formas envueltas y vaporosas.

En la torre de la iglesia empezaba a sonar el último toque de las campanas que llamaba a los fieles para el rezo del Santo Rosario. Al mismo tiempo, una bandada de golondrinas y otros pájaros, levantaba el vuelo desde los tejados y dibujaban en el aire infinitas filigranas con sus incesantes evoluciones.

Era una bellísima postal de aquel momento del día. Una estampa fugaz presidida por el sobrio y elegante templo de San Pedro y el viejo Castillo con sus agonizantes murallas, doradas al atardecer, coronando el barrio antiguo de Torredonjimeno.
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