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Hacia el cortijo
La campana de la Torre del reloj dio cinco toques lentos, sonoros y el aire los llevó a todos los barrios de Torredonjimeno. Eran las cinco de la madrugada de un día de junio de 1952.
―¡Cosmito, despierta! ¡Que nos vamos! ―dijo Fernando, con recia voz.
Despertó, pero su cuerpo se resistía a levantarse. Pasado un breve espacio de tiempo, entró Juana en la habitación y con palabras cariñosas repetía:
―¡Venga, hijo mío, que se hace tarde, vístete!
Apenas podía abrir los ojos. Su cuerpo se negaba a incorporarse pero tenía que hacerlo. Le esperaba una larga caminata hasta llegar al cortijo.
―¡Vamos, hijo! Es preferible andar con el fresquito de la aurora.
―¿Por qué madrugan tanto los hombres del campo? ¡No lo entiendo! ―preguntó con voz apagada, sentado en el borde de la cama y vencido por el sueño.
―Ya lo entenderás. La vida te lo irá enseñando paso a paso. Ahora sólo tienes once años
―contestó su madre con ternura, acariciando a su hijo con la mirada.
Se puso de pie, estiró los brazos, se rascó en la cabeza y fue hacia el lavabo de madera que estaba en un rincón de la habitación. Era el viejo lavabo que compraron sus padres cuando se casaron en los años veinte. Un sencillo mueble de madera de estilo modernista con formas airosas y proporcionadas.
―¡Mama! ¡No hay agua! ―gritó cuando vio que la jarra estaba vacía.
―Ya voy, hijo, espera un momento ―respondió Juana con voz dulce y fresca desde la habitación contigua.
Su madre, siempre estaba dispuesta a ayudar y a dar cariño a sus hijos, incluso en las cosas más sencillas. El amor hacia su familia ocupaba todo su ser y daba sentido a su vida.
Cogió la jarra y fue a la cantarera, que estaba en el hueco de la escalera. Quitó el corcho que tapaba la boca del cántaro y lo inclinó. El agua salía a borbotones y llenó el recipiente en un instante.
Cosmito se lavó ligeramente la cara. Como no llegaba al espejo, lo inclinó para peinarse. Mojó los pelos de sus dos grandes remolinos que provocaban la guasa de los amigos y de las personas mayores de la familia. El remolino delantero, sobre la frente, formaba con el flequillo una magnífica visera que le daba sombra a sus ojos en los días de sol; el trasero, parecía una mata de esparto, en la parte posterior de la cabeza; en ambos, los pelos pugnaban por escaparse y le adjudicaban pinta de travieso.
―¡Cosmito!... ¡Que es la hora!
―¡Ya salgo, me estoy calzando!
En un instante se puso las alpargatas de tela con suelas de goma y las sujetó a sus pies con cintas atadas junto a los tobillos.
Fernando lo tenía todo dispuesto. Había preparado a Salerosa, su borriquilla de color gris, no muy grande, bien esquilada y valiente para el trabajo. Esperaba en la puerta con el cabestro atado a una anilla de hierro. Llevaba puesto todo su atalaje: jáquima con ligeros adornos, albarda cinchada al cuerpo y un buen serón de pleitas de esparto donde se repartía la carga en ambos cogujones. Las herramientas y útiles de trabajo, en uno; los alimentos que consumirían durante la estancia en el cortijo, en el otro.
Iniciaron la marcha en aquella madrugada estrellada y serena. Cuando iban por la calle San Antonio, las pisadas del animal rompían el silencio golpeando el duro granito del pavimento con los cascos herrados. Cosmito andaba callado y pensativo, se sentía extraño en medio de tanta soledad. La calle le parecía distinta con los comercios y casas cerradas.
El aroma inconfundible a pan recién cocido, tierno y caliente, llegaba a sus sentidos al pasar por la esquina de la calle Molinillo, junto a las escuelas. De un balcón, abierto de par en par, se escapaban estruendosos ronquidos con altibajos y paradas en seco. Por la pequeña ventana del bodegón salía un fuerte olor a vino derramado.
El viejo edificio del bodegón fue la capilla de San Antonio de Padua antes de la guerra. Conservaba sus recios muros y su primitiva techumbre de madera. En la fachada, lucía una puerta grande de madera vieja, carcomida, con clavos de forja, enmarcada por una discreta portada de piedra cincelada, encalada, con una hornacina vacía sobre el dintel, donde hubo una imagen de San Antonio hasta 1936.
Más adelante, en el breve jardín de una casa que hacía rincón, había un jazmín que perfumaba la calle con su fragancia.
En la madrugada, la luna llena iluminaba las calles y plateaba las fachadas de cal. Cosmito caminaba junto a la borriquilla y contemplaba bellas estampas con formas armónicas favorecidas por la suave luz.
Parecía que todos los elementos arquitectónicos porfiaban por mostrar sus encantos con armonía sosegada. Cosmito los miraba ensimismado como algo nuevo.
Llegaron al portillo de San Roque y acercaron la borrica al viejo pilar de agua salobre para que saciara su sed. El pilón estaba cubierto de ovas. Sus filamentos ascendían a la superficie balanceándose como cabelleras al viento. Se movían acompasados con el rumor relajante del agua que salía de los dos caños.
―Ya estamos en la carretera. Ahora, con buen paso, llegaremos al cortijo antes de que haga calor
―dijo Fernando.
Envueltos en silencio, padre e hijo, andaban y dejaban atrás los espacios abiertos de las tierras del rueo donde se sembraban cereales y leguminosas. Pasados unos minutos, se hallaban inmersos en el paisaje ondulante de campos subrayados por filas de olivos que subían colinas y montes, en perfecto orden, como un ejército, hasta donde la vista alcanzaba en el horizonte.
Desde la carretera, veían frente a ellos la ermita de Nuestra Señora de Consolación. Unas esbeltas palmeras elevaban sus troncos junto al santuario como antorchas plateadas. El templo parecía un reluciente cofre de luz nacarada sobre la ladera del río.
En él, desde hace siglos, la Virgen recibe a los corazones con fe que acuden a dar gracias por los bienes recibidos o a implorar ayuda en los momentos difíciles. Nuestra Madre, siempre tiene extendido su manto de verde oliva sobre la campiña tosiriana, con las súplicas de sus fervientes hijos bordadas con hilos de amor.
La carretera continuaba y se abría paso entre los olivos. Atravesaban las tierras pardas y rojizas de un campo desigual.
Los dos caminantes pasaron junto a la Cruz de Pedro Chincoya. Con paso más vivo, iniciaron la bajada de la cuesta del Barranquillo, en medio de la campiña dormida. Los viejos olivos de troncos retorcidos situados en el borde del cellajo, parecía que se les venían encima. Cosmito los miraba y pensaba en las fuertes raíces que los sostenían en aquel áspero desnivel.
En la hondonada, el río venía dando rodeos, regateando entre olivos. Se escuchaba el suave rumor del agua con su música triste, que transcurría ajena a cuanto le rodeaba. El aire movía levemente las hojas de los esbeltos chopos y cañaverales que le acompañaban en su caminar y, al mismo tiempo, dibujaban el curso serpenteante de su cauce.
Al salir de una curva, divisaron el puente con sus tres ojos. Protagonizaba una bella estampa romántica. "¡El puente, por allí hay que pasar!", pensaba Cosmito, al mismo tiempo que oía a lo lejos, en medio del silencio, algunos aullidos de perros y el ulular de un búho. El lugar sombrío y solitario le recordaba la leyenda del fantasma del Barranquillo que corría, de boca en boca, en el pueblo:
“Siempre se aparecía de madrugada. Tenía el aspecto de un hombre vestido con ropas poco definidas. Cuando se presentaba, no apoyaba los pies en el suelo y en raras ocasiones se dirigía a los caminantes”.
No pudo evitar que su cuerpo sintiera escalofríos mientras cruzaba el puente. Caminaba receloso. Cuando se alejaba, volvió la cabeza, vio que todo estaba en calma y empezó a tranquilizarse.
Observaba a su padre y veía que andaba muy tranquilo. Aceleró el paso y se puso a su lado sin pronunciar palabra. Ahora, se sentía seguro.
Su padre era el mejor árbol donde cobijarse. Un hombre enérgico en el trabajo, honrado, bondadoso y respetuoso con los demás. Su serenidad le daba confianza. Lo quería con devoción y procuraba imitarlo, porque de mayor deseaba parecerse a él. Fernando poseía, por naturaleza, esa bondad y franqueza que otras personas intentan tener y que nunca logran porque esas virtudes las concede Dios.
-Hijo, no tengas miedo. Aprende a ser fuerte.
―Papa, ¿nunca has sentido miedo en este lugar?
―Yo, no. Los muertos no me dan miedo, descansan en paz. A quienes hay que temer, es a algunos vivos. La idea del fantasma ha calado porque hay gente ignorante y supersticiosa.
―Entonces, ¿cuándo se empezó a hablar de la aparición en este lugar?
―Los más viejos del pueblo dicen que desde hace siglos. Siempre ha sembrado el miedo en la mayoría de las personas que pasaban de madrugada por este paraje. Los trabajadores que creen estas historias, si no hay una causa muy urgente, no se mueven del cortijo en toda la
vará.
Como sabía que a su padre siempre le quedaba alguna anécdota en cualquier rinconcillo de su memoria y le fascinaba todo lo que contaba, esbozando una ligera sonrisa, le preguntó:
―¿Conoces alguna historia rara o graciosa que haya sucedido en este lugar? ―preguntó Cosmito, esbozando una ligera sonrisa.
―Cuentan los viejos campesinos que, antes de la guerra (1936-1939), un paisano tenía una camioneta muy deteriorada y se ganaba la vida dando pequeños portes. Salió del pueblo, una madrugada que amenazaba lluvia, transportando un ataúd para recoger el cuerpo de un labrador que había fallecido en un cortijo de la Torre Alcázar. En la cabina le acompañaba un familiar de la víctima.
Al pasar por San Roque, el conductor vio a un trabajador con su talega de la comida al hombro y le dijo:
-Amigo Antonio, ¿dónde vas?
-Al cortijo de las Pardillas -le respondió.
-Súbete atrás y no te preocupes, la caja va vacía.El vehículo corría cuanto podía, acusaba los baches del asfalto con mucho estrépito y crujidos de chapas. Estaba viejo y agotado, escupía por el tubo de escape pequeñas explosiones acompañadas por el repiqueteo de sus piezas desajustadas. El motor se paró y el dueño se bajó echando por su boca algunas maldiciones porque creía que se había escacharrao.
Se colocó delante del radiador dando vueltas y más vueltas a la manivela, hasta que arrancó el armatoste.
Empezó a caer una ligera llovizna y el amigo Antonio, sentado frente a la caja, razonó de esta manera:
-Me meteré dentro y así no me mojo, porque el camino es largo.
Amoldó su cuerpo, cruzó los brazos y puso la talega sobre su pecho. Dejó una rajita muy pequeña para poder respirar. Se sintió cómodo y con el traqueteo de la camioneta, sin darse cuenta, se durmió.
Al comenzar la cuesta del Barranquillo, el chófer paró nuevamente, subió a dos trabajadores y coincidió que uno de ellos se llamaba como el atrevido Antonio que, en ese momento, dormía dentro de la caja.
-Amigos Antonio y Cosme, ¿dónde vais?
-A los Villares -respondieron.
-Subíos atrás y no os preocupéis, el mueble va vacío.
En los primeros instantes sólo vieron un bulto largo y negro en medio de la oscuridad. Se sentaron frente a él y lo miraban con extrañeza, hasta que lo reconocieron:
-¡Es el ataúd de un muerto! ¡Si lo sé, no me subo! -dijo Cosme con cara de asombro.
-¡Mal comienzo hemos tenido hoy! Mala compañía llevamos para cruzar el Barranquillo. Si ahora se oyera o se viera algo extraño, del susto me lo hacía en los pantalones. ¡Siempre que vengo a excuso me pasa algo, tengo el cenizo! -contestó Antonio, que era muy supersticioso.
-¡No seas exagerao! -exclamó Cosme, al mismo tiempo que sacaba la petaca y el librete del papel de fumar para liar un cigarro y apaciguar el resquemor que sentía en la garganta.
-No lo puedo remediar, en asuntos de muertos soy un cagueta -respondió Antonio, con voz entrecortada.
-Vamos a tranquilizarnos que ya hemos pasado el sitio malo. ¡¡Antonio!! ¿Quieres un cigarro?” -dijo con voz enérgica, acercándole la petaca e intentando darle ánimos.
El Antonio que estaba dentro de la caja, al escuchar su nombre y el ofrecimiento, despertó. Levantó la tapa del arcón, sacó la cabeza y respondió con fuerte voz:
-¡No, gracias. Me han quitado del tabaco!
Gritando de miedo, con las caras descompuestas y las piernas temblando, saltaron desde la camioneta y corrían con todas sus fuerzas y con el susto que llevaban dentro.
―¡Que buena historia! A mí no me hubiera gustado ser uno de ellos en ese momento ―respondió Cosmito.
Pasaron por la fábrica de aceite de las Casillas. Remontaron una cuestecilla y, al fondo, aparecieron las tierras del Pilar de Moya en el corazón de la aparente y engañosa uniformidad de la campiña.El trazado recto y prolongado de la carretera era el eje de una vasta panorámica de paisajes de colinas y llanuras.
Despuntaba el alba y el caserío de los cortijos de los Villares recortaba su silueta sobre el azul y rosa de la aurora. Una suave luz iba inundando de formas y colores los campos con armoniosa serenidad. En la lejanía, en la atalaya del horizonte, como un regalo para la vista, se divisaba Porcuna sobre un elevado cerro que la convertía en eterna vigía de la campiña.
Cosmito miraba a todas partes, descubría paisajes de bellos colores y escuchaba el canto de los abejarrucos, jilgueros, abubillas, tórtolas… era un momento tan singular como el que describe Juan Ramón Jiménez en su “Ángelus” de Platero y yo. Contemplaba y disfrutaba la grandeza de aquel amanecer en las hermosas tierras que posee el término de Torredonjimeno.
El cortijo
Dejaron la carretera y entraron en el carril del cortijo. Amplias extensiones de cereales se ofrecían a sus ojos como una explosión de luz y color. Un espléndido manto dorado cubría colinas, vaguadas y llanuras. Trigales maduros, empapados de sol, esperaban la hora de su siega. Numerosas encinas centenarias, esparcidas sobre los campos de mieses, proporcinaban variedad y armonía al conjunto con sus verdes solemnes.
Cuando estaban próximos a la hacienda, escuchaban los ladridos de los perros que anunciaban su llegada.
Cosmito conocía el cortijo desde hacía años. El edificio estaba sólo en medio de una extensa y rica campiña. Delante de su fachada había un espacio con empedrado tosco y descuidado. Miraba a las eras, donde los hombres se afanaban cosechando los cereales. Era grande, con planta baja y cámaras, y sus paredes enjalbegadas de abundante cal, con anchos patios, espaciosas cuadras de muchos pesebres, un pajar enorme y graneros.
Por la puerta de entrada se accedía a la estancia principal de la vivienda, de suelo empedrado y con la chimenea al fondo. En ese lugar comían y convivían los trabajadores durante su escaso tiempo de descanso.
Una hermosa cantarera se alojaba en un hueco excavado en el grueso de la pared. Estaba conformada por varios estantes con palos de madera que aguantaban las hileras de cántaros limpios y llenos de agua, tapados con corchos circulares atados a las asas con una tomiza.
Un largo gancho de hierro, sujeto al techo, sostenía un buen botijo de verano repleto de agua fresca en el centro de la estancia. Tenía el pitorro protegido por una corona de hojalata de afiladas puntas para evitar que las personas acercaran sus bocas.
―¡El botijo! El verano pasado no podía con él. ¿Tendré fuerza este año para beber sin ponerme chorreando? Ya he aprendido a sostenerlo y a empinarlo para beber
a caño como los hombres ―dijo Cosmito mirando al frente.
―¡Caserooo! ¿Dónde andas, Miguel?
―¡Voy, espera un momento! ―se oyó la voz lejana del casero. Un hombre bueno, apreciado por todos los trabajadores, servicial y amigo de sus amigos.
―¡Dios te guarde! ―dijo Fernando, después de breves instantes de espera.
―¡Venga usted con Dios! Me habéis cogido curioseando los patios de los animales, con Zotal ―respondió Miguel, que llevaba en la mano un cubo lleno de un líquido lechoso, blanquecino y maloliente.
―¿En qué cámara nos podemos alojar?
―Hay espacios vacíos en la que da al primer patio.
Fernando empezó a descargar los avíos y las herramientas de trabajo. Cosmito observaba, a cierta distancia, lo que hacía Miguel.
El casero se lavó las manos y dirigió sus pasos hacia la chimenea. Le esperaba una buena colección de pucheros de barro de todos los tamaños, donde aviaba la comida de los trabajadores.
Formaban una amplia curva junto al rescoldo de un fuego lento y constante. Levantaba la tapadera y el vapor se elevaba, desaparecía en el aire y perfumaba el ambiente con el aroma de la comida. El olor era muy rico. Los alimentos seguían hirviendo, despacio, con infinitas burbujas. El casero iba probándolos con una cuchara de madera. Sacaba uno o dos garbanzos y un poquito de caldo humeante; acercaba la cuchara a su boca, le soplaba varias veces, sorbía el caldo, ruidosamente, y los cataba. Los retiraba o acercaba al fuego, según su grado de cocción, y les echaba sal, si era necesaria. Con un cazo pequeño, a todos les agregaba agua caliente de una olla grande de barro, que barbotaba en un extremo de la chimenea.
―Miguel, este
chisco tan aplastado y sin llamas, ¿qué nombre tiene? ―preguntó Cosmito.
―A esta modalidad de fuego le llamamos una
pava. Se hace solamente en verano. Arde muy lento y da calor suficiente para cocer la comida. En otoño e invierno, el fuego es distinto. El
chisco de palos de olivos se hace con abundante leña, da mucho calor y cumple otras funciones: caldea el cortijo, se cuecen las comidas en los pucheros, los trabajadores colocan la sartén sobre la
estrébere y hacen migas,
carneretes, fritos...
―¡Cosmito, sube! ―dijo Fernando con fuerza y su voz reverberó en el cortijo.
―¡Voy, papa!
Subía los escalones de la estrecha escalera de dos en dos. Una bofetada de olor a sudor fuerte y agrio le vino a la cara al entrar en la cámara, pero pronto se familiarizó con el ambiente.
La estancia era grande y austera. Tenía dos ventanas pequeñas con barrotes de hierro y postigos de madera, siempre abiertos, que daban al patio de las cuadras. En sus paredes encaladas había muchas estacas de palos de olivo sujetas con yeso. Sostenían las cestas de los avíos y la ropa de los trabajadores. Sobre el suelo de yeso, espaciados y alineados junto a las paredes, estaban los colchones rellenos de paja con un almohadón o un simple cabezal. Cerca de un rincón, había elegido Fernando el sitio para dormir y las dos estacas para colgar la ropa y las talegas con la comida.
Los panes que llevaban para varios días, el casero se los guardó dentro de una orza de boca ancha, cubierta con un paño húmedo y una tapadera de madera; de esta manera, no se endurecían. Si dejaban un trozo olvidado en la talega, al día siguiente era un mendrugo duro como una piedra. Mendrugo que nunca se tiraba, se ponía en remojo y se utilizaba en el gazpacho.
―Coge los dos jergones vacíos que nos vamos al pajar.
Metieron la paja suficiente en su interior, los trasladaron al lugar elegido en la cámara y los colocaron sobre el suelo. Extendieron la paja dentro de las fundas rústicas de tela gruesa e hicieron el intento de bullirla. Pusieron una manta ruana sobre el colchón y un almohadón en la cabecera. Todo quedaba dispuesto para descansar por la noche.
―Espérame abajo. Voy a preparar la talega para la comida de mediodía. Ya mismo nos vamos al trabajo ―dijo su padre.
―De acuerdo, allí te espero ―contestó Cosmito, que en ese momento miraba a las ventanas por donde se colaban los cacareos de las gallinas, los gruñidos de los cerdos, los balidos de las ovejas, y los ladridos de los perros... perfumados con un inconfundible tufillo a Zotal.
Bajó a la puerta del cortijo, se puso el sombrero, se sintión cansado y se sentó en el escalón. Miró a la borrica y vio que estaba a la sombra con el ronzal amarrado a una anilla de hierro.
En ese momento, llegó el zagalico, el aguaor de los segaores, subido en una borriquilla con dos cántaros vacíos en las aguaeras. Venía a llenarlos para la cuadrilla de hombres que estaban en el tajo de la siega.
Era una mañana de calor sofocante, de luz cegadora. Ahora entendía por qué habían hecho el camino de madrugada. La calina era insoportable. Se oía el sonido constante y cansino de las chicharras como música de fondo. Para frenar el torrente de luz, entornaba los ojos y, mirando entre pestañas, observaba el ajetreo de los hombres en las eras.
El conjunto se veía como una preciosa estampa costumbrista. Todo quedaba envuelto y velado por los tonos dorados de la paja. Trabajar en las eras, de sol a sol, un día tras otro, era muy duro. En la más cercana, los jornaleros con sus horcas emparvaban y distribuían, uniformemente, los haces de trigo recién segados; en otra, habían enganchado la yunta a la trilla y daba interminables vueltas sobre la mies.
El joven trillero, con sombrero de paja bien sujeto, iba sentado en una silleta fijada a una plataforma de madera. Llevaba las riendas de la yunta en una mano y con la otra, restallaba el látigo haciéndolo crujir; al mismo tiempo, entonaba canciones que le ayudaban a estar bien despierto en aquel asaero:
“Aprieta mula torda,
ve más ligera,
que la mies espera
junto a la era".
Con ritmo cansino, los mulos seguían dando vueltas sobre la parva crujiente y cálida, hasta que las espigas desnudaban el grano y la paja quedaba triturada.
En la era más lejana, un grupo de campesinos aventaban la mies en un pez de paja y trigo que cruzaba toda la superficie empedrada. Los hombres, metidos a media pierna, tenían las camisas sueltas, pañuelos grandes atados al cuello y sombreros de paja con una cinta cosida para no perderlos con el aire. Con sus biergos elevaban a buen viento la mezcla de paja y trigo para separarlos.
Los muleros venían junto a sus yuntas de mulos vigilando las cargas. Llegaban a las eras barcinando los haces desmelenados de espigas de trigo en sazón, sobre las narrias de madera.
Sus rostros tenían la huella seca y dura del largo estiaje que aguantaban sus cuerpos, caminando por rastrojos ásperos como cepillos de raíces. Sudaban por todo el cuerpo. Protegían sus cabezas con sombreros de paja teñidos por el sudor y festoneados de salitre.
Las camisas las llevaban sueltas por encima de los pantalones con la esperanza de que el aire les refrescara. Descargaban los haces, los apilaban y regresaban al tajo de siega para volver a empezar.
―¡Ffff... Qué calor, cae un sol de justicia! ¡Qué calmazo! ―gritaba un mulero, mientras pasaba su mano por la cara con barba de varios días, empapada de agrias gotas de sudor que resbalaban desde su frente.
Penosa y dura era la tarea de los muleros. Dormían en los poyos de las cuadras sobre jergones de farfolla para cuidar las yuntas de mulos. Su destino era el cortijo, la yunta, la tierra, aquellos olivares y aquellas hazas, durante todo el año.
―Cosmito, vámonos al tajo.
Callado y pensativo cogió el cabestro del animal y, dando un tirón, empezó a andar lentamente la borrica. La llevaba de reata por el camino polvoriento flanqueado por hierbas y cardos borriqueros, secos.
A lo lejos, se oía la voz de un segaor entonando un cantar que sonaba como un quejío, en aquellos campos agostados:
“Una pena lenta y mala
se llevó a la madre mía.
Hasta la cama temblaba
oyendo lo que decía”.
La cuadrilla de segaores cortaba con sus hoces el trigo espigado y maduro, y levantaba una leve polvareda que iba mezclándose con el abundante sudor de la piel. Con sus cuerpos arqueados, presos de fatiga y cansancio, segaban con calor sofocante hasta acabar extenuados, esgavillaos ―decían ellos― en los atardeceres de cada jornada.
Llegaron al pujá ―unas dos fanegas de tierra calma― y Fernando observaba en silencio los rodales que había que coger primero. Colocaron el hato junto al rastrojo de la linde, debajo de un enorme chaparro de recio tronco y ramas grandes y espesas.
―¡En el nombre sea de Dios! ―dijo Fernando, cuando arrancaron las primeras matas de la siembra, siguiendo la tradición de la recogida de una nueva cosecha.
Después de unas horas de trabajo se sentaron a la sombra de la centenaria encina para preparar la comida. No corría una gota de aire. Una intensa flama se elevaba de las rastrojeras en el sofocante calor de mediodía. El sol calcinaba las tierras, ardía el campo a esa hora. Se oía, sin cesar, el zumbido de las chicharras y el arrullo soñoliento de las tórtolas, que ponían su cansina música de fondo a un día que parecía interminable. El bochorno pesaba como una losa sobre el paisaje, los animales y las personas.
Cosmito sacaba del bolsillo su pañuelo, con frecuencia, y secaba el sudor que chorreaba de su frente.
―¡Como continúe este calor, fenecemos! Vamos a hacer un galiano. Coge el dornillo y enjuágalo con agua de la botija.
―El agua está caliente como el meao... ¿Me dejas que machaque los ajos y la molla de pan con la maja de madera?
―Sí. Májalos bien, con una poca sal gorda que está en el calabacino. Los tomates y los demás ingredientes, los iremos echando con mucho tiento. En esta comida, como en el gazpacho, el buen resultado está en la paciencia que tengas para hacer un majado lento, sin prisa, de los componentes y en el acierto al mezclarlos. A los hombres del campo no nos gustan las comidas insulsas, deben de estar un poco saladas, porque necesitamos reponer la sal que perdemos con el sudor.
―¡Hale, vamos a comer! ―decía Fernando, mientras cogía un panete entero, lo besaba, lo apoyaba en su pecho y con la navaja cortaba dos hermosas rebanadas.
―¡Qué rico está el mojete! ―gritaba Cosmito, al mismo tiempo que intentaba alejar con las manos a unas moscas cansinas.
―A buenas ganas no hay pan duro ni comidas malas. Come tranquilo y no seas isonrible.
A Cosmito se le caían las sopas dentro de la comida e intentaba sacarlas con la navaja.
―Hijo, mírame y atiende. Procura hacerlas bien, porque cuando comas con una cuadrilla en el cortijo, no te van a permitir que busques la sopa en el lebrillo.
Finalizada la comida, el padre allanaba un poco de terreno y se disponía a echar un coscorrón. Al momento se dormía. Cosmito se acostaba panzarriba en la tierra para falagar la comida y ponía el sombrero de paja sobre su cara, imitando a su padre; así, se protegía de las moscas y de toda clase de insectos impertinentes que no dejaban de zumbar durante el resistero de la siesta, pero tenía que soportar el olor a sudor entraquinao en la paja del sombrero. No cogía el sueño porque los terroncillos y las piedrecillas se clavaban en todo su cuerpo y no conseguía relajarse. Pasado un tiempo, vencido por el cansancio se quedaba frito.
―¡Vamos, que la siesta ha terminado!
Su padre le cortaba el sueño en lo mejor. Despertaba y no podía moverse, le dolían todos los huesos, sentía todo su cuerpo escualdrajao.
Con todo el rigor del calor empezaban la tarea por la tarde. No daban de mano, hasta que la sombra del chaparro se alargaba y debilitaba sobre el rastrojo. El crepúsculo les traía el descanso físico a sus cuerpos destrozados, al final de una interminable jornada de briega. Sus ojos se relajaban después de un largo día de luz cegadora. Recogían el hato y volvían al cortijo por las mismas veredas y caminos, deseando llegar para dar descanso a sus huesos.
Una nube de polvo, pegada al suelo, anunciaba a lo lejos la proximidad de un rebaño de ovejas. Avanzaba por el camino pedregoso y polvoriento al compás perezoso de las esquilas. Caminaba hacia los rastrojos a pastar durante la noche. El pastor encabezaba el tropel huyendo de la polvareda. El buen hombre llevaba un sombrero viejo y sudado, la capacha en bandolera sobre una camisa marcada por el sudor de muchos días y se ayudaba al andar con una austera gancha.
La puerta del cortijo, recién regada, estaba muy animada. Había hombres que charlaban y fumaban sentados en los poyos blanqueados de cal; otros, se lavaban para quitarse el olor a sudor y a penuria, lo hacían de la única manera posible: sacando del pozo un cubo de agua fresca. Querían desprenderse del sudor pegajoso que llevaban consigo; les disgustaba la fortaleza de su propio olor. Desnudos hasta la cintura, con las piernas abiertas y el tronco encorvado, a manotazos nerviosos, con ambas manos, refrescaban sus cuerpos. A gañafadas, encontraban consuelo después de tanta suciedad acumulada... A voces, jaleaban el consuelo que sentían con el agua fresquita. Un campesino, mientras se secaba, entonaba este cantar:
"No te cases con viejo
por la moneda.
La moneda se gasta
y el viejo queda."
Las camisas tenían empapado tanto sudor, polvo y salitre, que parecían almidonadas. Las ponían en el suelo y se quedaban de pie como pequeñas tiendas de campaña. Sus manchas hacían formas singulares y espontáneas que simulaban abstracciones.
Un joven, con brocha y jabón, terminaba de enjabonarse su barba de varios días y se disponía a sacar de un estuche la maquinilla de afeitar y una cuchilla "Palmera oro", acanalada.
Algunos, Hacían los preparativos para cenar al aire libre, a la hora de la fresca, al anochecer, todo se hacía de forma reposada a la luz de la luna.
―¡Dios os guarde! ―saludó Fernando.
―¡Vengan con Dios! ―respondieron varias personas al mismo tiempo.
―¿Queréis comer? ―decían, por cortesía, los que iban a empezar a cenar.
―¡Gracias, que aproveche! ¡Que siente bien! ―respondían los de alrededor.
A los hombres del campo les gustaba saludar a las personas cercanas, escucharlas en silencio y hablar lo necesario. Casi todos los campesinos eran personas de largos silencios. Cuando dialogaban, alargaban el tiempo entre la pregunta y la respuesta para sentir el silencio. Siempre economizaban las palabras. Habían aprendido a callar para escuchar, para instruirse.
―Fernando, preparaos que esta noche cenáis carnerete con nosotros ―dijo el manijero de la cuadrilla de siega.
A Cosmito le agradaba la idea de comer con los segaores, los conocía y eran muy amables con él. A lo largo de la comida decían cosas muy graciosas y algunas barbaridades. Sólo le preocupaba los posibles fallos al mojar en la vianda. Esa tarea no la dominaba. Había verdaderos expertos en ese menester dentro de la cuadrilla; hombres veteranos de muchos años en los cortijos que arrebañaban hasta las últimas partículas en la fuente.
Todas las noches cenaban
Carnerete. El componente más importante de esta comida era la patata, que se freía a fuego lento. En un mortero machacaban un picatoste, unos ajos enteros, asados o fritos, orégano, sal y
la carterica para darle color. Ponían un poco agua a los ingredientes machacados y los agregaban a las patatas. Cuando la vianda empezaba a hervir la retiraban y la servían. En este plato la carne sólo aparecía en el nombre.
Colocaban el lebrillo de barro vidriado, con la comida, sobre la mesa, junto a la puerta del cortijo, para comer al fresco.
Los hombres de la cuadrilla, de cuerpos huesudos, fuertes y duros, y rostros pasados a fuerza de soles, con camisas y pantalones raídos y remendados, acudían y se situaban alrededor de la mesa. Sacaban de los bolsillos sus navajas grandes con cachas de hueso y las limpiaban para iniciar el sopeteo. Cortaban sopas de pan y las pinchaban con la punta de la navaja. Mojaban en la comida, la llevaban la la boca y daban dos pasos atrás. Cosmito se esforzaba en hacerlo bien pero no llegaba a hartarse. Cuando se le caía una sopa en el lebrillo, preocupado por su torpeza, miraba a los hombres esperando un regaño que nunca llegaba. Todos lo trataban con bondad, parecía que se habían propuesto quererle. Le faltaba práctica para tener la agilidad de los mayores.
Dos jóvenes cortaban unas sopas enormes y comían deprisa con la boca atiborrada.
―¡Vaya un modo de comer a dos carrillos, muchachos! No seáis trupones, aguardad un instante y empezamos todos con el mismo ritmo en el moje -gritó el manijero llamándoles la atención, al ver la actitud tan poco respetuosa con los demás.
―Muy bien dicho, porque Felipe es capaz de repetir la faena de los huevos ―con perdón de la mesa―, en cualquier momento ―contestó Antonio.
―¿Qué pasó con los huevos? ―preguntó Cosmito.
―En una apuesta con unos compañeros de su cuadrilla, este bicharraco se jaló quince huevos fritos con abundante aceite, ajos y el suelo de un panete mojando sopas. El lebrillo lo dejó tan limpio que no necesitó fregarlo cuando terminó.
―Antonio, cierra la boca porque tú también tienes muchas faenas hechas. La primera vez que viniste con tu padre al cortijo, añascando en silencio, te mamullaste en dos días los avíos que traíais para una semana. Cuando tu padre vio las talegas vacías, pensó que os habían robado pero supo al momento quien se había zampao las viandas ―respondió Felipe, hablando a borbotones.
Aquella noche, de postre, cocieron leche y la tomaron con cuchara, yendo y viniendo a un recipiente grande.
―Muchacho, toma mucha leche que tienes que crecer! ―le aconsejó un miembro de la cuadrilla.
―¡Venga, que has comido poco carnerete! ―añadió un segundo jornalero.
―Tranquilos, en la leche no me engañáis. Soy zocato de nacimiento y ahora ambidextro.
Cogió dos cucharas de palo, una en cada mano, y del lebrillo a la boca iban y venían perfectamente sincronizadas. Viendo su agilidad, los segaores se sorprendían e intentaban imitarle pero no lo conseguían.
―¿Por qué tienes tanta destreza? ―preguntó extrañado el manijero.
―Porque hace dos años tuve un maestro en la escuela de la calle San Antonio, que me obligaba a escribir con la derecha. Si me veía escribiendo con la mano izquierda, llegaba por detrás y me propinaba un buen cuesco. Yo daba un retemblío y se me caía hasta el palillero. En una ocasión, estaba mojando la pluma, con la zurda, en el tintero de mi pupitre y recibí un cogotazo; al mismo tiempo se rompió la pluma, se derramó la tinta y me manchó toda la ropa. Ese instante me pareció eterno. Empecé a llorar y el maestro, muy irritado, amenazando con el brazo en alto, decía: “¡Aquí no quiero nadie de izquierda, todos tenéis que ser de derecha!”
Cosmito, con ocho años de edad, no sabía de derechas ni de izquierdas pero su cogote le dolía mucho, despedía fuego. Llegó a su casa con la camisa y el pantalón llenos de manchas y contó lo sucedido. Su madre no le regañó, no se preocupó del cogotazo ni de las manchas. Pero sí le advirtió, de forma muy severa, que no pronunciara las palabras que había dicho el maestro en ninguna parte. No necesitaba conocer el significado de aquella frase, para saber que tenía que obedecer a su madre y guardar silencio.
Pasado un tiempo, el maestro lo consiguió. Sacando la lengua y mordiéndosela al compás de la escritura, a trancas y barrancas, con mucha dificultad, Cosmito escribía con la derecha; y con la zurda, cuando no se sentía vigilado. Así llegó a tener destreza con las dos manos.
―¡Cosmito, ven pa acá! ¡Siéntate aquí! ―dijo José, al mismo tiempo que se escamondaba los dientes con un palillo.
Acudió al poyo y se sentó a su lado, a la luz de la luna de aquella cálida noche de verano.
José era el más viejo de la cuadrilla de segaores y un buen amigo de su padre. Poseía una mirada serena, una voz cavernosa y un rostro labrado por pronunciadas arrugas y profundos surcos sombreados por la barba, propio de las personas que trabajan al aire libre. Hombre de pocas palabras. Callaba, la mayoría de las veces, lo que su experiencia le decía que debía callar. Prefería el mutismo del campo a tanta palabra vacía como escuchaba a sus semejantes. Su expresión sobria y austera era el testimonio vivo de los campesinos que sabiamente inmortalizó con sus pinceles Rafael Zabaleta.
―¿Sabes ya las cuatro reglas?
―¡Pues claro!
José sintió el deseo de fumar y sacó la petaca repleta de picadura de cuarterón, el librete de papel y los chisques. Empezó a liar un cigarro con sus manos grandes, huesudas, llenas de callos, con unos dedos que amarilleaban y nos comunicaban sin palabras la infinidad de cigarros que habían sostenido.
―¿Qué quieres ser de mayor?
―Del campo y cortaor como mi papa.
―Olvídate del campo. Pon interés en las cuentas, en los problemas y aprende bien la Aritmética. Cuida la letra en la escritura y la Ortografía. ¡Estudia! Piensa en otra cosa que te gustaría ser y lucha con toda tu alma hasta alcanzarla. Tienes todo el futuro por delante. Ya verás como coges un trabajo en el pueblo. Aquí, lo que hay es una vida triste, mezquina, sin horizontes de progreso, con mucho miedo y poco pan. Ahora, no lo entiendes, porque tienes once años. Míranos a nosotros, estamos destrozaos de las pechá que no damos de trabajar. Todas las noches caemos rendidos en los jergones. Pasamos en los cortijos la mayor parte del año, lejos de nuestras casas y, en resumidas cuentas, ¿para qué? ¡Para nada! Tenemos un sueldo que sólo sirve, a duras penas, para ir tirando con nuestra familia; ganamos lo preciso para comer y vestirnos pobremente. Hemos consumido lo mejor de la vida y seguimos en el mismo roal. Para un puchero de garbanzos o un hoyo con bacalao y un tomate, que nos comemos la mayoría de las veces… ¡Cuánto hay que aguantar! Nuestra vida es trabajar y callar. Vivimos cansados, tristes y desengañados. Aprende y hazte un hombre de provecho. El saber no ocupa lugar, ahora estás a tiempo. No vivas a fucia de los trabajos que te ofrezcan en los cortijos ―dijo José con voz serena y mirada paternal al mismo tiempo que se colocaba el cigarro en la boca.
Lo encendió con los chisques, ladeando la cara, cerrando un ojo y echando una bocanada rápida de humo. Le dio dos caladas intensas y las sintió hasta en el último rincón de su cuerpo.
―José, le agradezco los consejos que me da pero eso no es posible. Pemaneceré en la escuela hasta que mi padre me necesite en el campo. Muchos compañeros, de mi edad, ya han abandonado los libros y trabajan como mandaderos, de aguaores de las cuadrillas, cuidando marranos, pavos, cabras, rebuscando, guardando melones... Los niños de nuestra edad trabajan en lo que pueden para ayudar a sus familias. Los hijos de los obreros agrícolas, para colocarnos en el pueblo, necesitamos estar muy bien preparados y, eso, sólo se consigue asistiendo a clases particulares o a escuelas de pago. Para los que nacemos en familias humildes, nuestro destino es el campo en los tiempos que corren. Los sueños e ilusiones de lo que nos gustaría ser de mayor, se quedan arrinconados en nuestra mente.
- Piensa siempre en lo que lo que te gustaría hacer cuando seas hombre, pero... ¿cuáles son tus ilusiones?
―Mi deseo es estudiar y adquirir conocimientos. Viajar y conocer otros paisajes, otras tierras, otros pueblos que ahora veo en las películas.
―Cosmito, no se puede vivir en un mundo de fantasía. En la vida hay que tener una ilusión realizable. Piensa en una buena profesión que te dé de comer, algo que sea asequible: mecánico, carpintero, electricista, escribiente, fontanero... aplicate en un aprendizaje y no te dejes llevar por lo que ves en el cine. Cuando yo era niño, soñaba como tú. Quería viajar y conocer mundo; después, pasaron los años y viajé, pero... ¡Qué experiencia más triste! Fueron seis años de traslados constantes, muy penosos. ¡Ojalá, no hubiera viajado nunca de la manera que lo hice!
―¿Por qué dice usted eso, José?
―Porque fueron viajes obligados que nos llevaban a combatir en la guerra. Nuestra vida estaba en peligro en todo momento. La muerte cabalgaba con nosotros. Fui soldado en África. Pasé tres años en Larache durante la Guerra de Marruecos. Escapé vivo de milagro. Los hombres morían como chinches.
Más tarde, cuando estalló la Guerra Civil ya estaba casado y con dos hijos pequeños. Como el pueblo se encontraba en zona republicana, me reclutaron en el ejército rojo. Durante otros tres años soporté incontables calamidades, penas y horrores que me roían las entrañas. Vivía pensando en mi familia a todas las horas del día.
Estuve mucho tiempo en el frente de Extremadura y en otros lugares. En los últimos días de la contienda, un grupo de paisanos nos pasamos al bando nacional. Nos hicimos los muertos, nos cogieron, nos subieron en camiones y nos llevaron a Málaga. Nos encerraron en una vieja fábrica que había en los Baños del Carmen y hacinados, como en un campo de concentración, estábamos infinidad de hombres. Allí permanecí algo más tres meses.
A finales de junio de 1939, mi hermano fue con una certificación del ayuntamiento del pueblo y me pusieron en libertad. Cogimos un tren hasta Puente Genil, para enlazar con la línea de ferrocarril que nos traería a Torredonjimeno.
El viaje se nos hizo eterno, parecía que nunca llegaríamos. El tren paraba en todas las estaciones, arrancaba con sacudidas y el vagón se balanceaba al mismo tiempo que se escuchaba el traqueteo de las ruedas sobre las juntas de los raíles. Viajábamos en vagones de tercera, con calor pegajoso, tragando carbonilla y humo en los túneles. Pero aquella suciedad no me molestaba porque mi ropa maloliente, empolvada y sucia, estaba llena de miseria.
Durante el trayecto, el hambre viva la engañábamos con medio pan y unas cuantas sardinas arengas, que me sabían a gloria; tenía casi olvidado cómo se comía. Volvía transido, con los bolsillos vacíos y el alma destrozada, pero vivo. Con el pellejo pegado a los huesos, pero con ganas de vivir. Estaba vivo, ese era mi tesoro. Ansiaba encontrarme con los míos y abrazar a mi familia. Deseaba llegar al pueblo y no salir de sus tierras de olivares. Quería que me dejaran tranquilo en la rutina diaria del trabajo para ganar el pan de mis hijos.
Esos han sido los largos y escasos viajes de mi vida. Siempre con la presencia de la muerte en mi mente y en el paisaje que me rodeaba... Lo que pasé en plena juventud, sólo lo sabemos Dios y yo -José meneaba la cabeza y se encogía de hombros, se sentía incapaz de seguir recordando tanto sufrimiento.
-Lo tuyo no fue viajar. Eso fue jugarse el pellejo durante seis años en lo mejor de la vida. Viajar es otra cosa. Los viajes que a mí me gustaría hacer sólo son una ilusión. José, en todos estos años... ¿no has salido del pueblo?
-Sólo he ido una vez al Cerro de la Virgen de la Cabeza en el día de la romería. Fuimos a cumplir la promesa que echó mi mujer, si yo volvía vivo. Durante muchos años, una y otra vez, me lo recordaba de esta manera: “Llevaba un año sin noticias tuyas y todos te daban por muerto. Un día cogí a nuestros hijos y fui a casa de mi madre. Le pedí que sacara del arca el cuadro de la Virgen de la Cabeza, escondido desde que empezó la guerra. Llorando angustiada, delante de la imagen, le prometí a la Virgen que iría a la Sierra, subiría de rodillas la Calzada y en el Santuario rezaríamos dando gracias, si volvías con vida”.
-¡Qué vida más triste...!- exclamó Cosmito agachando la cabeza.
Un tiempo de silencio siguió a las palabras llenas de verdad y de vida pronunciadas por José. A Cosmito, le habían calado hondo, recogió su mensaje y lo archivó en su memoria.
Llegó la hora de acostarse y subió a la cámara. Un calor sofocante invadió todo su cuerpo, parecía que entraba en un horno. Se echó en el jergón y empezó a sudar. No dejaba de pensar en los consejos de José, al mismo tiempo que escuchaba, como música de fondo, a varios trabajadores roncando, ladridos de perros, ruidos confusos... lentamente, una sensación de bienestar recorrió todo su cuerpo exhausto por el cansancio acumulado durante la jornada y se durmió.
Antes de que apuntara el día, padre e hijo, iban hacia el tajo. La luna llena y el canto de los grillos, como música de fondo, les acompañaban por las veredas entre sombras y luces. Una lechuza pasó sobre una encina y dibujó su silueta en el cielo. Fernando, como veía a Cosmito esperezándose y bostezando, le hablaba para que no se durmiera. Mirando al cielo estrellado, le indicaba con el brazo la situación de la Osa Mayor y de la Osa Menor ―donde se encuentra la estrella del Norte―. Los campesinos llamaban a estas constelaciones el Carro grande y el Carro chico. Próximo al amanecer, le señalaba la localización del Lucero del Alba. Pasadas varias madrugadas, acabó familiarizándose con las estrellas.
Con el relente de la madrugada, antes de que amaneciera, cogían los rodales de matalahúva que se venían ―las plantas que empezaban a secarse con el calor y se volvían quebradizas―. Las arrancaban con la marea, aprovechando la humedad que había en el ambiente para que no se desprendiera el grano. El ataero de los manojos era una mata tierna y flexible con un agradable olor a anís.
Si Cosmito tenía la mala fortuna de coger una planta de culantro, su olor penetrante impregnaba sus manos, le producía ansias y empezaba a dar arcadas. Como remedio, hacía un refresco muy rudimentario: masticaba granos de anís y bebía agua de la botija. La madrugada se le hacía eterna, parecía que nunca llegaría la luz del sol.
En el tiempo del desayuno, con su espalda apoyada en el tronco del viejo chaparro, bajo su sombra espesa, en medio de aquel silencio, se sentía a gusto, percibía la misma sensación que Juan Ramón Jiménez espresaba en los primeros versos de uno de sus poemas: "¡Qué quietas se están las cosas/ y qué bien se está con ellas!". Comía su buen hoyo con bacalao y un tomate grande con abundante sal. Recuperaba fuerzas. El cuerpo le entraba en caja para aguantar la mañana de otro día de bochorno, de calor sofocante.
Manojo a manojo, gavilla tras gavilla, iban cogiendo la cosecha. Así pasaban las horas y los días de forma cansina y monótona, desde el alba hasta el ocaso. Las gavillas las cargaban en la burra sobre unas angarillas de madera y las llevaban a un terreno próximo al cortijo.
Los manojos los ponían a secar formando cabañuelas. Su forma y su distribución le recordaban, con mucha imaginación, un poblado primitivo de cabañas redondas, de poca altura, con techos cónicos cubiertos de ramajes.
Cerca de las cabañuelas, hacían un arandal para protegerse del sol y desgranar la matalahúva. Ataban a los palos unos manteos de la aceituna, que hacían el oficio de toldos. El techo del sombrajo estaba cubierto por manojos, una vez desgranados.
Sentados y favorecidos por la sombra, esgranaban los manojos con un trozo de corcho grueso y rectangular. Era una tarea entretenida. Permitía la conversación entre los trabajadores pero se desprendía mucho polvo. Terminaban la jornada con toda la cara y el cuerpo de color verde amarillento y dirigían sus pasos hacia el pozo para asearse.
Acabada la recolección de la matalahúva, Cosmito cogía garbanzos. No le pagaban el jornal de un hombre pero se aproximaba. Su padre, previniendo las dificultades y problemas que podían presentarse, le decía:
―Te he cortado unas tiras de tela para que las utilices en caso de necesidad. Si hay rodales difíciles de arrancar, te las lías en los dedos.
―No me hacen falta. Ya tengo las manos bastante ásperas y duras.
―Yo te las echo en la talega. Si las necesitas, las coges.
Siempre obedecía a su padre. En el fondo de su alma guardaba un inmenso cariño y respeto hacia él. Se enriquecía con sus palabras serenas, cariñosas y llenas de sabiduría. Sus consejos eran un ejemplo de dignidad y de honradez que nunca ha olvidado.
Las matas de garbanzos tenían unas raíces profundas. Cuando tiraba de ellas, le costaba un gran esfuerzo arrancarlas en aquel terreno duro y áspero; hasta los garbanzos sonaban en sus cascarabitos secos. Sintía dolor y se acordaba de las advertencias de su padre. Cogía las tiras de tela y envolvía sus dedos con un vendaje sencillo para protegerlos. Acabada la faena, las telas eran guiñapos inservibles. Al tercer día, las manos estaban sembradas de ampollas. La mayoría de las vejigas, en carne viva y reventadas. Todo le hacía daño. El calor encendía sus manos y su propio sudor le escocía. Sentía dolor, pero procuraba disimularlo. En muy pocas ocasiones lo exteriorizaba.
―¡Dios mío, qué duro es el campo! ¡Qué poco se aprecian estos trabajos y a las personas que los realizan! ―decía Cosmito, bajo el sol agobiante que caía de plano.
―Eres un niño de once años y deberías estar jugando con la gentecilla de tu edad, pero estás haciendo un trabajo de hombre. Muchacho, muy pronto has empezado a trabajar y a quejarte. La vida te irá endureciendo con el paso del tiempo ―contestó el jornalero más viejo, con mirada severa.
―¿A qué se refiere? Usted es un hombre con experiencia, ¡hábleme!
El viejo campesino de mirada triste y resignado cansancio, sin levantar la cabeza, seguía cogiendo garbanzos y hablando despacio, llamando al pan, pan y al vino, vino:
-Cuando seas jornalero, tendrás que soportar este calor sofocante en verano y el rigor de las heladas en invierno. Llegarás empapado en los días de lluvia y te calentarás junto al fuego, envuelto en una manta, mientras se seca tu ropa.
-Te harás duro como el pedernal en las enfermedades.
-Apaciguarás tus dolores con los remedios que tengas a tu alcance porque el médico queda lejos.
-Verás cómo pasa el tiempo y consumes tus energías y tu vida, mientras labras la tierra a cambio de un jornal para sobrevivir, malcomiendo y malviviendo.
-Te sentirás una persona cansada y olvidarás que una vez tuviste ilusiones e inquietudes. Tus sueños los dejarás abandonados en lo más profundo de tu alma.
-Verás que tus opiniones no interesan. Todo serán obligaciones. Sólo te respetarán tus derechos más elementales y, a veces, ni eso.
-La vida te hará desconfiado con el paso de los años, porque muchos a quienes tú aprecias como amigos, te harán las mayores jugarretas y desprecios.
-No te fíes de las promesas, porque en algunos hombres los sentimientos cambian con la misma facilidad que los aires.
-Ante cualquier adversidad, nunca te hundas. La vida es dura pero tú tienes que serlo aún más.
Las palabras pronunciadas por el viejo labrador, salían de su boca con serenidad. De lo más hondo de su corazón brotaron estos pensamientos como síntesis de su larga experiencia.
Los jornaleros vivían con lo que la vida les había deparado. No conocían otro mundo, no tenían la posibilidad de aspirar a mucho. Parecía que les estaba prohibido soñar. Vivían pegados a la tierra en que nacieron. La inmensa mayoría salía del pueblo, por primera vez, cuando se los llevaban al servicio militar. Terminada la mili, en las casas aguardaban con alegría su regreso. “¡Vendrá hecho un hombre!”, decían los padres con la esperanza de que se cumpliera el dicho de los viejos del lugar. Pero regresaban siendo las mismas personas. Eso sí, con las alforjas bien repletas de anécdotas, pequeñas historias, sucedidos... que, cansinamente, repetían a lo largo de su vida. Se encerraban en el pueblo y llevaban una vida espartana, sin más horizontes que la línea ondulada de los cerros y colinas de las tierras que labraban.
Para la mayoría, el arado y la yunta de mulos eran sus compañeros de fatigas. Día tras día, de sol a sol, con sus manos en la mancera sin levantar la frente de la besana, enconvaban su cuerpo sobre el arado de vertedera y volteaban con pericia la tierra. Abrían profundos zurcos, rectos y prolongados como interminables heridas en la tierra, y los regaban con sus sudores.
Cuando trabajaban en los cortijos, los días de la vará transcurrían lentos y monótonos, todos iguales. Las cuadrillas de jornaleros se iban un lunes por la mañana y no volvían al pueblo, a su casa, hasta el sábado, a mediodia, de la segunda semana -trece días-. Este período de tiempo se hacía muy pesado por las condiciones de trabajo y de vida que llevaban.
Las mujeres y los hijos de los cortijeros aguantaban el tiempo de cada vará para gozar de la presencia de los padres. La vida familiar se desarrollaba en las casas con sus ausencias casi constantes. La madre tenía que hacer la función de padre y madre en la educación de sus hijos. Sólo las necesidades extremas rompían la monotonía de la varada.
Después de varios días en el cortijo, los jóvenes de la cuadrilla, que estaban novios o recién casados, por la tarde, pedían permiso al manijero para subir a excuso al pueblo.
Cansados de trabajar, caminaban a campo traviesa por trochas y veredas, buscando el trayecto más corto. Llegaban al pueblo con el crepúsculo del atardecer. Iban deseosos de ver a sus seres más queridos y de respirar el aire de sus casas.
Les aguardaban: las novias con las sonrisas en los labios, el abrazo tierno de los hijos, la amorosa entrega de las esposas y el amor desinteresado de las madres.
Paseaban con sus parejas, compraban pan tierno, otros alimentos... Se acostaban a las tantas de la noche y, de madrugada, con muy pocas horas de descanso, caminaban hacia el cortijo con la muda limpia y la talega al hombro. Con paso ligero y largas zancadas, recorrían los mismos caminos empedrados de sombras y silencio para incorporarse a la cuadrilla al amanecer, en cortijos bien lejanos: Berrios, la Vega, el Capricho, Monte Gallo, los Cortijuelos, las Navas...
Una coplilla que cantaban las jóvenes de aquellos años, hacía alusión a este hecho:
"El joven que tiene amores
y trabaja en un cortijo,
¡qué dos semanas más largas
y que domingo tan chico! "
Durante los otoños lluviosos y los fríos inviernos, después de la cena, se sentaban alrededor de la chimenea. Liaban sus cigarros, cogían las ascuas del fuego con las tenazas y los encendían. Fumaban y hablaban con parsimonia, mientras las llamas se desperezaban sobre la leña de olivo con formas distintas y cambiantes. El fuego calentaba y relajaba sus cuerpos tras las agotadoras jornadas. Atizaban el chisco y miraban las llamas, embelesados, como esperando respuestas a preguntas nunca contestadas y a situaciones padecidas que jamás verían remediadas. En ocasiones, pensaban en su interior: "lo que hay que aguantar".
En aquellas noches, la sabiduría popular de incontables generaciones de campesinos, brotaba en sus labios con palabras sencillas; contaban anécdotas y vivencias al amor de la lumbre recibiendo su calor. Eran viejas historias de un mundo de soledades, algunas muy tristes, narradas por los nobles jornaleros.
En los días de lluvia, frente a la chimenea, los hombres trabajaban el esparto haciendo tomizas y pleitas, arreglaban bozales y otros aperos de labranza. Los que eran muy habilidosos, elaboraban escobas de panizo, escobones de cantareras, cestas y canastas de varetas de olivos; con sus afiladas navajas tallaban, en turrillos gruesos, cucharas y majas para los morteros; con paja de escaña confeccionaban tapaderas para cubrir las fuentes de la comida... Muchos de estos objetos los hacían para regalarlos a las jóvenes casaderas.
En resumen, los hombres del campo, austeros y sencillos, cultivaban las costumbres heredadas de los suyos. Seguían haciendo lo que sus padres y sus antepasados habían hecho.
El melonar
Cosmito terminó su larga estancia en el cortijo y volvió al pueblo, deseaba encontrarse con sus amigos y comer pan tierno. En la campiña había vivido de lleno el trabajo, el sudor, las incomodidades y las privaciones; pero, sobre todo, había conocido la grandeza de alma que poseían los trabajadores del campo, su capacidad de sufrimiento, su nobleza, lo respetuosos que eran con todos sus semejantes, su profundo conocimiento de la tierra que labraban y su amor a la naturaleza.
Llegó a su casa y le parecía un mundo de silencio y de tranquilidad, poblado de cosas amigas. Cada rincón le hablaba de algo distinto. Había espacios entrañables que le recordaban pequeñas historias y le invitaban a la reflexión. Tenía sus sitios preferidos donde se sentía feliz en soledad. Amaba aquellas horas de paz en las que nadie le exigía nada y podía recrearse en sus cosas personales.
Sentado en el escalón de la puerta del patio, pensaba: "Parece que todo lo que he vivido en el cortijo es un sueño, pero es una ralidad cruda y dura. Está ahí, esperándome para toda la vida".
Aquella noche durmió entre sábanas, sobre el colchón de farfolla. A la mañana siguiente, amaneció arrebujado las sábanas limpias, ligeramente hundido, en el colchón que su madre le bullía cada día.
―¡Cosmito, descorre el cortinón y ven, que nos vas a ayudar a echar las moscas fuera de la casa! ―dijo su madre.
Durante el tiempo de primavera y verano, se colgaba en la puerta del patio un cortinón de tela recia, gris oscura con unas listas blancas en la parte inferior. Siempre que se abría la puerta de la calle se establecía una corriente y la ráfaga de aire hinchaba la tela como la vela de un barco. El cortinón se ponía para que no pasaran las moscas y para frenar el torrente de luz, el retriste.
En las casas de labor entraban muchas moscas. Las echaban fuera de la vivienda varias veces al día, sobre todo, a media tarde, antes de comenzar las labores de costura. Dos mujeres cogían con ambas manos unas telas amplias, con frecuencia sus propios mandiles y los agitaban en el aire de forma acompasada hasta llegar a la puerta del patio, abierta de par en par con el cortinón plegado. Despedidas las moscas, corrían la recia tela y la tranquilidad estaba servida.
Terminada la breve tarea, Cosmito se dirigió al lugar donde estaba el aparato de radio.
―¿Te vas a ir pronto al melonar? ―le preguntó su hermana desde el arco.
―Ya mismo, cuando oiga un poco la radio. ¿Quieres algo?
―Sí. Quiero escuchar los discos dedicados de Radio Jaén, que empiezan pronto.
Conectó la radio y estuvo buscando algo agrable. A los pocos minutos, decepcionado porque no encontraba nada a su gusto, la dejó y entró en su habitación para cambiarse de ropa.
Su hermana, muy diligente, se acercó al “Telefunken” y cambió de emisora en un instante. Empezaba el programa Discos dedicados y subió el volumen para que se oyera a distancia. La voz de la radio llenaba toda la casa. Los locutores leían las numerosas dedicatorias de cada canción:
"En la voz de Juanito Valderrama escucharán a continuación Madre Hermosa. Dedicada a María de la Cabeza, de Torredonjimeno, de sus hijas María y Consolación en el día de su aniversario, deseándole que sea muy feliz. Para Luisa..."
Los motivos más frecuentes de las dedicatorias eran las onomásticas, bodas, comuniones, despedidas de soldados, bautizos... había una lista de canciones con temas apropiados para cualquier acontecimiento familiar. La selección musical acompañaba a las jóvenes en el ingrato y rutinario trabajo de las tareas de limpieza.
"¡Ay, mi mare!
como un rayito de luna
regüerto con asahares.
Mare hermosa,
vieja de pena por dentro,
por fuera como una rosa.
Mare buena,
con los ojitos de novia
y la cara de azucena.
¡Qué alegría cuando
le digo a la gente:
Qué guapa la mare mía!"
.........................................
Cosmito se puso la ropa del campo, cogió su sombrero de paja, la cubeta de chapa de cinc y un saco vacío.
Salió a la calle, inundada de sol, con la sombra bien definida en una acera. Como las puertas de las casas estaban siempre abiertas y la radio la ponían con el volumen muy alto, seguía escuchando las canciones.
Muchos receptores se veían desde la calle. Estaban sobre una repisa metálica cogida con yeso en la pared, a media altura, con ligeros adornos en forma de ese. La radio funcionaba a 125 voltios, pero en algunos barrios, a determinadas horas, la corriente eléctrica tenía menos potencia y era necesario conectarle un voltímetro, el elevador le llamaba la gente sencilla. En ocasiones, las bombillas alumbraban menos que un candil.
La decoración del mueble de la radio en cada casa tenía el toque personal de su dueña. Le hacían fundas de cretonas baratas con flores, abiertas por la parte delantera a modo de cortinas. Le ponían en la parte superior un pañito de aguja de gancho y una figurita encima, en muchos casos. De esta forma lo embellecían y, a su manera, lo reservaban del polvo y de la suciedad que aportaban las moscas.
Cosmito se sentía feliz en su ambiente. Recorría las calles con sus útiles sobre el hombro y el sombrero en la mano diciendo adiós a los conocidos.
Miraba a las jóvenes que barrían, fregaban y cantaban con la radio a toda bola. Con voces destempladas, entonaban las canciones radiadas al mismo tiempo. Competían con los interpretes, excepto en las estrofas que no sabían la letra y seguían la canción con un tarareo desafinado.
Junto a él, pasó el tío del queso manchego, con su blusa larga, negra con algunos rodales pardos, cargado con una abultada y olorosa bolsa en la espalda y una pequeña romana en la mano para pesar sus ricos quesos.
En una ventana se leía en un pequeño cartel: “Se cogen puntos de medias” y detrás de los cristales se veía una mujer guapa, entrada en años, con la cabeza agachada y la vista fija en la punta de una aguja, reparando una carrera o un roto, ayudándose con un huevo de madera dentro de una media.
Dejó atrás las últimas casas del barrio alto en la salía Jamilena. Continuó andando por el camino, repleto de eras a ambos lados, donde los trabajadores se afanaban trillando y recogiendo la parva.
Al aproximarse a la caseta del paso a nivel, observó que el guardavía acababa de tender las cadenas. Se veía a lo lejos un tren que venía de Martos. Cosmito se sentó en el borde del camino y esperó que pasara la vieja locomotora arrastrando, perezosamente, unos pocos vagones de mercancías. La gigantesca mole se acercaba rugiendo y lanzando al aire una columna de humo negro por la chimenea. Todo el camino de hierro, raíles y traviesas de madera, vibraban a su paso. Pasó el tren y volvió el silencio.
Continuó hasta el melonar que estaba en el Arroyuelo. En un extremo del terreno, había un rodal con 150 plantas de tomates que cultivaban para el gasto diario y para la conserva. Cada día, bajaba al arroyo que bordeaba el melonar y subía los cubos de agua necesarios para llenar las pozas de la mitad de las plantas sembradas. Más de una vez, realizando este ejercicio, resbaló en el cellajo con la cubeta llena y acabó con su cuerpo empapado en el cauce.
Cerrando el perímetro del melonar, sembraban dos clases de plantas de maíz, girasoles y panizo. De una variedad de maíz se aprovechaba el grano para piensos y los bálagos de las mazorcas para rellenar los colchones de farfolla; de la otra, el grano se guardaba en calabacinos o en recipientes secos para hacer rosetas en las tardes de invierno. De los girasoles se disfrutaban sus grandes panochas de pipas y se guardaban sus largas y resistentes tobas para secarlas y después utilizarlas en tendederos. Del panizo, sus semillas se les echaban a los animales de corral y sus filamentos se utilizaban para hacer escobas artesanales muy resistentes y apreciadas. Las mujeres las manejaban para barrer el interior de las casas y el trozo de calle que correspondía a su fachada.
En los días de arranque en el melonar, Fernando cortaba los melones y acendrías de sus matas con su navaja melonera de hoja ancha. Los cargaban con mucho cuidado en los serones, procurando no darles golpes para que no se pudrieran. La cosecha la guardaban extendida en el suelo de las cámaras de la casa y se consumían a lo largo del otoño y parte del invierno.
Al finalizar la comida, la piel de los melones y acendrías las partían en trozos muy pequeños y los depositaban en una hermosa fuente de graná. Acto seguido, Juana llevaba al corral el suculento banquete. Las gallinas corrían desesperadas para participar en la comilona.
Si el melón era muy dulce, Fernando cogía las pepitas para simiente, las secaba al sol y las guardaba en un calabacino para protegerlas de la humedad durante el invierno.
Cosmito regresaba a su casa al atardecer, cuando el silencio se iba levantando en el campo. Salía del melonar con la cuba en la mano y un saco lleno de cerrajas y carrigüelas en el hombro, para alimentar a los conejos que criaban en el corral.